Ángeles de la guarda. 

Crecemos en una sociedad en la que desde un inicio nos inculcan alguna religión dependiendo de nuestra cultura, sea cristianismo, catolicismo, islam, budismo, etc. En mi caso, no soy creyente de ninguna religión, me considero agnóstico a cualquiera de estas prácticas desde lo espiritual o emocional. Sin embargo, desde hace un par de años creo fielmente en la existencia de los ángeles de la guarda, porque no era consciente que tenía encima de mis hombros a Jabamiah y Yerathel, cuidándome las espaldas de este vil mundo y de sus personas llenas de oscuridad.

Esta historia, donde Judas reencarnó en una forma relacional y amorosa para volver a cumplir su rol de romper un lazo traicionando la confianza de aquel que sólo quiso ser amado ingenuamente por primera vez.

Tres días para la caída del ángel

I. Viernes, 14 de junio.

Todo empezó un viernes común y corriente, donde el plan era pasarlo bien en un evento llevado a cabo en mi antiguo colegio, ciertamente pasé una gran tarde junto a muchos amigos que tenía meses sin ver, todos se habían mudado a otras ciudades por el inicio de sus nuevos estudios universitarios, pero yo me había quedado.

La presencia de Judas en este punto de mi vida era muy importante, aunque cabe destacar que como digo actualmente que es “Judas”, en otro momento previo a la caída, no estaba nada cerca de este concepto.

Era una luz radiante en mi vida, un silencio que aplacaba el ruido y una voz que tranquilizaba la ansiedad. Sin embargo, las semejanzas con el nombre que le di no son casuales; porque anticipan todo lo que estaba a punto de suceder.

Cayó la noche de aquel día donde todo parecía estar en un estado de paz solemne, lo que no me esperaba es que esta paz sólo sería el ruido previo para que todo empezara a derrumbarse en mi vida. Judas decidió salir de fiesta por celebración a un examen exitoso de su carrera universitaria. Todo iba perfecto, hasta que la ansiedad alimentada por mi inseguridad y un mal presentimiento empezaron a carcomerme la mente, pude calmarme con todas mis formas y logré dormir esa pesada madrugada.

Cambiando la perspectiva, saliendo de mi visión y yéndonos a la de Jabamiah, el primer ángel de la guarda que se haría presente en esta secuencia de tres días; por coincidencias divinas o por causalidades de la vida, ella se encontraba en el mismo sitio que Judas, la misma noche, a la misma hora, viendo cómo empezaba a transcurrir los eventos que causarían un efecto dominó.

Si bien es cierto que a día de hoy se me ha instaurado que Judas no cometió ninguna deslealtad cárnica esa noche, si las cometió a nivel emocional, lo cual fue una daga al corazón con malevolencia pura. Este hundimiento del arma blanca a mi pecho fue presenciado por Jabamiah, sólo le bastó con ver a Judas y su compañía inesperada sentados a solas en una mesa a las afueras de ese lugar para sacar sus propias conclusiones, que acabaron siendo ciertas. Porque si tuviera que adjudicarle un superpoder, sería la clarividencia de sus ojos ante situaciones de riesgo emocional.

Eran las cuatro de la mañana y ambas, por sólo una ínfima diferencia de cinco minutos, me enviaron un respectivo mensaje cada una. Judas dando señal de vida posterior a su llegada a casa y Jabamiah dándome una advertencia de herida por lo visto en ese sitio.

Finalizó la madrugada, el telón del día se cerró con el amanecer del sol y habiendo ocurrido la deslealtad más grande como la piedra angular de esta historia. Aún me mantenía cegado, ingenuamente creía que sólo era obra de mis sobre pensamientos e inseguridades, pero mi intuición no se equivocó, sólo que todavía no estaba preparado para aceptar la realidad frente a mis ojos. No obstante, Jabamiah me ayudó a poner los cimientos para salir de ese trance y ver el panorama completo, por lo cual, ya con dificultad, pude superar este primer día de la caída cocinada a fuego lento, pero cada día se volvió más complicado, especialmente por cómo sería el siguiente a continuación.

II. Sábado, 15 de junio.

La mañana siguiente no parecía tener un ambiente extraño, creía que aquellos pensamientos nocturnos sólo fueron intrusos del miedo en mi cuerpo. Y fue así durante gran parte del día, estuve con mi madre en unas diligencias, comprando el regalo para mi padre y demás cosas para la familia.

Hablando desde la distancia, simplemente era un día más, pero notaba algo raro en ella, cierta lejanía en detalles diminutos en su manera de hablar, nada obvio ni delatador, pero son esas pequeñas cosas que, una vez introducidas en tu cabeza, ya no las puedes sacar de ahí.

A la par de que avanzaba la mañana y yo acompañaba a mi madre, estaba planificando mi viaje hacia el lugar donde se encontraba Judas, debido a que se aproximaba su cumpleaños. Pese a que no estaba en mi mejor momento financiero, encontré la manera de conseguir el dinero mediante mi madre, que se ofreció a ayudarme sin ningún problema.

Aquí es donde entran los leves detalles que se acumulan y no salen de tu cabeza; mientras le explicaba mi plan para estar con ella, sonaba reacia a la elaboración del mismo, negada, confusa y sin claridad a la hora de decirme cómo sería el desarrollo de este fin.

Supongo que por culpa, indecisión o emociones contrarias a “la línea que debía seguir” su comportamiento era de esa forma. Al final, este plan no llegó a concretarse del todo, quedó como un tema de conversación para después, lo cual ayudó a incrementar cada vez más mis sospechas y a maquinar mi capacidad fatalista de los eventos.

Al caer la tarde, ella se seguía notando cabizbaja y distante a la hora de hablar conmigo, hasta el punto culmen en donde disfrazó su huida de la situación con irse a estudiar para un nuevo examen. No le tomé tanta importancia, respeté su espacio y en el transcurso de las siguientes seis horas, yo estuve jugando fútbol evitando que mis pensamientos me abrumaran sobre el tema.

Siendo las once de la noche, me empecé a preocupar por su paradero, ya que no había recibido ningún mensaje de ella. Fuera de mis sospechas ansiosas, era la incertidumbre de no saber dónde estaba ni qué estaba haciendo, pregunté a amigos en común, pero tampoco sabían dónde estaba. A raíz de este momento, todo mi mundo empezó a desplomarse más rápido de lo que en algún momento pensé.

Sentía demasiada ansiedad y angustia, incluso miedo, mis presentimientos de fatalismo estaban desbordándose por completo y no daba abasto para manejarlos por mí mismo. Debido a que no podía manejar mis emociones por los rumores que me llegaban, decidí hablar con Yerathel para sentir el refugio de una voz amiga.

Me senté a hablarle para expulsar todos los demonios que corrompían mi alma en ese momento, ella me acompañaba mientras el paso de las horas se convertía en el antónimo de lo efímero y en un peso similar al del mundo derrumbándose por encima de los hombros. Sin embargo, en un punto culmen de nuestra charla e incertidumbre conjunta, Judas decidió aparecer.

Si mencionase que regresó como si nada, estaría mintiéndoles, aunque estoy convencido de que hubiese preferido esa actitud en ese preciso instante. Su aparición sólo incrementó el enorme odio angustiado que exhalaba de los poros de mi cuerpo. A medida que sus explicaciones avanzaban, reforzaba los rumores escuchados y mis suposiciones construidas con Yerathel.

Mi segundo ángel sabía que tenía que acompañarme por un paso extenso por el infierno gracias a esta situación, ella me escuchaba delirando rabia y despotricando enojo, pero la realidad era que por detrás de eso sólo estaba el dolor más grande residiendo en mi corazón.

Fue tal la osadía de su aparición falsa y confusa que sólo le bastó poco menos de una hora para volver a desaparecer y tardar tres horas en regresar y afrontar el incendio que había generado. Aunque mencionó ciertas verdades en su defensa de nuestra situación, el veredicto de su verdad se quedó incompleto al convertirse una falacia constante escondiendo el motivo real del ocaso de esta estrella destinada a apagarse desde el principio.

No obstante, nada en este capítulo de la historia es positivo, porque su cura tras regresar fue tan a medias que sencillamente fue una omisión para el día siguiente, que acabaría siendo el anuncio de los ángeles negros preguntando por ella y llevándome a mí como el sacrificio de un amor ingenuo no consensuado.

III. Domingo, 16 de junio.

Día del padre, una mañana donde no desperté temprano gracias al trasnocho en la madrugada anterior. Había una vibra pesada en mi alma, quería pasar desapercibido entre los demás para que nadie se diera cuenta de que sólo estaba pasando una odisea en mi mente. Aún así, todo este martirio de situación no había llegado a su fin, porque queriendo arrancarme la piel para que dejara de doler tanto, faltaba una última estocada para así abrir todas las heridas antes de partir.

Doce del mediodía, en el final de esta historia entre Judas y yo, posterior al descanso ínfimo del sueño conciliado con dificultad, llevamos a cabo una nueva conversación sobre el tema.

La ira y el odio habían disipado a comparación de la noche anterior, en ese momento sólo había apatía, cansancio y rendición ante el panorama. Estaba derrotado y no podía hacer nada al respecto, en un contexto donde todo lo que sospechaba no tenía una fuente verídica para centrarme en ella y no en la realidad de nuestra relación que debía afrontar, lo único que me quedaba para hacer era aceptar el final de lo que llevaba rato llevando solo.

Quería que siguiera, pero había una predisposición muy clara en su postura y no había remedio para ello, el daño de su traición estaba hecho y su elección estaba tomada. Hubo muchas palabras de cartón que se humedecieron rápidamente con la lluvia de mis lágrimas al pasar los segundos, minutos, horas y días.

Jabamiah y Yerathel no estuvieron presentes en ese instante, decidí luchar mi batalla en soledad, pero realmente no podía solo. Era imposible condensar la avalancha de sentimientos que poseía en mi saco, necesitaba el oído sabio de ambas para sentir un poco de refugio y calor entre tanta solemne frialdad.

El poder de un acto bondadoso de tus ángeles de la guarda son la acción en la que reside nuestra resiliencia a los golpes fuertes que nos suele dar la vida, como recordatorio de que, nada es fácil ni para siempre, pero que no necesariamente tenemos que afrontar la batalla sin jinetes al lado que nos respalden a la hora de soltar el primer espadazo.

Eso es lo que fueron mis ángeles de la guarda en este momento de mi vida, donde todo ardió, ellas fueron las que me ayudaron a apaciguar un incendio gigante sólo para cuidarme y velar por mi seguridad emocional. Se convierten en ese rescate cuando el destino se pone austero, siendo una protección eterna. En aquella comprensión bendita con un par de dilemas y en una humanidad maldita que te genera una angustia bella.

Porque al final del día, siempre tenemos que recordar esa mano amiga que nos sirvió de abrigo, alejándonos del frío al que nos invitó la pena. Con la serenidad del “todo pasa” y bajo la luz veraniega de una luna sepulcral, te encontrarás con aquellos que ya al verlos son tu casa y te harán olvidar el miedo a la pesada soledad.


Aunque en esta historia me centré especialmente en mis dos mejores amigas, usando términos bíblicos para referirme a ellas, esto fue una etapa de mi vida en donde muchas personas me ayudaron a estar mejor. A todos esos, que sé que leyeron esta versión escrita en el artículo, les agradezco un mundo por poder considerarlos como mi casa al verlos. Gracias por leer y estar.

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