Colombia, más específicamente Zaragoza, Antioquia, un pueblo tan pequeño que parece la casa grande de una hacienda inmensa, a pesar de existir ya hace unos cuatrocientos cuarenta y cuatro años. Es un municipio netamente minero, donde la mayoría aprenden a usar una batea antes de aprender a leer o escribir su propio nombre, pero debo admitir que es uno de los pocos pueblos en donde los grupos rebeldes al margen de la ley no han cometido muchos estragos. Pero eso no lo libra de otras desgracias, un pueblo que se cree maldito, atrapado en el tiempo e incapaz de prosperar, calles prácticamente cubiertas de baches, hoyos, cráteres, socavones o como les llamen en su país, donde hay más de setenta bares, cantinas y discotecas y solo un centro de salud que antes era llamado “hospital”, las casas aquí no son lujosas pero tampoco están hechas de paja y barro, los hoteles también puedes contarlos con los dedos de las manos y ni para que mencionar los restaurantes, puestos de comida chatarra el cual es un deleite hasta para el más refinado de aquí; la música clásica y moderna choca día tras día, así como las discusiones sobre partidos de futbol, con sudor en sus frentes y una cerveza en la mano.
En resumen, Zaragoza es prácticamente un pueblo agradable para los ojos de los turistas, pues si a pesar de la miseria hay quienes vienen de otros lugares e incluso otros países para conocer estas tierras, su gente no trasluce los desencantos; pues, por otro lado, son de carácter atractivo y una apariencia que genera curiosidad, siendo así los únicos habitantes del planeta capaces de presumir aliento de vodka con jugo de naranja después de haber bebido aguardiente.
Pero la realidad es que es un lugar muy pobre; después de la abundancia en oro que tuvo en el pasado, las tierras fértiles para cultivar fueron ignoradas por la denominada fiebre del oro y no desarrollaron otra industria seria, convirtiéndolo en solo otro lugar de paso, hecho para el descanso, el disfrute y el gasto.
Más Zaragoza que perdura en la memoria de un niño, es un lugar para no creer. Porque aquella belleza rústica que construyeron nuestros antepasados antioqueños, ahora es un reflejo sin alma de las pobres construcciones de nuestros líderes, solo una fachada para llenar los bolsillos de quienes ya tienen abundancia; aun así, el campo sigue verde y sencillo, todavía convive con las calles maltrechas. Por ello, en los juegos de los niños existen las palabras río, árboles con mangos y patios no cercados para entrar por el balón.
Pero, sobre todo, por sus calles se regala al sol y a las miradas lo natural de los brazos al descubierto, la piel de las damas mostrando sus pechos firmes o los muslos trigueños bajo los pantalones cortos de los jóvenes; no es una impudicia la piel asomada, sin vergüenza, sin pudor, siempre ropas livianas que se mueven por la brisa.
Cuando yo nací, casi acabo con la vida de mi madre durante el proceso de parto: hemorragia posparto. Tiempo después, cuando mi mente ya razonaba y comprendía, mi abuela me reveló que mi madre intentó abortarme, pero no funcionó. Ella intentó deshacerse de mí y yo intenté deshacerme de ella; quién diría que desde el principio así sería nuestra relación. Fui el menor de cuatro hermanos: Farley, Edwin y Jonathan. Todas criadas por la madre de mi madre, Etelvina, y su hermana menor, Bertha; las únicas mujeres valiosas en mi vida.
No crecí rodeado de lujos, pero jamás supe lo que fue el hambre. Nuestra casa no era más bonita que el barrio, pero era nuestra; nadie nos la podía arrebatar, sin mencionar que teníamos un patio amplio, con un gran árbol de mango y flores alrededor. Debo admitir que los primeros cinco años de mi vida fueron los mejores porque no los recuerdo, pero es mejor empezar por lo que sí recuerdo.
En fin, cuando yo tenía siete años, era demasiado pequeño para jugar con mis hermanos y demasiado rudo para jugar con las niñas del barrio, así que mientras los demás jugaban en grupo, yo sería un jugador solitario. Además, aún no tenía amigos en la escuela, quizás porque no me gustaba el fútbol desde que recibí un fuerte golpe en el estómago con el balón; un grito ahogado salió de mí y la risa desenfrenada de mis compañeros de clase. Eso me hizo odiar y maldecir el fútbol para siempre. Qué lástima y qué delicado.
Por aquellos días, un señor del barrio llamado don Evaristo encontró un cachorro e iba de casa en casa pidiendo un poco de leche para alimentarlo. Convencí a mi abuela de darle mi parte de la leche, ya que no me gustaba, y a cambio podía jugar con el pequeño animal.
—¿Qué nombre le puso? Don Evaristo —le preguntaba mientras acariciaba la pancita inflada del cachorro.
—No sé, bautízalo tú —dijo entre risas mientras fumaba un cigarrillo.
—Pichirilo —dije sin pensarlo mucho.
Mejor hubiera sido que nunca lo dijera, pues don Evaristo le regaló el cachorro a la hija de un finquero y yo me quedé con el apodo de pichirilo. Pero peor fue aun cuando empecé a mojar la cama, sábanas, colchón y tablas mojadas, cosa que mi abuela aprovechó para adornar mi apodo: Picha mojada, me puso. Eso me ganó por no levantarme en las noches para ir al baño. Cuando cumplí siete años, ya había dejado atrás mis costumbres húmedas, pero no dejaba de ser un mini descuidado y torpe.
Las vacaciones de verano habían llegado y la cosecha de mangos también. ¡Qué regocijo poseer un árbol propio de mangos! Me sentía el enviado por mis vecinos que tocaban a la puerta para suplicar que les regalara algunos.
—A mí sus madres no me regala nada, ¡dejen de joder! —les gritaba mi abuela con voz severa.
Yo aprovechaba cuando cocinaba para recoger los mangos caídos e ir a llevárselos a mis vecinos, ya que muchas veces, por la cantidad que caían, era imposible comerlos todos.
Pero a mí me gustaban verdes, ácidos, para comerlos con sal y limón; así que en uno de mis arranques de impulsividad me subí sin que nadie se diera cuenta al árbol para alcanzar los mangos más grandes y verdes antes que mis hermanos, pero yo no era buena trepando, así que pronto mi cuerpo se hallaba en la tierra. Por un leve instante no me sentí en este mundo, pero el dolor me hizo volver a la realidad, cosa muy seria y como para morirse de verdad. Tuve que estar postrado en cama una semana y con masajes y terapias en la espalda. Vaya forma de pasar mi primera semana de vacaciones. Pero esa no sería la única desgracia; en esas vacaciones de verano.
El primo Anderson había venido de visita a la casa. Era el primo favorito de la familia; por esos días estaba sobrellevando un rompimiento, su novia lo había abandonado.
Era un joven esbelto, fuerte y simpático; la fachada perfecta que escondía a un arrogante, cínico y mentiroso ser. De los que saben jugar al futbol como los dioses y están seguros de que un día estarán en los clubes de la Juventus. Tenía dieciséis años.
Yo solo tenía siete cuando Anderson me violó por primera vez en el cuarto oscuro, donde mi abuela guardaba sus viejos discos de vinilo, una máquina de coser, telas y un colchón que usaba para las visitas cuando no había lugar en las camas.
Qué manera de descubrir la maldad de los seres humanos… El primo Anderson se ofreció a cuidarme una tarde de domingo; mientras mi tia Bertha estaba en su trabajo en el asilo de ancianos, mi abuela en la iglesia y mis hermanos con sus amigos en la cancha de futbol.
Yo seguía recostado en aquel duro colchón, del cuarto oscuro; cuando Anderson salió de la casa, inocente y liviano como una mariposa. Yo permanecí un rato más con las manos temblorosas, mi pantalón aún abajo, acostado en aquel viejo colchón. Sentía que el mundo se caía sobre mí. Porque no cesaba el dolor. Era como una patada en tu estómago, pero por dentro. Y qué deseos terribles de ir al baño. Estos actos son los que perturban la mente y llegan en la oscuridad de la noche para atormentarte. Un leve temblor en las piernas, sentado en la taza fría del inodoro Los pensamientos confusos, la perplejidad de los hechos y la soledad absoluta. El miedo al ver sangre en mis pantaloncillos; la piel se me eriza de solo recordarlo. Todo tu cuerpo se siente como si en tu sangre hubiera una aspirina efervescente.
Y ese dolor… ¿Por qué me habrá hecho esto Anderson? ¿Por qué lo tenía tan grande? ¿Es acaso normal lo que sucedió?
Qué situación más extraña, ¿es esto lo que pasa al crecer? Te la meten a la fuerza, Pero no ha de ser lo correcto, ¿por qué me amenazó?
“NO SE LO VAYA A DECIR A NADIE, PORQUE TE MATO A GOLPES”.




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