
Recuerdo hace muchos años cuando vi esta película, era domingo por la tarde y mi papá me llevó al cine. Fuimos a ver “El Hombre Bicentenario” en una sala de un centro comercial de Caracas, pero no había puestos disponibles, así que elegimos otra o la película nos eligió a nosotros. Se trataba de “1900: La Leyenda del Pianista en el Océano” de Giuseppe Tornatore. Es una película conmovedora sobre los afectos humanos y sobre la soledad. Quizás yo era muy joven para comprender su profundidad, pero a mi papá y a mí esta película nos cautivó, primero por la música y segundo por la historia.
La película empieza con un narrador violinista que se embarca en un barco europeo, allí conoce a un hombre extraño interpretado por Tim Roth, un pianista talentoso que nunca ha pisado la tierra firme, es decir, siempre ha vivido en ese transatlántico.
En la cinta, el protagonista es capaz de utilizar la música de su piano para caricaturizar a los personajes que hay en el barco, tanto personas de primera como las de tercera clase. Incluso, él se debate en un duelo musical con un famoso jazzista estadounidense afroamericano. Hay un momento en la película en la que el protagonista se enamora de una jovencita de tercera clase, pero que no es capaz de conversar con ella. Simplemente, la observa, la mira y compone la canción más triste del mundo, según el violinista.
La secuencia final es una de las más amargas que he visto en mi vida. El violinista se monta nuevamente en el barco, pero esta vez está destruido y oxidado. Al barco lo van a explotar con dinamita, pero el violinista pide unos minutos para conversar con su amigo, quien sabe con certeza que se encuentra en el transatlántico.
Hay un momento climático en la que el pianista va a bajarse del barco pero se detiene en el medio del puente, que une el suelo con el transatlántico. Simplemente no puede hacerlo y se devuelve al barco.
En la escena final, el pianista explica que el mundo tiene demasiadas teclas, demasiados sonidos. No puede controlar lo que sucede afuera, es un hombre que defiende su temor y que tiene miedo. Esta escena es simplemente maravillosa, el monólogo del pianista explicándose y los ruegos de su amigo, quien desea que su amigo se baje con él del barco.
La película tiene momentos musicales maravillosos y una actuación majestuosa de Tim Roth. Por supuesto, yo salí llorando de cine, era joven como para comprender este sacrificio o este acto de suicidio del pianista. Años más tarde, encontraría el Dvd y vería esta película nuevamente. Pero nunca olvidaré este domingo, en el que la vida nos permitía a mi padre y a mí ver esta cinta italiana llena de aprendizaje y profundidad. A pesar de su final trágico, es un canto a la vida, a la amistad, al amor y a la música. Creo que fue el momento perfecto para ver esta película con mi papá.



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