Estado contemplativo  

Para Andrea, por el incalculable apoyo.


Ana le había dicho que solo serían dos o tres semanas, quince o veinte días. Julieta no podía recordar el tiempo exacto que estarían separadas. Tampoco quería preguntárselo: no quería parecer preocupada, aunque lo estaba; no quería parecer asustada, aunque lo estaba; y mucho menos quería parecer ansiosa por quedarse sola en casa. La ansiedad estaba allí, un poco agazapada gracias a las propiedades cannábicas que la acompañan. Decidió cocinar para olvidarse del asunto, del nudo en la garganta y de los ojos llorosos. Sumando a sus hormonas la situación se convierte en un cúmulo de cosas que pueden llegar a ser difíciles de manejar. No es nada más que eso.

Julieta está amigada con la idea de la soledad, quizás no tanto con su ruido interno: ese que se escucha cuando estás completamente sola, mirando al techo mientras estás acostada. Esa voz en off que parece narrarnos nuestra propia vida suele desaparecer en la cocina, en el simple acto de cortar ajo y derretir manteca en una sartén caliente. Pero no ese día en particular. Ese día la ansiedad no dejaría a Julieta en paz ni aunque preparara un banquete entero. Esa tarde, la salsa de tomate que preparaba para unos espaguetis se derramó por el piso de la cocina. Burbujeante, se desbordaba de la olla. El caos reinaba en la cocina de Julieta por primera vez en mucho tiempo. El cuchillo para picar el ajo y los pimientos se sentía pesado, y sus cortes imprecisos formaban parte de todo ese desorden. Sin embargo, como suele hacerlo (muy a pesar de querer sumergir la cabeza en la olla de agua caliente), Julieta sirvió la comida a tiempo. Comió poco y en silencio. Fue más un acto de presencia: un almuerzo de despedida para Ana, su novia.

Ana, con su paciencia casi inagotable ante la vida, viaja por trabajo: reuniones, conferencias, tecnología. Su mundo parece estar siempre en movimiento. Es una persona amable y estructurada. Es generosa y en ocasiones torpe. Conoció a Julieta en el mismo círculo social de amigos, su vínculo fue de menos a más. Tratando de acercarse una a la otra, hasta que un buen día coincidieron en tiempo y espacio. Tienen un montón de cosas en común, así como también demasiadas diferencias. Antes que novias, son amigas y bajo esa premisa comparten un departamento y tres gatos.

Luego de despedirse de Ana en el ascensor, la ansiedad regresó de golpe. Al encontrarse completamente sola, las lágrimas no tardaron en inundar los ojos de Julieta. Las náuseas en su estómago crecieron, así que decidió sentarse en el piso de la sala y simplemente respirar. Quizás fumar, pero primero respirar. Recostada al pie de un sillón, sintiendo el piso frío bajo sus muslos, pensó en cualquier cosa para olvidar la sensación de tener que correr al baño a vomitar. Entonces Julieta pensó en una escena de una película que había visto el día anterior. En esa escena había una línea, que decía algo así:

“Alguien dijo que rezar no es realmente hablar con Dios. Es reconocer nuestra propia desesperación. Tirarse al suelo porque eso es todo lo que puedes hacer”.

Julieta no es precisamente una persona creyente, pero no podía estar más de acuerdo con esas palabras. Y justo en el estado en el que se encuentra, “rezar” parecía una buena opción para alguien que no sabe qué hacer. Aunque sea un acto desesperado, justo así se sentía ella. Allí está la prueba de que el arte imita a la vida. El pasar de los días es difícil para Julieta. Encuentra refugio en películas y series viejas y repetidas. El trabajo la mantiene funcional. En las mañanas da clases de francés. Ese idioma lo aprendió de su tío. No tiene muchos alumnos, pero le alcanza para cierta independencia.

El tío de Julieta vivió gran parte de su vida en París. Profesor de literatura, un hombre sensible, propenso a la bebida. Regresó a su país cuando le ofrecieron ser rector de una prestigiosa universidad nacional, una propuesta soñada para él. Así que regresó. Y por años la pequeña Julieta pasó las tardes con él entre libros y aprendiendo francés. Un día el tío decidió visitar a su madre, en su pueblo natal, el valle de Borquí. En medio del viaje, un par de bares sirvieron de parada obligada. Saliendo de una de las autopistas, el auto del profesor de literatura chocó de lleno contra un camión de carga.

Murió en el lugar.

Su madre (la abuela de Julieta) clausuró la habitación donde él había crecido y le prohibió a Julieta siquiera acercarse a la puerta. La muerte del tío sucedió un cuatro de noviembre. El día del cumpleaños de Julieta. Muchos pensarían que eso resulta en una poesía trágica. Pero, para Julieta era otra cosa: algo que su cerebro de catorce años no podía descifrar. Ahora, más de una década después, volvía a pensar en eso. En la sombra que se mecía sobre la puerta de la habitación del tío. Luego de su muerte, el padre de Julieta pensó que sería buena idea que ella visitara a su anciana madre algunas tardes después del colegio. Así que Julieta iba de cuatro a seis a leerle libros que le gustaban a la abuela.

No era una señora particularmente simpática con ella (ni con nadie), excepto con el tío. Y ahora que él ya no estaba, parecía que a la abuela no le quedaba ninguna otra alegría en la vida. De vez en cuando le dirigía una que otra mirada a Julieta. Cuando se quedaba dormida, Julieta aprovechaba para explorar la casa: ver las fotos del tío repartidas por toda la sala de estar, subir las escaleras hasta el segundo piso, donde la puerta cerrada de su habitación parecía proyectar su sombra sobre toda la casa. Julieta nunca entró a esa habitación. Y hasta esa noche no había pensado en esos eventos de su infancia. Quizás el hecho de estar en el piso, viendo el techo, fumando un poco y rememorando cosas activó esos recuerdos. O quizás era el silencio que reinaba en el departamento desde que Ana se había marchado. Los únicos sonidos que aún persistían, en tiempo y horario, eran los que hacían los gatos mientras existían. Julieta se concentró en mirarlos. Felinos pequeños y majestuosos. Sus patitas redondas y peludas se acercaban y se posaban a unos cuantos centímetros de distancia de ella, lo suficiente para que el gato conservara su espacio personal. Entonces posaba su mirada brillante en Julieta. Ella se limpió las lágrimas de los ojos y se dijo a sí misma que estaba siendo infantil, que simplemente debía seguir con su vida normal. Si tantas personas en el mundo, con problemas mil veces más complicados que los de ella, pueden ser funcionales y sostener familias y negocios enteros, ella podía sobrevivir unas cuantas semanas sin su novia. La rutina sería su guía. Sus amigos, su faro. Todo saldría bien porque todo está bajo control.


Los días transcurren silenciosos y alargados. Salir del departamento implica un enorme esfuerzo para Julieta. Olvida comprar cosas básicas, lo que resulta en algo bueno porque la obliga a salir al supermercado. Se siente como un vampiro harapiento caminando entre seres humanos funcionales y de pómulos vivos.

El primer domingo sin Ana fue quizás la última vez que Julieta escuchó a los vecinos de planta baja. Pero no fue hasta el segundo domingo que notó el silencio a su alrededor. Se quedó parada en medio del balcón de su primer piso. Las luces del patio de los vecinos continúan encendidas, lo cual es inusual en ellos. Las plantas que bordean el patio se mecen con el viento; sus ramas y hojas chocan unas con otras y contra la pared que las rodea. Pero no hay ningún otro sonido. Julieta no recordaba haber escuchado nada en todo el día. Quizás en toda la semana. También se mantiene lejos de las redes sociales. Entre la guerra, la inteligencia artificial y los trastornos de identidad, la existencia en internet le resulta abrumadora. Por suerte, la comunicación con Ana es buena y puntual. No necesita demasiado el celular. La distrae del ahora y la hace ver cosas de reojo, le atribuye esas sombras que pasan por el rabillo del ojo al uso del celular. Su apuesta más lógica dado su contexto.

El segundo lunes de Julieta sin Ana fue compensado por la presencia de sus amigos. La buena música y los tragos hicieron de la noche un salvavidas para Julieta. En medio de la conversación y la música, Felipe (el amigo de Julieta) sacó un mazo de cartas de tarot. Le pidió una vela a Julieta y, en el piso, extendió una manta negra con un pentagrama blanco pintado. Felipe encendió la vela y acomodó las cartas. Las repartió en tres mazos y le pidió a Virginia (la otra amiga de Julieta) que eligiera uno.

Cuando fue el turno de Julieta, eligió el mazo de la derecha. Las cartas que Felipe arrojó sobre la alfombra eran mostraban colores brillantes y figuras puntiagudas. Las estacas y las espadas aparecían en primer plano. Según Felipe, era señal de amor y buena fortuna. Para los astros, Julieta finalmente estaba tomando buenas decisiones.

Para cuando amaneció el martes, había dormido -con suerte- unas tres horas. A pesar de haber pasado un gran día con sus amigos, para la noche las pesadillas habían invadido el sueño de Julieta. Accidentes de todo tipo. Infortunios de esos que te suceden en medio de un día común y corriente. Al despertar de esas pesadillas, agitada, revisaba el celular buscando noticias o titulares. Luego de comprobar que solo había sido un sueño, respiraba finalmente. Entonces su mirada se quedaba fija en las rendijas de la persiana de la ventana, por donde se colaban pequeños haces de luz. Las esquinas del techo proyectaban pequeñas sombras que parecían enmarcar esos rayos. Julieta pensó que si comenzaba a contar los puntos de luz podría volver a dormirse. Pero entonces el sonido de un goteo llamó su atención.

El silencio que había estado con ella durante todos esos días finalmente se veía interrumpido por el probable goteo de un grifo mal cerrado. O el goteo de un aire acondicionado. Julieta miró el reloj sobre la mesita de luz de Ana.

3:18 a.m.

Las noches de verano son largas. Aunque Julieta suele aprovecharlas para leer y ver películas viejas, esa noche las pesadillas y el misterioso goteo habían interrumpido su calma habitual. Así que, en medio de la oscuridad, Julieta encendió la linterna del celular, se levantó de la cama y caminó por un pequeño pasillo en dirección a la cocina. Encontró el interruptor de la luz. Al encenderlo, la barra de la cocina se iluminó y una sombra se proyectó sobre el vidrio. Julieta la vio de reojo. Quizás ha de ser una alucinación por la falta de sueño. Las pesadillas. La resaca del vino. Al regresar a la cama, apagó la linterna del celular y miró el reloj de la mesita de luz. 3:52 a.m. Sintió un alivio al ver que el tiempo avanzaba. No se estaba volviendo loca. Solo estaba cansada.


Para el miércoles de la segunda semana sin Ana, Julieta tuvo que reencontrarse con el mundo real, y para variar, este no suele ser muy amable. Su moto había sido vandalizada. Alguien, bastante enojado y con algún objeto punzante, había rasgado el asiento; marcas hechas con una violencia palpable. Recordó el goteo y las sombras de la madrugada, pero esto sucedía a plena luz del día. Allí estaba la tela rasgada. De repente, la tranquila calle de su barrio se convirtió en una zona hostil y densa. Se sentía observada, como si cada cosa estuviera conectada una con la otra, acechándola. Julieta subió con su rabia intacta al departamento. Se podría decir que lloró y maldijo a quien lo hizo. Entonces comenzó a cuestionarse la intención detrás del acto: ¿fue acaso algo premeditado o simplemente al azar? Un evento fortuito, como los que parecen ser cada vez más frecuentes en calles visitadas por malandrines y adictos. Otra vez pensó: habrá personas pasándola peor que ella. “De los males, el menor”, solía repetir la voz de su madre en su cabeza. Pero entonces un sonido volvió a interrumpir el ruido de sus pensamientos. Un goteo.

El mismo goteo de la madrugada. En un gesto casi instintivo, Julieta miró el reloj de su celular y comprobó que la hora era la misma y al mismo tiempo no: 15:18. marcaba el reloj. Definitivamente estaba a un paso de un brote psicótico. Felipe le había recomendado un psiquiatra. Julieta comenzó a considerarlo en serio. Para el jueves al mediodía, y luego de cuatro lecciones seguidas, Julieta decidió tomarse un respiro de la computadora. Se levantó y buscó un vaso con agua. Mientras vertía el agua en el vaso, logró distinguir de reojo el paso de una silueta entre la pared de la cocina y el pasillo. Entonces soltó el vaso y lo apoyó sobre el mesón de la cocina. La luz del sol entraba en el departamento, y los muebles, los libros y los rincones proyectaban sombras danzantes ante los ojos llorosos de Julieta. Ella tan solo podía mirar, casi sin respirar y con los ojos muy abiertos, el movimiento de esas sombras bajo la luz del sol. Serían las mismas las que se deslizan silenciosas en las esquinas, por el rabillo del ojo se escapan a toda velocidad. A veces vienen acompañadas de ruidos, de gritos, de cosas que dijimos o nos dijeron. Por primera vez, Julieta las veía a la par con la luz. La ansiedad disminuyó.


El viernes, a la hora habitual, el goteo regresó. Julieta abandonó la cama y, con la linterna del celular, caminó sin encender ninguna otra luz. El goteo parecía provenir de afuera. Se acercó al balcón y contempló el patio de los vecinos: iluminado por lámparas amarillas, repleto de hojas y tierra seca. Una pileta de plástico estaba justo en el medio, cubierta por una lona encharcada por el agua de lluvia, el polvo y las hojas secas. Es posible que esa pileta tuviera una gotera, pero una que solo se escuchara a esa hora en especial resultaba difícil de creer. El ritmo del goteo comenzaba a disminuir y desaparecía por completo al amanecer. Sin embargo, a las 15:18 de la tarde comenzaba de nuevo y se detenía al anochecer.

Julieta no sabía si en realidad estaba viviendo un delirio o si simplemente estaba perdiendo la cabeza. El ejercicio solía ayudarla a dormir el resto de las noches. En la bicicleta las sombras parecen no poder alcanzarla. Ya casi no se percataba del goteo constante, ni de las sombras que parecían seguirla por cada rincón de la casa. Los gatos parecían tranquilos, pero para el tercer domingo de Julieta sin Ana comenzaron a comportarse de forma inusual. Una vez iniciado el sonido del goteo, Julieta caminó en dirección al balcón y encontró a su gatita tabby, Greta, mirando fijamente al fondo, hacia la pared del patio de los vecinos. Las luces amarillentas continuaban encendidas. Las hojas secas se paseaban por todo el patio, arrastradas por el viento. Las pupilas de Greta parecían contraerse mientras permanecía inmóvil, sin parpadear.

Julieta le preguntó qué era lo que veía. No esperaba una respuesta, pero necesitaba exteriorizarlo. Entonces se sentó en el piso del balcón junto a la gata y dirigió su mirada al mismo punto de la pared. Conforme escuchaba el goteo caer, Julieta observó las sombras que se movían sobre la pared del patio de los vecinos. Parecían dos siluetas humanas que se encontraban en los rincones donde no alcanzaba la luz. Julieta podía ver con gran detalle las grietas de la pared; la luz amarilla parecía atravesarlas. Por alguna razón, la ansiedad de Julieta había desaparecido en ese preciso momento. No sabía si estaba experimentando una alucinación, un sueño o lo que fuera, pero se encontraba en un estado contemplativo en el que no necesitaba preguntas ni respuestas. Las sombras danzaban ante sus ojos en medio de la oscuridad, rodeadas por la luz amarilla del patio. Julieta vio fijamente cuando las sombras dejaron de danzar; y comenzaron a escalar la pared como arañas. Con movimientos lentos y torcidos, ahora parecían devolverle la mirada. La cola de Greta se esponjó y un bufido muy agudo salió de su boca. Vincent, el gato tuxedo, también apareció en pose amenazante. Julieta no se había percatado de la reacción de los gatos. Sus ojos continuaban fijos en la sombra que parecía haberse quedado petrificada en la pared. Había dejado de moverse. Tan solo estaba allí, proyectada en la mirada contemplativa de quien finalmente se encuentra a sí misma en medio del ensordecedor murmullo de las voces de su cabeza.

El lunes 29 de marzo, aproximadamente veintitrés o veinticuatro días después, Ana regresó a casa. Julieta la esperó con su cena favorita y algunas flores. Escuchó atenta cada detalle de lo que había hecho durante su viaje: los proyectos en los que trabajó y el futuro cercano de todos esos planes. Para Julieta, volver a escuchar a Ana y su vida llena de proyectos estructurados le traía cierto alivio. Esa noche se quedarían hasta pasada la medianoche hablando de todo el tiempo que estuvieron separadas. Más tarde, cuando Ana finalmente se quedó dormida, Julieta se levantó con cuidado de no despertarla. Caminó hasta el balcón con un vaso de agua en la mano. El patio de los vecinos seguía iluminado con esa misma luz amarilla. Las hojas secas se arrastraban por el suelo empujadas por el viento nocturno. Greta apareció detrás de ella y se sentó a su lado. Julieta miró la pared del fondo durante unos segundos. Las sombras seguían allí. Ya no parecían moverse. Julieta no sintió miedo esta vez. Solo se quedó mirándolas, en silencio. Volvió a la cama, abrazó a Ana y no volvió a mirar la hora en el reloj ni a escuchar el goteo de las tres. Finalmente podía contemplar a la luz volverse oscuridad.

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