¿Qué desazón?, ¿qué vacío?, ¿qué tristeza con pico de gallinazo es aquella que me está devorando el corazón? Todas mis vísceras están a merced de las aves de rapiña de una melancolía que se burla de mi soledad en la inmensidad de esta Unidad de Cuidados Intensivos. Los doctores son unos imbéciles de aquí a Urano, según sus diagnósticos irrefutables, amparados por métodos imagenológicos, análisis anatomopatológicos e inmunohistoquímicos, el cráter infectado de úlceras que tengo en mi tetilla izquierda es un cáncer de mama en estado avanzado. En la última y más letal de sus fases.
—¡Pero si soy hombre! —les escupí en la cara al oír el absurdo de tal diagnóstico.
—Lamentamos informarle, señor Dylan Rodríguez, que, aunque el cáncer de mama es poco frecuente en hombres, eso no significa que no haya un pequeño porcentaje de la población masculina capaz de desarrollar esta patología mamaria maligna.
¡Pobres hijos de esa diosa artificial a la que bautizaron con el nombre de ciencia! Les contaría la verdad, pero con toda seguridad que la quimioterapia y el cercenamiento de lo que me resta de tetilla, me lo harían, en dicho caso, luego de confinarme en un hospital psiquiátrico, porque su mente, encorsetada por la razón, no admitiría esto que me dispongo a confesar. ¿A confesarle a quién? A quien quiera que, después del hundimiento de mis átomos en un horno crematorio, se acerque a esta carta, que es como mi testamento.
El ácido que consume la carne de mi tetilla izquierda, que me está ardiendo con tanto furor como si alguien hubiera derramado sobre mi pecho una taza de café hirviendo, o como si unos dedos diabólicos estuvieran jugando a enterrar alrededor de mi areola agujas, muy hondo, atravesando con ellas mis terminaciones nerviosas, que chillan de espanto; la bola negra que se expande como una galaxia asesina, se agranda y absorbe las células sanas, el pus que sale a chorros, los riachuelos de sangre que corren en dirección a la boca de mi estómago, donde se arremolinan, para luego coagularse, la dureza espinosa del cascarón que se está engendrando, el olor a alcantarilla, a huevo podrido, a peo, que emana de ese orificio en mi pecho, no es fruto de un tumor cancerígeno.
Helena me cautivó desde la noche fatídica en que la falda larga de su vestido japonés rozó por casualidad mi bluyín, cuando se disponía a sentarse en la mesa que había a mi lado, en un café-bar cerca de la estación Santa Lucía. Su trenza casi me azota el rostro. Ella se percató de eso, por lo que clavó en mi sus ojos espectrales y me sonrió. La acompañaba un tipo de barba espesa y larga en la zona del mentón, muy parecido al rostro árabe que ilustra la portada del álgebra de baldor.

Al poco tiempo de tomar asiento y de pedir dos capuchinos mezclados con ron, el árabe dejó ver su lado oscuro: comenzó a reclamarle a la muchacha sus coqueteos con otros hombres, a exigirle pruebas de que no le era infiel. Y al ver que ella se mantenía imperturbable, negando con elocuencia los cargos de que la acusaban, al matemático le entró el demonio

y entonces de un puñetazo hizo que la taza de café espumoso volara por los aires. El árabe estuvo a un centímetro de golpearla, pero se contuvo, se levantó de la silla, enceguecido, sin percatarse del silencio sepulcral que su reacción acababa de sembrar en los espectadores del suceso y se esfumó del café bar, no sin primero amenazar a la chica, asegurándole que no sabía con quién se había metido.
Dos meses después del suceso estábamos Helena y yo al borde del orgasmo, en una cabaña ubicada en la cresta de una montaña, revolcándonos como gusanos en la plenitud virginal de la noche, mientras en el televisor se proyectaba una película de terror que a ambos nos fascinaba,

Magic-el muñeco diabólico, protagonizada por Anthony Hopkins. De nuestros cuerpos se desprendía el humo de un placer perverso, en nuestras pieles podían verse las manchas de nuestras manos reducidas a ceniza por obra y gracia del amor. Nuestras espaldas eran lienzos de sangre. Y nuestra paleta de colores: el cuello decapitado del árabe.

Minutos después, nos arrojamos de nuevo al campo de batalla, y, exactamente en el punto más álgido de nuestro ritual amoroso, cuando mis testículos iban a eructar los cientos de miles de espermatozoides que se morían por fecundar un óvulo, en ese instante, ella frenó en seco. Y entonces, sin sacar mi espada de su vaina, sus cabellos se desplomaron sobre mi rostro, mi mundo se oscureció. La verdad es que en ese segundo de tinieblas no deseé que ningún dios hiciera la luz. Helena me estaba lavando el rostro con su lengua, y de manera paulatina, pero implacable como el avance de un ejército, fue descendiendo. Su estadía en mi cuello fue fugaz, pero, ¡ah!, bastó para provocar la mejor explosión que jamás he tenido en la vida. Mi percepción fue la de estar en un sueño, en la cima de un rascacielos, arrojarme al vacío y, al impactar contra el suelo, sentir que una boca de tiburón en la tierra se abría y me tragaba. Perdí la noción del tiempo, me desvanecí, como si me hubieran inyectado un poderoso sedante.
Desperté a las tres de la mañana, fatigado en extremo, con las tripas retorciendose de hambre. Mi brazo buscó a tientas a Helena en la cama. No encontré sus cabellos, ni sus muslos. Decidí encender la lámpara sobre la mesita de noche porque me pareció muy extraña su ausencia. Al hacerlo, me encontré con el lado derecho de la cama VACÍO. La sábana, como era natural, estaba encharcada de sangre. Pero vacía, sin rastro de mi Helena. Sólo en ese segundo noté que en mi pectoral derecho tenía un… ¿cómo es que lo llaman? ¡Un chupón!, sí, un moretón muy próximo a la tetilla, indoloro. Pensé que era una tontería propia de los rituales amorosos de la que no debía preocuparme. Me equivoqué. Por culpa de ese amor sin futuro fue que terminé internado en esta Unidad de Cuidados Intensivos, ocho meses después, con un supuesto cáncer de mama, que sólo yo sé, y ahora sólo tú, que no es un tumor maligno.



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