MAS QUE UNA DEVORA HOMBRES. Jennifer Check es la verdadera víctima de su propia historia. 

Seamos honestos de entrada: cuando pensamos en: “Diabólica Tentación” o (Jennifer's Body)(2009), a casi todos nos viene a la mente esa imagen icónica de Megan Fox quemándose la lengua con un encendedor o dejando un rastro de cuerpos por todo el gimnasio.

Es facilísimo quedarse ahí, en la superficie de un "slasher" que, en su momento, Hollywood vendió fatal. Lo promocionaron como una fantasía para adolescentes babeantes, pero si hoy te sientas a verla con la cabeza fría, lo que encuentras es una tragedia que te deja un mal cuerpo increíble. A Jennifer nos la pintaron como la villana, pero la realidad es que ella no pidió estar en ese lugar.
Para entender a Jennifer Check, hay que dejar de verla como la típica "reina del instituto" y empezar a verla como alguien que fue literalmente devorada por el sistema antes de que ella empezara a devorar a nadie. Vamos a refrescar la memoria porque este detalle es vital: Jennifer no se levantó un día con ganas de cenarse a sus compañeros. Su transformación fue el resultado de un ritual asqueroso perpetrado por una banda de indie rock de medio pelo llamada Low Shoulder. Estos tipos, con tal de pegar un pelotazo en las listas de éxitos y salir de la miseria, decidieron que el cuerpo de una chica era un precio razonable a pagar. Es una metáfora brutal, sí, pero dolorosamente real sobre cómo se consume la juventud y la autonomía de las mujeres.
Lo que más me jode de la película, y lo que hace que mi perspectiva cambie cada vez que la vuelvo a ver, es cómo el entorno ignora totalmente el trauma físico y psicológico que sufre Jennifer.

Es sacrificada en el bosque por hombres que no la ven como una persona, sino como una herramienta o un amuleto. Cuando ella vuelve de entre los muertos convertida en un súcubo, su hambre no es maldad gratuita; es una manifestación física de un vacío que le arrancaron a la fuerza. Cada ataque es un intento desesperado por recuperar esa energía y esa vitalidad que le robaron en una furgoneta mugrienta.
Pero ojo, que aquí entra el factor que hace que esta peli sea de culto: su relación con "Needy" (Amanda Seyfried). Ese vínculo es el corazón de todo, una amistad que roza lo obsesivo y lo tóxico. Mientras todos los tíos del pueblo están ocupados babeando por Jennifer o teniéndole pánico, Needy es la única que realmente nota cómo su amiga se está rompiendo en mil pedazos por dentro. Sin embargo, ni siquiera ese lazo es suficiente para salvarla. Jennifer atraviesa un duelo silencioso por su propia humanidad perdida, y en lugar de recibir ayuda, se encuentra en un mundo que solo sabe juzgarla por si está "buena" o por lo peligrosa que se ha vuelto. Es una soledad que traspasa la pantalla.
No estoy diciendo que esté bien que se cargue a medio instituto, ni mucho menos. No busco justificar sus crímenes bajo una capa de victimismo barato, que nos conocemos. Lo que digo es que su "monstruosidad" es el reflejo directo de una sociedad y una industria que la destrozaron primero. Ella no es la depredadora original de esta historia; es el resultado de una herida que nadie se molestó en cerrar y que terminó infectando a todo el pueblo de Devil's Kettle. Jennifer es ese personaje incomprendido porque la narrativa oficial nos obliga a odiarla, cuando en realidad es la víctima más grande de la cinta.
Al final del día, te das cuenta de que los verdaderos villanos no tienen colmillos, ni piel pálida, ni flotan sobre los árboles. Los verdaderos monstruos de esta historia llevan guitarras, visten corbatas y están dispuestos a sacrificar la vida de una adolescente con tal de sonar en la radio. Reivindicar a Jennifer Check no es aplaudir el terror, es reconocer que, a veces, los monstruos los fabricamos nosotros mismos con nuestra indiferencia. Si hoy vemos esta película con ojos nuevos, es porque ya no nos tragamos el cuento de la "chica mala" sin preguntarnos primero quién fue el que le sostuvo el cuchillo en aquel sacrificio inicial. Es hora de darle a Jennifer el lugar que le corresponde: el de una tragedia que el cine tardó una década en entender.

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