¿Ustedes también sienten eso? ¿Lo sienten mientras se escuchan los pájaros que cantan a la mañana y las bocinas de autos y colectivos que contaminan el aire como una bestia desbocada, y el tren que avanza furioso, repleto, con cuerpos prensados como sardinas, y las puteadas de quienes no logran entrar al vagón, y las primeras palabras de aliento que nos lanzan los compañeros del laburo, y la televisión encendida en la casa de la abuela, y las protestas que crecen, apretadas, como enjambres, y las sirenas de las ambulancias que rajan la calle como un látigo, y la voz metálica del subte que enumera estaciones como un rezo, y las canciones que nos taladran el oído hasta atrofiarlo, y los canales de streaming que saltan de tema en tema sin pudor ni pausa, y los vendedores ambulantes que ofrecen baratijas con la tristeza escrita en la cara, y las palabras hermosas que nos susurran los amores, y las palabras horrendas que, de esos mismos labios, nos lastiman como un navajazo en el pecho, y la voz serena de una madre que arropa, y el llanto inclemente de un bebé que no conoce tregua, y las películas y series que consumimos en la pantalla mínima de un teléfono, y los gemidos de placer en la cama, y los videos breves que caen en cascada, uno tras otro, sin dejar más que un vacío en nuestro cerebro, y el agua de la lluvia que golpea contra la loza con un sonido que hipnotiza, y la boca que mastica la comida como un ritual cotidiano, y los perros que ladran un guau violento, y los gatos que ensayan un miau suave, y los insectos que chillan en la oscuridad, y los sapos que croan en los pastizales húmedos, y la barrera roja y metálica del tren que baja como una amenaza , y las balas que irrumpen en la madrugada, atrevidas, asesinas, y la voz propia que resuena desde adentro como un tambor, y que todo esté lleno de ruido, ustedes no sienten entonces un vacío en el pecho, el tórax afilado apretando a un corazón deshilachado, la vida resquebrajada como un páramo sin agua, y la certeza de estar solos, sin nadie con quién hablar, sin algo que valga la pena decir: sin nada?
A mí me está pasando seguido. La última vez fue el domingo pasado.
Extraño mi adolescencia, fuera de la capital de Buenos Aires. Leía mucho cuando era chico: Caparrós, Leila Guerriero, Mariana Enriquez. Subrayaba versos de Alfonsina Storni y de Idea Vilariño. Era una especie de sensación de combustión. Algo ahí dentro prendía y ardía.
Cuando estudiaba periodismo en la facultad creía que, si me empeñaba en mantener las esporas optimistas en aceleración constante, todo saldría bien, aunque todo parecía indicar que saldría mal porque la escritura no era un destino lógico para el descendiente de una familia sin artistas ni escritores.
Pero la mayor parte del tiempo la vida era un sueño maligno, y suponía que iba a terminar con un empleo cualquiera, escribiendo en mis ratos libres, cuando finalizara mi jornada de trabajo en una tienda de ropa o como vendedor de ropa usada.
Al final terminé siendo periodista. Trabajo de esto. Tengo un empleo bueno. Y aun así sostengo proyectos que, vistos desde afuera, parecen imposibles. En un mundo que se cae a pedazos, hablar de sueños resulta bastante tonto. Pero ahí están.
Recién leía “Distracción”, una columna de Leila Guerriero. Ahí cita a Miguel Rep: “La felicidad como distracción”. La frase queda flotando. Pienso que tiene razón.
Cuando la vida avanza con velocidad: llamadas, decisiones, cambios. A uno le cuesta sentarse a hacer lo que se supone que hay que hacer. La concentración es un animal frágil.
Escribo menos cuando estoy feliz. Me pasa seguido. Como si la escritura necesitara una astilla, algo que incomode. Cuando todo está en calma, ese impulso se adormece.
Para sumar a todo esto, últimamente sueño con fiebre. Escenas sueltas, personas que no se conocen entre sí, situaciones sin lógica. Me despierto con la sensación de haber corrido.
El último mes fue un subibaja. Arranqué arriba: renuncié a una relación amorosa, viajé, vi en vivo a mi banda favorita, proyecté algo propio. Durante unos días todo parecía alineado.
Después vino la bajada y el ruido.
Nunca me permito estar del todo contento. Tampoco del todo mal. Intento un equilibrio que a veces es apenas una forma elegante del miedo. Cuando algo es bueno, suelo pensar que es demasiado bueno para durar. Esa idea me ordena, me mantiene atento.
Esta vez me distraje. Y mi inconsciente, puntual, me lo recuerda cada noche.
Cuando las células de la escritura permanecen esquivas leo una o algunas o todas esas cosas, y mi valentía se alza desde el fondo de mí, como una cobra, y escribo.
También puedo ponerme delirante. Decir que mi escritura tuvo un período Julio Cortázar, un período Ray Bradbury, un período Mariana Enriquez, un período Silvina Ocampo, un período Martín Caparrós, un megaperíodo Leila Guerriero. Cada uno con sus ramificaciones: Lorrie Moore con Caparrós y un eco de Richard Ford; Cortázar mezclado con Bryce Echenique y un resto de García Márquez.
Pero también hubo temporadas marcadas por otras cosas: el Concierto para piano en la menor, Op. 54, del alemán Robert Schumann interpretada por Martha Argerich, la entrevista de Tita Merello en 1984 con Antonio Carrizo, un período John Waters, otro de La Bruja de Robert Eggers, un tramo Miyazaki, los robots de Hideaki Anno, canciones de Lana del Rey, películas de Tim Burton, discos de Lorde. Incluso su período “me hice líder de una secta en Australia, quiero quedarme a vivir y me deprimo porque soy famosa”.
Algunos experimentos fueron deliberados. Cuando vi Con ánimo de amar de Wong Kar-wai me impresionó esa forma de hundir la historia en una burbuja de silencio, usando el amor como materia prima.
Intenté llevar ese clima (esa melancolía que nace de bajar el volumen) a la escritura. Lo usé durante años: fragmenté textos, los convertí en esquirlas, intercalé escenas mudas, testimonios, descripciones secas. Creí que ahí había encontrado algo. La verdadera forma apareció después, mucho después, cuando vi La llegada de Denis Villeneuve. Esa voz en off inicial me acompañó en varios artículos, hasta que el recurso se agotó. O me agotó. O nos cansamos los dos mutuamente.
Pocas cosas me arrancan de la apatía y de esa pesadez espesa como el amor.
No sé si tuve héroes o maestros. Sé que, cuando algunas preguntas se me instalan en la cabeza y giran sin descanso, extraño a mis mayores. Pienso en Sara Facio, por ejemplo. No daba consejos. Miraba, escuchaba, y después decía apenas una frase: “Cuidado con eso pichón”, o “Puede ser”. Alcanzaba.
La conocí en 2019, en un programa de televisión. Yo quería hacer una pregunta que en realidad eran varias. Cómo se sigue creando después de haber hecho obras que ya forman parte de una época. Cómo se convive con lo que uno mismo construyó. Cómo se evita repetirse.
“Cada oficio tiene su enfermedad”, dijo. “En el trabajo creativo esa enfermedad es una mezcla de vanidad, inseguridad y competencia. Sin algo de eso no se puede hacer nada. Pero tampoco conviene creerse demasiado”.
Siempre hacía pausas para hablar, ya era viejísima. “Uno nunca está seguro”, agregó. “Cada proyecto obliga a empezar de cero. Lo anterior no te salva”. Y después: “La incertidumbre no es un problema. Es el motor. A veces hay conexiones, chispazos. Y otras veces, nada. Una llanura.
Cuando alguien enumera las cosas que le salvaron la vida menciona libros cultos, películas consagradas, series galardonadas. Casi nunca habla de lo que lo sostuvo en los domingos grises y ruidosos.
Este fin de semana me la salvó un desconocido.
El 28 de febrero, Connor Storrie condujo Saturday Night Live. No es el tipo de programa que suelo mirar. El humor yankee no lo suelo entender, los sketchs son difíciles de mirar. Da todas formas, esto no importa.
Al terminar el show, la cámara lo encontró en el centro del estudio. Se llevó una mano a la cara. Lloraba. El público aplaudía. Él respiraba hondo, como si necesitara comprobar que el piso estaba ahí. Él hasta no hace mucho servía mesas en un restaurante.
De niño había abierto un canal de YouTube, ActorBoy222. En el primer video, mira a cámara y dice que quiere ser un actor famoso cuando crezca. Lo dice con una convicción letal.
Después pasó lo que ya sabemos todos. Las ínfulas prometidas: un papel menor en Joker: Folie à Deux, más turnos como mozo, clases de ruso, audiciones, y un protagónico en una serie canadiense que lo catapultó a la fama mundial.
A mí me sostienen esas escenas mínimas de bondad y alegría en el mundo: una pareja de ancianos que caminan de la mano, alguien que abraza con los ojos cerrados, una sonrisa inesperada en la vereda, un niño rubio con los ojos vidriosos, de veinticinco años, bajo las luces de un estudio millonario, recordando aquella frase dicha frente a su cámara doméstica.


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