Logística del Horror 

Mira, arrima esa silla y sírvete un poco más de café, que el calor de Barinas hoy está pegando de una forma que parece que el asfalto se va a liquidar bajo los pies. Tú sabes que mi formación es de ingeniero civil; yo pasé años estudiando la resistencia de los materiales, el cálculo de las fundaciones y cómo evitar que una estructura colapse bajo su propio peso. Pero la vida, o quizás la mala fortuna de este estado, me trajo a la coordinación de logística aquí en el retén de menores. Mi mundo ahora son los inventarios: cuántos kilos de carne llegaron, si el gas de la cocina va a alcanzar para los internos o si en la enfermería hay suficientes gasas. Pero lo que viví aquel 12 de abril no tiene nada que ver con cálculos de carga, sino con la mecánica del mal más puro y técnico que he visto en mi vida.

Estaba yo en la enfermería, justamente revisando con el doctor el stock de insumos médicos, cuando trajeron al muchacho del caso de Corralito. Quince años, hermano. Quince años y caminaba con una soltura que te juro que me hizo dudar de mis propios sentidos. El doctor empezó a revisarlo por protocolo, buscándole marcas de forcejeo o alguna herida que justificara la carnicería que acababan de reportar en la parroquia Ramón Ignacio Méndez, y yo me quedé ahí, apoyado en el marco de la puerta, viendo cómo el muchacho se sentaba en la camilla con una paz que no es de este mundo. El silencio en esa sala era denso, solo interrumpido por el zumbido de ese ventilador viejo que tenemos ahí que no enfría nada, solo mueve el aire caliente de un lado a otro. El doctor le preguntó de quién era la sangre que todavía tenía rastros secos en el borde de las uñas, y el muchacho, mirándonos a los dos como quien explica cómo se nivela un terreno para un vaciado de concreto, empezó a soltar la lengua.

—Mire, jefe —me dijo, porque así me llaman todos aquí por mi cargo de logística—, yo ya sabía que el papá de Ángela iba a salir ese día. Lo estuve viendo desde temprano, me quedé en la esquina de la cuadra en Corralito viendo cómo sacaba la moto y se perdía por la avenida principal. Yo sabía que ella se quedaba sola. La verdad es que yo quería estar con ella, usted sabe cómo es uno, pero ella siempre me decía que no, que yo estaba loco, que ella no quería nada conmigo. Eso para mí no tenía lógica, ¿sabe? Si yo decido algo, las cosas tienen que encajar. Así que ese día, cuando vi que la moto no volvía, me metí por la parte de atrás. No tuve que forzar nada, esa casa tiene fallas en los cierres, una estructura que no sirve para proteger a nadie. Llevaba conmigo el cuchillo de la cocina de mi casa, el de mango de madera que está bien afilado porque mi mamá lo usa para todo. Cuando entré, ella estaba en la sala. Se asustó mucho, empezó a decirme que me fuera, que su papá ya venía, pero yo sabía que era mentira. El tiempo estaba a mi favor, los cálculos no fallan. La agarré fuerte por los brazos, la empujé hacia la parte de atrás, pero la niña era terca, ¿sabe? Me pegaba, me arañaba y empezó a gritar el nombre del papá con una fuerza que yo no pensé que tenía. Ese ruido me dio una rabia que no le sé explicar, me ponía nervioso porque sentía que los vecinos me iban a escuchar, que el plan se me iba a venir abajo por un escándalo. Así que saqué el cuchillo para que se quedara quieta. Le di el primer tajo en el cuello, no fue muy hondo, pero la sangre saltó de una vez y me manchó la cara. Ella, en vez de desmayarse o asustarse más, se me lanzó encima con una fuerza de animalito herido. Me empapó toda la camisa de sangre, sentía el calor de ella contra mi pecho, el olor del hierro de la sangre inundándolo todo, y ahí fue cuando decidí que tenía que terminarlo porque ya el desastre estaba hecho.

El doctor se quedó petrificado, con el estetoscopio colgando, y yo sentía que el café se me revolví en el estómago. El muchacho no respiraba agitado, no buscaba perdón. Seguía narrando como si estuviera leyendo un manual de demolición. Había una desconexión total entre el acto y el sentimiento; para él, Ángela no era una persona en ese momento, sino una variable que se había salido de control en su ecuación.

—La tiré al suelo de cemento —continuó el joven con la mirada fija en la pared blanca de la enfermería— y le hundí el cuchillo otra vez en la garganta, bien profundo, dándole vueltas para que dejara de gritar. Ahí fue cuando escuché ese sonido, como cuando se rompe una manguera de alta presión y empieza a silbar el aire. Me quedé mirándola un rato mientras se movía en el piso, los pies le daban golpesitos rítmicos al suelo, como si estuviera bailando acostada. Me fijé en cómo la sangre se iba por las grietas del piso, buscando el nivel más bajo, igualito que el agua en un terreno mal compactado. Yo pensé que si la dejaba así iba a durar mucho para morirse y alguien podía oír el silbido ese de la garganta. No era eficiente dejarla así. Así que me arrodillé encima de ella, le puse las rodillas en los brazos para que no se estorbara, la fijé bien al piso como cuando uno fija una pieza para trabajarla, y decidí quitarle la cabeza de una vez. Quería que el sistema se apagara por completo, jefe.

—Me costó bastante, jefe. El cuchillo se trancaba con los huesos del cuello, con las vértebras. Tuve que darle la vuelta al cuerpo, ponerla boca abajo para llegarle a la nuca y darle con ganas, haciendo palanca, como cuando uno está picando un animal en el monte pero con más fuerza porque los huesos de la gente son duros. Sentí cada crujido, como cuando rompes una piedra con el cincel. Cuando por fin sentí que el cuchillo pasó de largo y la cabeza se quedó en mi mano, sentí que por fin había silencio en la casa. La cabeza la puse ahí a un lado, me quedé viéndola un segundo, analizando cómo se ponía de pálida tan rápido. El cuerpo dejó de brincar al momento. El piso de la sala estaba hecho un desastre, un charco negro que se iba metiendo por las rendijas del cemento. La agarré por los tobillos y la arrastré hasta el cuarto del fondo para que nadie viera el bulto por la ventana si alguien pasaba por la calle.

Lo que más me impactó mientras lo escuchaba era su razonamiento sobre la limpieza. No era el miedo a que lo atraparan lo que lo movía, sino una necesidad casi obsesiva de orden, de corregir el "error" visual que había creado.

—Después busqué un balde con agua, una escoba y me puse a limpiar la sala con una calma que ni yo mismo entendía. No quería que quedara ni una mancha. El rojo es un color muy escandaloso en el cemento gris. Lavé el cuchillo en la batea con jabón azul de ese de lavar ropa, lo dejé secando en el escurridor de platos para que pareciera normal, un cubierto más en la casa. Después me fui al cuarto donde estaba el colchón de la otra cama. Con el mismo cuchillo le abrí un tajo a la espuma por un lado, un hueco hondo, y metí toda mi ropa llena de sangre ahí adentro. La empujé bien al fondo, pensando que el peso de quien se acostara ahí iba a ocultar el bulto y el olor. Me metí al baño, me bañé con calma, me restregué bien los oídos y las uñas para que no quedara ni una gota de ella. Quería volver a ser yo, el que no tiene manchas. Me puse ropa limpia y me senté en el mueble a ver una película que estaban pasando en la televisión. Estaba tranquilo, viendo mis explosiones, disfrutando del silencio que yo mismo había hecho. Cuando llegaron los del Cicpc preguntando, yo los atendí normal. Les dije que yo no había escuchado nada, que estuve todo el día viendo la tele y ellos me creyeron al principio porque me veían normal, sin un temblor en las manos, ni asustado ni nada. Es que si tú no sientes culpa, la gente no nota nada, jefe. La culpa es lo que hace que los materiales fallen, y yo estaba sólido.

Cuando el muchacho terminó de hablar, se hizo un silencio en la enfermería que te juro que pesaba más que un bloque de concreto de alta resistencia. El doctor ni siquiera terminó de anotarle los datos en la ficha; se quedó con la mirada perdida en el frasco de alcohol. Nos quedamos los dos ahí, procesando la logística del horror. El muchacho hablaba de la decapitación con la misma naturalidad con la que un topógrafo te explica un desnivel de terreno. No había remordimiento, solo una eficiencia aterradora para ocultar el desastre. Me describió cómo el "ruido" de la vida de la niña era el problema técnico y el asesinato fue la solución de ingeniería que él aplicó.

Esa mente no funcionaba como la tuya o la mía. Para él, el mundo es un conjunto de objetos que estorban o sirven. Ángela dejó de servir cuando gritó, y el resto fue solo un proceso de mantenimiento, de limpieza de obra. Salí de esa enfermería buscando aire, pero afuera el sol de Barinas seguía quemando igual, indiferente a la oscuridad que ese muchacho acababa de describir. Pensé en la niña, en Ángela, y en ese informe forense que llegó después diciendo que ya venía sufriendo abusos de antes. Es como una construcción mal hecha desde el principio, donde cada grieta se va sumando hasta que todo colapsa de la forma más atroz. Ese muchacho de quince años no era un niño, era un calculista del vacío que limpió su rastro y se sentó a ver una película mientras el cuerpo de una niña de once años yacía en el cuarto de al lado.

Hoy, cuando reviso los pedidos de comida o los materiales de reparación del retén, no puedo evitar mirar a los muchachos nuevos. Busco esa mirada vacía, esa falta de "fricción" emocional. Porque te digo algo, hermano: el concreto se puede reparar, una viga se puede reforzar, pero cuando la estructura del alma nace así de hueca, no hay nada en este mundo que la pueda sostener. Barinas tiene un calor que quema, pero el frío que me dejó esa conversación no se me quita ni que me pare en medio de la plaza Bolívar al mediodía.

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