El amor que nunca pude confesar 

Miercoles 25 de Abril

Tres meses. Eso es lo que vale mi vida ahora mismo. Me lo soltó el doctor mientras miraba el reloj, como quien espera que se termine el turno para irse a cenar pasta. Cáncer de pulmón. Qué chiste. Pasé toda la vida cuidándome de no ser como mi madre, de no meterme mierda en las venas, y resulta que mi propio cuerpo ha decidido fabricar su propio veneno (aunque yo me lo busque)

He comprado este cuaderno porque el silencio en este departamento me está matando más rápido que el tumor. No espero que nadie lo lea. Si alguien termina abriendo estas páginas cuando yo sea ceniza, que sepa que no busco redención. La redención es para los que creen en el cielo; yo solo creo en el olor a humedad y en que la gente siempre te falla (Tal vez no debería ser tan pesimista en lo que me falta de vida)

Jueves 27 de Abril

Dicen que cuando te vas a morir ves tu vida pasar en frente a tus ojos espero que no sea cierto porque no me gustaría que lo ultimo que vea sea mi desafortunada vida.

Cierro los ojos y escucho el ruido de los platos. No eran platos de porcelana cara, eran esa vajilla barata que mi madre compraba en el mercado. ¡Pum! Uno tras otro. El sonido de la cerámica estallando contra el suelo es el soundtrack de mi infancia. Me acuerdo de estar hecho un ovillo debajo de la mesa de la cocina. El piso estaba frío y olía a cloro y a la grasa de la cena que nadie se comió.

Mi padre gritaba como un animal herido. Ella le contestaba con una risa que te helaba la sangre. Esa era su forma de amarse: despedazándose.

—¡Lárgate con tu puta, Ernesto! —le chilló ella. Y él se fue. Recuerdo el portazo. Fue un sonido seco, definitivo. Me quedé ahí, esperando que ella viniera a buscarme, que me dijera que todo estaba bien. Pero no vino. Se puso a recoger los trozos de plato mientras hablaba sola. Me miró de reojo y me dijo: "No me mires así, que tienes los mismos ojos de ese desgraciado".

Desde ese día, cada vez que me miro al espejo, intento no parpadear para no ver a mi padre devolviéndome la mirada…

Domingo 28 de Abril

Hoy el sol entró por la ventana de mi cuarto como si tuviera derecho a iluminar algo. Me desperté con ese sabor a óxido en la boca, el aviso de que mis pulmones están empezando a rendirse. Fui al baño, me lavé la cara y evité mirarme al espejo. No quiero ver al muerto que me devuelve la mirada.

Bajé a la cafetería de la esquina. Necesitaba un café, aunque el médico me dijo que evitara los irritantes. Al carajo el médico. Si me quedan tres meses, no voy a pasarlos bebiendo agua de manantial.

—Lo de siempre, ¿no? —me dijo la mesera, una mujer que se llama Marta y que tiene unas ojeras que le llegan a la barbilla.

—Sí, Marta. Y ponle azúcar. Mucha.

Me senté en la mesa del rincón, la que tiene la pata coja. Saqué este cuaderno. Mientras esperaba, un niño en la mesa de al lado tiró un tenedor al suelo. El sonido metálico, ese clink seco contra el mosaico, me disparó directo a 1998.

Tenía nueve años. Mi madre había hecho fideos, pero estaban pegajosos, una masa informe que reflejaba su estado mental. Mi padre llegó tarde. Olía a perfume de mujer barata y a ginebra. No se sentó. Se quedó de pie, apoyado en el marco de la puerta, mirándola con un asco que se podía cortar con un cuchillo.

—¿Otra vez esta mierda de comida? —soltó él, sin preámbulos.

Mi madre ni siquiera levantó la vista del plato. Tenía el pelo sucio, pegado a la frente.

—Si no te gusta, vete a que te cocine tu puta —respondió ella, con una voz arrastrada, densa por las pastillas.

—¡Cállate la boca delante del niño! —rugió mi padre, dando un paso hacia la mesa.

—¡Ah, ahora te importa el niño! —ella se levantó de golpe, tirando la silla—. ¡Míralo! Se parece a ti. Tiene tu misma cara de imbécil. Da asco verlo porque me recuerda cada segundo que perdí contigo.

Yo bajé la cabeza. Intenté hacerme pequeño, desaparecer entre las fibras de la madera de la mesa. Pero no funcionó. Mi padre agarró el plato de fideos y lo lanzó contra la pared. La mancha roja de la salsa pareció una herida abierta chorreando por el papel tapiz.

—Me largo —dijo él—. Quédate con tu veneno. Quédate con el engendro.

Escuché sus pasos alejarse, el motor del auto arrancando, y luego el silencio. Un silencio que pesaba más que los gritos. Mi madre se sentó en el suelo, entre los fideos desparramados, y empezó a llorar. Pero no era un llanto de tristeza. Era un llanto de rabia.

—Ven aquí —me ordenó.

Me acerqué temblando. Ella me agarró del brazo con una fuerza que me dejó moratones durante una semana.

—Mírame —me clavó sus ojos vidriosos—. Prométeme que te vas a morir antes de ser como él. Prométemelo.

No dije nada. Solo sentí el miedo trepando por mi espalda como una cucaracha.

—¿Se encuentra bien? —la voz de Marta me trajo de vuelta. Tenía el café humeante frente a mí.

—Sí, solo pensaba —le dije, agarrando la taza con las manos temblorosas.

—Tiene mala cara. Debería ir al médico.

—Ya fui, Marta. Ya fui.

Me tomé el café de un trago, quemándome la lengua. Me gustó el dolor. Era real. Al menos eso no era un recuerdo. Salí de la cafetería y caminé sin rumbo. Terminé en el parque donde solía esconderme de adolescente. Los columpios están oxidados ahora. Me senté en uno y encendí un cigarrillo. Ya sé, es estúpido. Es como echarle gasolina a un incendio, pero a estas alturas, ¿qué más da?

Lunes 29 de Abril

Anoche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la tos de mi madre en la habitación de al lado. Esa tos seca, de pulmones podridos por el crack, que anunciaba su llegada de la calle a las cuatro de la mañana.

Hoy he decidido caminar hasta mi vieja secundaria. No sé por qué. Quizás porque cuando te vas a morir, los lugares donde sufriste se vuelven extrañamente magnéticos.

Me quedé apoyado en la reja, mirando a los chicos salir. Todos se ven tan llenos de vida, tan estúpidamente convencidos de que tienen todo el tiempo del mundo. Me vi a mí mismo hace quince años. El chico de la esquina, el que siempre tenía los nudillos hinchados.

Me recuerda el dia que conocí a Elena…

Era un martes. Me había peleado con un tipo de tercero porque me miró de una forma que no me gustó. Bueno, en realidad me peleé porque necesitaba sentir que el dolor venía de afuera y no de mi casa. Tenía el labio partido y la ceja abierta. Estaba sentado en la grada trasera, escupiendo sangre, cuando llegó ella.

Tenía el pelo castaño y siempre olía a jabón de avena. Se sentó a mi lado sin decir nada y abrió un botiquín de plástico rojo.

—No me toques —le gruñí, apartando la cara.

—Cállate y quédate quieto —respondió ella. Su voz no tenía miedo. Eso fue lo que me desarmó. Nadie me hablaba así sin temblar un poco.

Sacó un algodón con alcohol y lo presionó contra mi labio. El ardor fue brutal. Solté una maldición.

—Te pareces a mi hermano —dijo ella, y noté que su voz se quebraba un poco—. Él siempre llegaba así. Con esa mirada de querer quemar el mundo para no tener que llorar.

La miré. Sus ojos estaban empezando a brillar, llenándose de lágrimas que no quería soltar.

—¿Y dónde está tu hermano? —pregunté, más suave.

—Muerto —soltó ella, secándose una lágrima con la manga—. Se cansó de pelear contra lo que tenía dentro. Se rindió. Por eso, déjame curarte a ti. No pude hacerlo con él, pero puedo hacerlo contigo.

Ese día, por primera vez en mi vida, no sentí ganas de golpear a nadie. Sentí algo peor: sentí que alguien me veía de verdad. Y eso, para alguien que ha crecido siendo un "monstruo", es aterrador.

Lunes 4 de Mayo

No pude escribir en los anteriores dias me me dolia mucho el pecho que no me dejaba escribir pero ya no puedo dejarlo un dia más. Hoy me desperté con el pecho como si me hubieran pasado un camión por encima. Intenté respirar profundo y solo conseguí que me diera un ataque de tos que me dejó mareado en el suelo del baño. Es una sensación de asfixia asquerosa, como si estuvieras debajo del agua pero el agua estuviera dentro de ti.

Fui a la cocina por un vaso de agua. El grifo gotea. Ploc. Ploc. Ploc. Me dan ganas de arrancarlo de la pared. Ese sonido me recuerda a los goteos de la clínica cuando mi madre estaba en las últimas.

Universidad

Estaba en segundo semestre de Letras. Me pasaba el día escribiendo relatos oscuros porque era lo único que sabía hacer. Ella seguía ahí, en mi vida, como una constante que no terminaba de entender. Habíamos quedado en la biblioteca para estudiar, pero yo no podía concentrarme. La miraba a ella, subrayando un libro de historia, y sentía un nudo en el estómago.

—Deja de mirarme así, me pones nerviosa —me dijo ella, sonriendo sin quitar la vista del libro.

—¿Cómo te estoy mirando? —pregunté, haciéndome el desentendido.

—Como si estuvieras tratando de resolver un problema matemático muy difícil. Relájate.

—Es que no entiendo qué haces aquí conmigo, Elena. Podrías estar con cualquier otro. Con alguien que... no sé, que no esté siempre de mal humor.

Ella cerró el libro de golpe y me miró a los ojos. Tenía esa mirada que parece que te desnuda el alma, y a mí eso me daba pánico.

—Estoy aquí porque quiero estar aquí. ¿Tan difícil te resulta aceptar que alguien te quiera sin condiciones?

—En mi casa el amor siempre tenía condiciones —le solté, y me arrepentí al segundo—. Si te portaras bien, no te pegaban. Si sacabas buenas notas, tal vez te daban de comer. No conozco otra forma.

Ella estiró la mano sobre la mesa y me rozó los dedos. Yo retiré la mano como si me hubiera quemado.

—No soy tu madre, y no soy tu padre —susurró ella—. Deja de castigarme a mí por lo que ellos te hicieron.

No supe qué contestar. Me levanté y me fui de la biblioteca sin decir adiós. Corrí hasta el baño y me lavé la cara. Me miré al espejo y vi a mi padre. Vi esa misma expresión de odio contenido. En ese momento supe que la iba a perder, no porque ella se fuera, sino porque yo la iba a echar a patadas antes de que ella viera el monstruo completo.

Tuve que ir al hospital por los resultados de la nueva biopsia. La sala de espera olía a desinfectante y a miedo. Había una señora mayor a mi lado, tejiendo algo de lana roja. Me miró y me sonrió.

—Es para mi nieto —me dijo, mostrando el tejido—. Nace el mes que viene.

—Qué bien —dije, tratando de no sonar como el cínico que soy.

—¿Usted a quién espera? —me preguntó.

—A nadie. Solo espero mi turno para que me digan cuánto me queda.

La mujer dejó de tejer. La sonrisa se le borró y se hizo un silencio incómodo. Me sentí bien. Me sentí bien rompiendo su burbuja de felicidad barata. Si yo me estoy muriendo, ¿por qué los demás tienen que estar tan tranquilos?

Luego me llamó el médico. El mismo tipo de siempre, con su bata blanca impoluta.

—Siéntese —dijo, mirando una carpeta—. Los niveles de calcio están subiendo. Eso significa que el cáncer se está extendiendo a los huesos. Vamos a tener que aumentar la dosis de morfina.

—¿Y los tres meses? —pregunté.

—Es una estimación. Pueden ser dos, puede ser uno. Depende de cómo reaccione tu cuerpo.

Salí de la consulta con una bolsa llena de cajas de pastillas. Al pasar por la farmacia, vi a una pareja joven besándose cerca de la salida. Él la agarraba por la cintura y ella se reía. Sentí un asco profundo. No por ellos, sino por mí. Porque yo nunca me permití eso. Nunca me permití ser ese tipo que abraza a alguien sin miedo a romperlo o a que lo rompan.

Martes 5 de Mayo

Escribir esto me agota más que caminar tres cuadras. Me duele la espalda, un dolor sordo que no se quita ni con las pastillas. Pero tengo que seguir. Tengo que sacar todo este veneno antes de que el tumor me cierre la garganta por completo.

A veces me pregunto qué habría pasado si en quinto de secundaria le hubiera dicho que sí. Si me hubiera arriesgado a quererla. Pero luego recuerdo la mirada de asco de mi madre y se me quitan las ganas. Yo no era un premio, yo era una sentencia de muerte. Y el tiempo me ha dado la razón: aquí estoy, muriéndome solo, con una pluma en la mano y una bolsa de medicamentos en la mesa de noche.

Domingo 10 de Mayo

Anoche no pegué el ojo. Cada vez que apago la luz, el pasado se me echa encima como un perro rabioso que ha estado encadenado demasiado tiempo. Y me jode. Me jode muchísimo estar perdiendo mis últimos días pensando en cosas que pasaron hace veinte años, pero mi cerebro no tiene otra cosa que hacer ahora que los pulmones le están cortando el suministro de oxígeno.

Antes podía escapar. Escribía mis historias, me perdía en personajes que no tenían mi sangre, o simplemente caminaba hasta cansarme. Pero ahora, sentado en este sofá que huele a polvo y a viejo, no tengo donde huir. Las paredes me devuelven los gritos de mis padres y el techo parece que se me va a caer encima con el peso de todo lo que no dije.

Hoy me desperté odiando a ese niño que fui. Ese niño que se tapaba los oídos. ¿Por qué no salí corriendo? ¿Por qué me quedé ahí, aceptando los golpes como si fueran mi salario?

Hace un par de años llegó el sobre. Un sobre blanco, impecable, con un olor a perfume caro que me dio náuseas. Lo abrí con las manos temblorosas, esperando que fuera cualquier otra cosa. Pero ahí estaba su nombre. Y al lado, el nombre de un tal "Andrés". Un tipo que, según supe después, es arquitecto o algo así. Alguien que construye cosas, a diferencia de mí, que solo sé ver cómo se derrumban.

Pasé tres días con el sobre sobre la mesa. No comí. Solo bebí whisky y fumé como si quisiera adelantar este cáncer que ahora me está matando.

"¿Vas a ir?", me pregunté mil veces frente al espejo. "No seas idiota", me respondía mi propio reflejo.

Pero fui. Fui porque necesitaba ver el clavo final en mi ataúd. Necesitaba convencerme de que ella estaba a salvo de mí.

Llegué tarde a la recepción. No quería ver la ceremonia, no quería ver cómo se daban el "sí" delante de un Dios en el que no creo. Me quedé en la barra, pidiendo tragos dobles, hasta que la vi acercarse. Estaba radiante. No era la luz del vestido, era algo que le salía de adentro. Algo que yo nunca hubiera podido darle.

—Viniste —dijo ella. Su voz me golpeó más fuerte que cualquier tumor.

—No me lo hubiera perdido por nada —mentí. El whisky me estaba quemando la garganta, pero el nudo que tenía ahí dolía más.

Me miró de esa forma suya. Analizándome. Viendo a través del traje alquilado y de mi sonrisa de cartón.

—Sigues teniendo esa mirada, ¿sabes? —me soltó mientras me acomodaba la solapa. Su mano rozó mi pecho y sentí que el corazón se me iba a salir por la boca—. Esa mirada de estar en una guerra que ya terminó hace mucho.

—Solo estoy cansado, Elena. Es el trabajo.

—No es el trabajo. Es tu cerrazón. Siempre fue eso. ¿Eres feliz? —me preguntó, y lo hizo con una sinceridad que me dio ganas de llorar ahí mismo, delante de todos sus invitados perfectos.

Me tragué la confesión. Estuve a punto de decirle: "No, no soy feliz. Soy un desastre que te ama desde que tenía trece años y me estoy muriendo por dentro porque no soy el que está a tu lado". Pero en vez de eso, apreté los puños y sonreí.

—Estoy bien —le dije—. Solo estoy orgulloso de ti. Te ves como siempre debiste verte. Feliz. Lejos de las sombras.

Ella dudó. Vi en sus ojos que esperaba que yo dijera algo más, una señal, un "vete conmigo". Pero no lo hice.

—Gracias —respondió ella, y noté un rastro de decepción en su voz—. Siempre quise que estuviéramos bien, a pesar de todo lo que pasó en la escuela.

—Lo estamos. Ve con él, te están esperando para el brindis.

La vi alejarse. Vi cómo él la tomaba de la cintura y cómo ella se reía. En ese momento, en ese maldito salón lleno de gente feliz, comprendí que mi mayor acto de amor fue ser el villano de su historia para que ella pudiera ser la heroína de la suya.

Hoy, mientras escribo esto, me doy cuenta de lo patético que suena. "Un sacrificio de amor". ¡Qué mierda! Fue cobardía. Tuve miedo de ser como mi padre y terminé siendo peor: un hombre que ni siquiera se atrevió a intentar ser feliz.

Me dio un ataque de tos hace una hora. Esta vez fue distinto. No solo hubo sangre en el pañuelo; sentí un pedazo de algo, un tejido negro que salió de mis entrañas. Me quedé mirándolo en el lavabo. Es mi cuerpo despidiéndose de mí.

Ahora paso el tiempo pensando en el pasado porque el futuro es una pared negra de tres meses. No me gusta recordar, me duele más que el cáncer, pero es lo único que me queda. Mis recuerdos son como esas fotos viejas que se están quemando por las esquinas. Si no las escribo ahora, se van a perder conmigo.

Me pregunto si ella sabe que me estoy muriendo. Probablemente no. Y es mejor así. No quiero que me vea así, flaco, amarillo y oliendo a medicina. Quiero que se quede con la imagen del tipo frío que la rechazó en la universidad. Es más fácil odiar a un tipo frío que llorar a un muerto que nunca fue tuyo.

Jueves 14 de Mayo

Hoy vino un tipo del seguro. Un joven con una carpeta y una cara de "no quiero estar aquí" que se le notaba a leguas. Me hizo preguntas sobre si tenía a alguien que me cuidara, sobre mi testamento, sobre mis últimas voluntades.

—No tengo a nadie —le dije, mientras me encendía un cigarrillo a pesar de sus quejas—. Y mi única voluntad es que no me entierren cerca de mis padres. Si puede, queme mis restos y tírelos a un basurero. Sería lo más coherente con mi vida.

El tipo se puso nervioso. Empezó a hablarme de grupos de apoyo, de psicólogos paliativos.

—Mire, joven —le interrumpí—. Yo no necesito hablar con un desconocido sobre mis sentimientos. Lo que necesito es que el dolor me deje dormir. ¿Tiene las recetas nuevas o no?

Me dio los papeles y se fue casi corriendo. Supongo que no está acostumbrado a tratar con gente que ya ha aceptado que es basura.

Viernes 15 de Marzo

Me queda poca tinta en la pluma. Mañana compraré más. O tal vez no. Tal vez deje que la historia se acabe cuando se acabe la tinta. Al final, todo en mi vida se ha quedado a medias. ¿Por qué el final iba a ser distinto? No tengo ganas de escribir…

Domingo 17 de Marzo

Hoy el cáncer ha dejado de ser una palabra para convertirse en un animal. Lo siento dentro de mi pecho, un bicho con garras que raspa cada vez que intento meter aire. Me pasé la mañana entera tirado en el suelo del pasillo porque no tenía fuerzas ni para llegar al sofá. Me quedé ahí, mirando el polvo debajo del mueble, pensando en lo irónico que es: toda la vida huyendo de la suciedad de mi madre para terminar muriendo como un mueble viejo que nadie quiere limpiar.

Me duele todo. No es un dolor de esos que te quitas con una aspirina; es un dolor que tiene raíces, que se enreda en tus costillas. Y lo peor no es el dolor físico. Lo peor es que, ahora que sé que el final está ahí mismo, a la vuelta de la esquina, mi cabeza ha decidido que es el momento perfecto para traerme de vuelta al viejo. A mi padre.

Tenía siete años. Mi padre decidió, en un ataque raro de remordimiento o quizás solo para fastidiar a mi madre, que nos iríamos de pesca. Ella se quedó en la puerta, con una copa en la mano y esa mirada de "vas a fracasar" que siempre le dedicaba.

—No pierdas el tiempo, Ernesto —le soltó ella—. Este niño no sabe ni sostener un tenedor sin temblar.

Mi padre no contestó. Me subió al coche y manejamos dos horas en silencio. Yo estaba emocionado. Pensé que por fin íbamos a ser como los padres y los hijos de la televisión. Pero cuando llegamos al muelle, él ni siquiera sacó las cañas. Se sentó en una roca, abrió una hielera llena de cervezas y se puso a beber una tras otra.

—Papá, ¿me enseñas a poner el anzuelo? —le pregunté, acercándome con miedo.

Él me miró como si yo fuera un extraño que le estaba pidiendo dinero. Tenía los ojos rojos por el viento y el alcohol.

—¿Para qué? —me dijo con una voz ronca—. Vas a perder el pez, vas a enredar el hilo y luego vas a llorar. Eres igual de inútil que ella. Solo sirves para estorbar.

Se pasó la tarde entera bebiendo y mirando al horizonte, ignorándome por completo. Yo me quedé sentado a unos metros, haciendo figuras en la arena, sintiendo que el sol me quemaba la nuca. Entendí que yo no era un hijo para él; era un recordatorio de un error que cometió una noche de borrachera con la mujer que ahora odiaba.

Al volver a casa, me bajó del coche y ni siquiera se despidió. Se fue directamente a su cuarto a dormir la mona. Esa fue nuestra gran "aventura".

Martes 19 de Mayo

Hoy me he dado cuenta de que mi vida ha sido un funeral constante. Empezó con ese viaje de pesca, siguió con los golpes de mi madre y terminó con la boda de Elena. Pero el funeral que más me jode recordar es el de mi madre, porque ahí fue donde terminé de pudrirme.

Recuerdo perfectamente el olor del velatorio. Era una mezcla de flores baratas, café quemado y el perfume rancio de las vecinas chismosas. El cajón estaba cerrado. Mejor así. Nadie quería ver lo que las drogas habían hecho con su cara al final.

Yo estaba en un rincón, con un traje que me quedaba grande. Escuchaba los murmullos de la gente: —Pobre chico, tan solo... —Ella no era mala, solo estaba enferma...

Mentiras. Hipocresía pura. Me acerqué al cajón cuando no había nadie cerca. Puse la mano sobre la madera fría y no sentí tristeza. Sentí una liberación asquerosa.

—Por fin te callaste —susurré.

En ese momento, apareció mi padre. Apareció como un fantasma, con un traje impecable, oliendo a loción cara. Se paró a mi lado, pero no me tocó. No me puso una mano en el hombro. Nada.

—Ya pasó —dijo él, mirando el cajón como quien mira una cuenta pagada—. Lo que quedó atrás, se queda atrás. Vamos a fingir que nada de esto existió.

—¡¿Fingir?! —le grité, y algunas personas se dieron la vuelta—. ¡Me decía que era un monstruo porque soy igual a ti! ¡Me pegaba porque te veía a ti en mi cara!

—Cállate —me ordenó con esa voz gélida que me hacía encogerme—. No hagas un espectáculo. Súbete al coche. Desde hoy, eres mi responsabilidad.

Responsabilidad. Esa es la palabra que usan los cobardes para no decir "carga". En el coche, mientras nos alejábamos del cementerio, le chillé que el amor no existía, que era una estafa. Él frenó en seco, me miró con un odio que nunca olvidaré y me dijo:

—Tienes razón. El amor no existe. Solo existe el deber. Y mi deber es que no te mueras de hambre, aunque no soporte tenerte cerca.

Ese día me morí yo también. Lo que camina hoy por este departamento, tosiendo sangre y escribiendo en un cuaderno de diez pesos, es solo el cadáver que mi padre recogió aquel día en el cementerio.

Miercoles 20 de Mayo

He vuelto a toser. Esta vez la mancha en el pañuelo es más grande y tiene un color oscuro, como la mermelada vieja. Me asusta, aunque diga que no. Me asusta que cuando llegue el momento final, no sea como en las películas. No va a haber música, ni una luz blanca, ni Elena tomándome la mano.

Solo voy a estar yo, este cuaderno y el recuerdo de mi padre diciéndome que soy un estorbo.

Ayer soñé con la boda de nuevo. Pero en el sueño, cuando ella me preguntaba "¿Eres feliz?", yo no mentía. En el sueño le decía: "No, Elena. Ayúdame. Me estoy ahogando". Pero cuando ella abría la boca para contestar, de su garganta solo salía el ruido de platos rotos.

Me desperté gritando, con el sabor del óxido en la lengua. Quedan menos de tres meses, estoy seguro. El bicho está ganando terreno. Mañana intentaré bajar a comprar más café, si es que mis piernas deciden que todavía quieren ser parte de este desastre.

Viernes 22 de Mayo

Hoy el departamento huele a ella. No sé por qué, si han pasado años, pero mi nariz ha decidido jugar conmigo. Es ese olor a jabón de avena que traía en la secundaria, mezclado con el olor a hospital que ahora emana de mi propia piel. Me pasé la mañana entera sentado en el borde de la cama, sujetando el inhalador como si fuera un amuleto, pensando en lo cerca que estuve de tener una vida de verdad.

Elena. Incluso escribir su nombre me hace doler las costillas más que la tos.

Fue en quinto de secundaria. Estábamos en el parque, ese que tiene los columpios rotos donde nadie va. El sol se estaba poniendo y el cielo tenía ese color violeta que parece un moretón. Ella se había sentado muy cerca de mí, tanto que sentía el calor de su brazo contra el mío.

—Ya nos vamos a graduar —dijo ella, mirando sus zapatos—. ¿Qué vas a hacer?

—Sobrevivir —respondí yo, encendiendo un cigarro con los dedos temblorosos—. Irme lejos de mi padre. Meterme en una carrera donde no tenga que verle la cara a nadie.

—Yo no quiero que te vayas lejos —soltó ella de repente. Se giró y me agarró la mano. Sus dedos eran suaves, demasiado limpios para alguien como yo—. Quédate conmigo. Intentémoslo. No como amigos... como algo más.

Se me paró el corazón. En ese momento, una imagen me cruzó la mente como un relámpago: vi a mi madre tirada en el sofá, con la mirada perdida y la jeringa en la mesa. Escuché su voz gritándome: "Eres un monstruo, eres igualito a él".

Miré a Elena. Era tan buena, tan llena de luz. Y sentí un asco profundo por mí mismo. Sentí que si la tocaba, le iba a pasar mi veneno. Que un día, yo llegaría a casa borracho de amargura como mi padre y le rompería la cara o el alma, porque eso es lo único que aprendí.

—No —le dije, soltando su mano como si fuera un carbón encendido.

—¿No qué? —preguntó ella, con los ojos empezando a brillar.

—No quiero estar contigo, Elena. No me gustas así. Eres solo... alguien que me curó un par de veces. No te confundas.

Fue la mentira más grande de mi vida. Vi cómo se le desarmaba la cara. Vi cómo esa luz se apagaba y se convertía en una herida abierta.

—Mientes —susurró ella, con una lágrima cayéndole por la mejilla—. Te da miedo.

—Me das lástima —le escupí, usando el tono más gélido de mi padre—. Deja de intentar salvarme. No necesito una enfermera, necesito que me dejen en paz.

Ella se levantó, se limpió la cara con rabia y se fue sin mirar atrás. Yo me quedé ahí, fumando, sintiéndome como el héroe de una tragedia griega, cuando en realidad solo era un cobarde con miedo a su propia sangre.

Hoy me he mirado en el espejo mientras me afeitaba. Me corté. La sangre no paraba de salir. Me quedé mirando el hilo rojo bajar por el lavabo y me acordé de ella limpiándome el labio en la grada.

¿Qué estarás haciendo ahora, Elena? ¿Estarás desayunando con el arquitecto? ¿Estarás riéndote de algún chiste tonto que él hizo? Me jode pensar que él tiene lo que yo desprecié por miedo. Él no tiene que luchar contra el eco de unos platos rotos cada vez que te besa la frente.

He intentado llamarla. Busqué su número en la agenda vieja, pero me detuve antes de marcar. ¿Para qué? ¿Para decirle: "Hola, soy el tipo que te rompió el corazón hace quince años, me estoy muriendo de cáncer y quería decirte que sí te amaba"?

Eso sería otra crueldad. Otra forma de meter mi oscuridad en su vida perfecta. Ella ya hizo su duelo por mí. Yo soy un fantasma para ella, y los fantasmas deben quedarse callados.

La tos ha vuelto. Esta vez con un silbido en el pecho que suena como una tetera hirviendo. Es el aire tratando de pasar por un camino que ya no existe. Me voy a acostar. Quizás hoy sueñe con ella, pero no en la boda, sino en el patio de la escuela, antes de que yo decidiera que estar solo era mejor que estar herido

He encontrado una caja de zapatos debajo de la cama. Está llena de papeles. Son las cartas que le escribí en la universidad y que nunca envié. "Te vi hoy en la cafetería", dice una. "Perdón por lo del otro día", dice otra. Todas están amarillentas.

Las he quemado en el fregadero. Una por una. Ver el fuego consumir mis palabras fue extrañamente satisfactorio. Las cenizas se fueron por el desagüe, igual que mi vida.

Ya no me quedan tres meses. Lo siento en la forma en que mis piernas fallan. El médico puede decir lo que quiera con sus estadísticas de mierda, pero yo conozco mi cuerpo. Este cuerpo es una casa en ruinas y las vigas se están doblando.

Si alguien encuentra este diario: No sientas pena. No soy una víctima. Soy el resultado de todo lo que elegí callar. Mi padre me dio la cerrazón, mi madre me dio la rabia, y yo... yo me encargué de pulirlas hasta que brillaran como el acero.

Elena, si de casualidad estás leyendo esto... no, qué va. No lo vas a leer.

Me duele respirar. Joder, cómo duele.

Lunes 25 de Mayo

Hoy me levanté con una idea clavada en el cráneo, una de esas que no te dejan en paz hasta que las sacas a golpes. Me miré en el espejo y vi a un hombre de ceniza, pero me vestí con la mejor camisa que encontré. Me tomó media hora abotonarla porque mis dedos parecen salchichas torpes y sin fuerza.

Gasté la mitad de mi energía solo en bajar las escaleras. Tomé un taxi. Le di la dirección de aquella urbanización que encontré husmeando en redes sociales hace meses. El taxista me miraba por el retrovisor con una mezcla de asco y miedo; supongo que no es agradable llevar a un tipo que suena como un motor viejo a punto de estallar.

—¿Se siente bien, jefe? —me preguntó cuando me dio un ataque de tos a mitad del camino.

—Solo conduzca —le ladré, y luego tuve que cerrar los ojos para no desmayarme.

Llegué. Es una casa blanca, con un jardín que parece sacado de un catálogo de muebles. Tan limpio. Tan lejos de los platos rotos y las jeringas. Me quedé en la acera de enfrente, apoyado en un poste, tratando de recuperar el aire.

Entonces se abrió la puerta.

Salió ella. Estaba despeinada, con una camiseta vieja, muy distinta a la novia perfecta de la boda. Y detrás de ella, salieron dos rayos de luz. Dos niños. Gemelos. Tendrán unos cuatro años. Tienen el pelo castaño de ella, pero se mueven con una energía que yo nunca tuve.

—¡Mamá, mira, un bicho! —gritó uno de ellos, agachándose en el césped. —¡No lo pises, Lucas! —le contestó ella, riendo.

Esa risa. Me atravesó los pulmones más que el cáncer. Me quedé petrificado. Los niños corrían alrededor de sus piernas y ella los miraba con un amor tan puro, tan denso, que casi podía tocarse. Por un segundo, mi mente enferma hizo un truco sucio: me imaginé a mí mismo ahí. Me imaginé que esos niños tenían mis ojos, pero sin la sombra. Que yo era el que les enseñaba a no pisar los bichos en lugar de enseñarles a esconderse debajo de la mesa.

Pero la realidad me dio un bofetón de sangre. Tosí. Fue una tos seca, ruidosa. Ella levantó la vista.

Sus ojos se encontraron con los míos. El tiempo se detuvo. La sonrisa se le borró de la cara y vi cómo el miedo y el reconocimiento peleaban en sus facciones.

—¿Adrián? —susurró.

Se acercó a la reja, manteniendo a los niños detrás de ella con un gesto instintivo. Sus "monstruitos" estaban a salvo, y ella se aseguraba de que el monstruo de verdad no pasara la valla.

—Hola, Elena —dije, y mi voz sonó como si estuviera arrastrando piedras.

—Estás... Dios mío, ¿qué te ha pasado? Estás muy flaco.

—Es el tabaco, Elena. Al final me ganó la partida —mentí a medias. No quería decirle que me quedaban semanas. No quería arruinarle el jardín con mi muerte.

Uno de los niños se asomó por su costado. —¿Quién es ese señor, mami? —preguntó con una curiosidad inocente que me partió el alma.

—Un viejo amigo, Mateo. Vayan adentro, que papá ya va a sacar la merienda —les dijo ella.

Los niños obedecieron, entrando a la casa entre risas. Ella se quedó ahí, agarrando los barrotes de la reja con fuerza. Me miró de arriba abajo, y vi cómo sus ojos se llenaban de esa lástima que siempre odié, pero que hoy acepté como una limosna.

—Viniste a despedirte, ¿verdad? —me soltó. Siempre fue demasiado lista.

—Vine a ver si habías ganado —le dije, forzando una sonrisa—. Y veo que sí. Tienes una casa bonita. Tienes hijos que no tienen miedo de los ruidos fuertes. Has ganado la guerra que yo perdí.

—No era una guerra, Adrián. Era solo vivir. Pudiste haber estado de este lado.

—No, no podía. Alguien tenía que quedarse en la trinchera para que tú pudieras salir.

Me dio otro ataque de tos, esta vez tuve que doblarme. Saqué el pañuelo y, aunque traté de esconderlo, ella vio la mancha roja. Se tapó la boca con la mano.

—Entra —me pidió—. Deja que te ayude, al menos toma algo de agua. Andrés no tardará en llegar, él...

—No. Vine a ver, no a quedarme. Ya vi lo que necesitaba.

Me di la vuelta. Cada paso era como caminar sobre brasas. Escuché que me llamaba, pero no me detuve. No quería que me viera caer en la acera. Me subí al primer taxi que pasó y le pedí que me sacara de allí.

Ahora estoy de vuelta en mi cueva. El olor a avena ha desaparecido, reemplazado por el olor a hierro de mi sangre. Tengo la imagen de esos dos gemelos grabada en la retina. Mateo y Lucas. Se ven tan... felices.

Me alegra no haber entrado. Mi sombra habría manchado sus paredes blancas. Mi tos habría asustado a esos niños. He confirmado lo que supe en quinto de secundaria: mi mayor acto de amor fue dejar que me olvidara.

Aunque ahora, mientras la noche cae y el dolor aumenta, me pregunto si Mateo o Lucas alguna vez sentirán el vacío que yo siento. Espero que no. Espero que el arquitecto sea el padre que yo no tuve. Que no rompa platos. Que no se vaya de pesca a beber solo.

Quedan menos de tres meses. Quizás menos de dos. Pero hoy, por primera vez, no me importa. He visto que la luz existe, aunque yo haya decidido vivir en el sótano.

Mañana no saldré. Mañana me quedaré aquí, escribiendo hasta que la mano no me dé más, o hasta que el bicho decida que ya ha comido suficiente de mis pulmones.

La última pagina:

Anoche apenas pude sostener la pluma. El dolor ya no es un visitante, es el dueño de la casa. Me he pasado horas mirando la mancha de humedad del techo, imaginando que es un mapa de un lugar donde no me duele el pecho.

He dejado de tomar las pastillas rojas. Solo me dejan atontado, y quiero estar despierto para el final. Quiero verle la cara a la nada cuando venga por mí. Si existe un infierno, espero que no tenga platos de cerámica ni olor a hospital. Espero que sea solo silencio.

Mi padre murió hace tres años. No fui a su funeral. Me quedé en casa bebiendo el mismo whisky que lo mató a él, pensando en que la única herencia que me dejó fue esta maldita facilidad para arruinarlo todo. Pero hoy, tras ver a los hijos de Elena, siento que rompí la cadena. El veneno se detiene conmigo. El linaje de los monstruos se acaba en este cuaderno.

Si estás leyendo esto... da igual. Solo cierra el libro.

MARTA

Me di cuenta de que algo iba mal porque la mesa del rincón llevaba tres días vacía.

Adrián no era un cliente simpático, pero era constante. Pedía su café con demasiada azúcar y se quedaba ahí, encorvado sobre su cuaderno como si estuviera protegiendo un tesoro o una bomba. Tenía esa mirada de los que ya no esperan nada del camión de la lotería, una mirada que te hacía querer darle un abrazo, aunque sabías que probablemente te soltaría un ladrido si lo intentabas.

Como nadie preguntaba por él, le pedí al dueño que llamáramos a la policía para que echaran un ojo a su departamento. Cuando entraron, me dejaron pasar un momento porque dije que era su "única conocida". Mentirosa yo. Solo era la mujer que le servía el café.

El lugar olía a cerrado, a medicamentos y a ese aroma metálico que tiene la muerte cuando se instala un rato. Lo encontramos en el sofá. Tenía una manta vieja por las piernas y este cuaderno apretado contra el pecho, como si fuera lo único que lo mantenía unido al suelo.

No había fotos en las paredes. Ni una sola. Solo estanterías llenas de libros y ceniceros rebosantes. El oficial de policía, un tipo joven que parecía que iba a vomitar, empezó a revisar los cajones buscando un contacto de emergencia.

—No va a encontrar nada —le dije yo, mientras miraba las manos flacas de Adrián. Estaban manchadas de tinta negra y tenían los nudillos pelados, como si hubiera estado peleando contra la pared hasta el último segundo.

En la mesa de noche había una invitación de boda vieja, arrugada de tanto leerla, y un sobre con dinero que decía: "Para el entierro. No quiero que el Estado gaste un peso en mí".

Lo más triste no fue verlo muerto. Lo más triste fue que, mientras los de la morgue se lo llevaban en esa bolsa de plástico negra, el edificio seguía igual de silencioso. Nadie salió al pasillo. Nadie preguntó "¿quién era?". Fue como si se hubiera borrado un error de un pizarrón.

Me quedé con este cuaderno. Los policías dijeron que no servía como evidencia de nada. Lo he estado leyendo en mis descansos en la cafetería. Ahora, cada vez que escucho a un cliente tirar un cubierto al suelo, se me pone la piel de gallina.

A veces miro a la puerta esperando que entre, se siente en la mesa coja y me pida su café con azúcar. Me gustaría decirle que sus ojos no eran los de su padre. Eran solo los ojos de alguien que necesitaba que alguien le dijera que no tenía la culpa de la guerra de otros.

Enterramos a Adrián ayer. Fui yo sola. El cementerio estaba gris y soplaba un viento que te calaba los huesos. Antes de que cubrieran el cajón con tierra, dejé caer una gasa con alcohol y un sobre de azúcar sobre la madera.

—Ya no tienes que pelear más, muchacho —le dije.

Y aunque parezca una tontería de vieja, por un momento juré escuchar el sonido de un plato rompiéndose, pero no uno de esos ruidos violentos de sus recuerdos, sino el sonido de algo que por fin se rompe para dejar salir lo que hay dentro.

Escribo esto en la última hoja de su diario para que no se acabe con su dolor. Adrián murió pensando que era un espejo sucio, pero yo creo que solo era un hombre que se pasó la vida tratando de apagar un incendio con su propia sangre.

Ojalá donde esté, por fin haya encontrado un sitio donde el amor no sea una mentira de cobardes.

Pasaron seis meses desde que enterramos a Adrián. El cuaderno se quedó guardado en el cajón de las servilletas de la cafetería, cogiendo polvo y manchas de grasa. Varias veces estuve a punto de tirarlo a la basura, pero algo en la caligrafía apretada de ese muchacho me detenía. Era como si, al deshacerme de sus palabras, terminara de matarlo.

Un martes por la mañana, ella entró por la puerta.

—¿Marta? —me preguntó, acercándose a la barra con una timidez que no encajaba con su ropa elegante.

—La misma —respondí, secándome las manos en el delantal.

—Me llamo Elena. He estado buscando a Adrián por meses. Fui a su departamento, pero vive otra gente... En la administración me dijeron que usted fue la única que se ocupó de sus cosas.

Me quedé helada. Miré a los niños —los gemelos— y vi en sus ojos esa chispa de vida que Adrián contempló desde la acera el día que se despidió. Ella me miraba con una angustia contenida, una esperanza que yo estaba a punto de romper.

—Se fue, Elena —le dije, bajando la voz—. Hace meses. El cáncer no le dio tregua.

El golpe fue silencioso. No gritó, no lloró de inmediato. Solo se agarró al borde de la barra hasta que sus nudillos se pusieron blancos, igual que los de Adrián cuando se aferraba a la vida. Su esposo se acercó y le puso una mano en el hombro, pero ella parecía estar a kilómetros de distancia.

—¿Sufrió? —susurró.

—Dijo que ya estaba acostumbrado al dolor —le contesté con sinceridad—. Pero antes de irse, me dejó algo. Espere.

Fui al cajón y saqué el cuaderno. Estaba viejo, con las esquinas dobladas. Se lo puse delante como quien entrega un testamento de guerra.

—Es su diario. La última parte habla de ti. De la tarde en que te vio en tu jardín con tus hijos.

Elena tomó el cuaderno con manos temblorosas. Lo abrió por la mitad y leyó apenas un par de líneas. En ese momento, las lágrimas empezaron a caer, empapando el papel.

—Él pensaba que era un monstruo —dijo ella entre sollozos—. Pensaba que me salvaba alejándose... y yo solo quería que me dejara entrar.

—Él te amaba a su manera, Elena. Una manera rota, sí, pero era lo único que tenía para dar. Prefirió morir solo que arriesgarse a romper la paz que tú habías construido.

Ella se quedó un rato largo acariciando la portada del diario. Sus hijos se acercaron y uno de ellos, Mateo, le tiró de la falda preguntándole por qué lloraba. Ella se agachó, los abrazó a los dos con una fuerza desesperada y miró hacia la mesa del rincón, la de la pata coja, que en ese momento estaba vacía y bañada por la luz de la mañana.

—Gracias, Marta —me dijo antes de salir.

La vi marcharse por el cristal de la ventana. Mientras caminaba hacia su coche, la vi apretar el cuaderno contra su pecho, exactamente de la misma forma en que Adrián lo hacía cuando lo encontramos muerto en su sofá.

Aquella tarde, después de que cerré la cafetería, me senté un momento en su mesa. Ya no escuchaba platos rotos, ni gritos, ni toses desgarradoras. Solo había silencio. Un silencio limpio, como si por fin alguien hubiera recogido todos los escombros y hubiera cerrado la puerta.

Adrián ya no era un secreto. Ahora vivía en las manos de la única persona que alguna vez quiso curarlo. Y supongo que, para un tipo que nunca creyó en el amor, ese fue el final más real que pudo haber escrito.

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