La imaginación como el último refugio contra la crueldad. 

A veces, la realidad es un monstruo mucho más aterrador que cualquier criatura con ojos en las palmas de las manos.

Como escritora, siempre he pasado horas frente a la hoja en blanco intentando entender por qué el ser humano puede ser tan despiadado, y fue viendo "El Laberinto del Fauno" cuando comprendí que la fantasía no es una simple escapatoria infantil, sino un acto de resistencia puro y duro.

Es nuestra última trinchera.

La película nos sumerge en una España rota por la posguerra, un escenario donde el aire parece pesado, cargado de pólvora y de un silencio que asusta.

Aquí, el Capitán Vidal representa la injusticia más fría, esa que no tiene una gota de empatía y que se rige solo por la obediencia ciega.

Frente a esa oscuridad absoluta está Ofelia, una niña que se niega a aceptar que el mundo sea solo barro, sangre y reglas militares.

Para mí, ver a Ofelia es como verme al espejo en esos días donde el mundo real parece cerrarse y asfixiarnos: ella no elige el reino fantástico porque sea un camino fácil o lleno de purpurina; lo elige porque es el único lugar donde su alma puede permanecer libre y auténtica.

Como espectadora, hubo momentos en los que sentí un nudo en la garganta que no me dejaba ni tragar saliva.

Hay una escena que me marcó a fuego y que todavía me genera una punzada de indignación: cuando Vidal dice con total desprecio que el mundo es un lugar cruel y que ella debe aprenderlo a golpes.

En ese instante, sentí esa rabia sorda que te sube por el estómago, esa que experimentamos cuando alguien con poder intenta apagar nuestra luz solo porque ellos decidieron vivir en la oscuridad.

Me dio una vergüenza inmensa pensar en cuántas "Ofelias" existen hoy en día, resistiendo injusticias en silencio.

Ese es el gran acto de resistencia que nos regala Guillermo del Toro.

La película nos grita que la resistencia no siempre se trata de ganar una guerra con fusiles o grandes discursos en una plaza; a veces, la batalla más heroica es la que se libra por salvar la propia identidad.

Ofelia se resiste a ser "neutral" ante el horror, se resiste a ser una ficha más en el tablero de un tirano que desprecia la vida.

Ella prefiere enfrentar pruebas aterradoras y hasta la propia muerte con tal de ser la princesa de su propio mundo, antes que vivir siendo la esclava de una realidad gris e injusta.

Para mí, esta obra es un recordatorio de que, aunque nos quiten todo, no pueden arrebatarnos lo que somos capaces de soñar.

Me dejó una enseñanza que hoy aplico cada vez que me siento a escribir mis propios libros: que la desobediencia, cuando se enfrenta a la maldad, es una virtud necesaria. Salí del cine con los ojos húmedos pero el corazón encendido, sintiendo que mis historias también pueden ser pequeños laberintos donde la justicia, aunque sea por un rato, siempre termina ganando la partida.

Resistir es seguir creyendo cuando nadie más lo hace.

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