La Última Función de un Sueño de Celuloide 

Una sala de cine antigua y vacía a oscuras. La única luz proviene de la pantalla de proyección, que emite un resplandor dorado y melancólico.​Sujeto: En el centro, una lata de película plateada y desgastada está entreabierta sobre una butaca de terciopelo rojo. De su interior no sale la cinta, sino una voluta de luz dorada etérea y polvo estelar que se eleva hacia la pantalla, como si el sueño se estuviera escapando. La atmósfera es de soledad y nostalgia.

​Hay amores que no nacen para ser habitados, sino para ser contemplados como una película que sabemos, desde el primer fotograma, que terminará en tragedia o en una elegante soledad. Lo nuestro no fué un puerto, ni un hogar, ni una promesa de domingos compartidos frente al televisor. Fue, más bien, un rodaje intenso y febril, una colisión de dos órbitas que brillaron con la furia de una supernova para luego aceptar la dictadura del vacío.

​Nos encontramos en la intersección exacta de dos mundos que no estaban destinados a permanecer unidos. Fuimos como esos personajes de un guión de Billy Wilder o Wong Kar-wai: seres que se reconocen en la penumbra de un bar, que comparten un cigarrillo y una confesión, pero que llevan el billete de salida asomando por el bolsillo del abrigo. Nuestro amor no fué un puerto, sino un horizonte; siempre hermoso, siempre a la vista, pero eternamente inalcanzable para quienes intentan caminar sobre el agua sin hundirse.

​El Guión de lo Imposible

​Te quise con la urgencia de quien sabe que el proyector se está quedando sin cinta. Te amé con la paz de quien entiende que la noche, por más oscura que sea, es el escenario necesario para que las estrellas cobren sentido. En nuestra historia no hubo errores de continuidad, sólo una trama que se agotaba por su propia intensidad. El "amor sin futuro" es, paradójicamente, el más presente de todos; como no tiene un mañana donde refugiarse, se ve obligado a quemarlo todo en el ahora, a consumir el oxígeno de cada palabra y cada caricia como si fuera la última reserva de un búnker.

Dos manos, una de hombre y una de mujer, se tocan desesperadamente en la oscuridad de una sala de proyección. Las puntas de sus dedos se rozan pero no logran sujetarse con firmeza.

​Fuimos la rima que no necesita poema, el eco de una canción que se queda vibrando en el aire mucho después de que la orquesta se ha marchado. Recuerdo nuestras charlas como planos secuencia perfectamente coreografiados, donde el silencio decía más que el diálogo y donde la luz de la tarde en Caracas caía sobre nosotros con la intención de un director de fotografía que busca capturar la esencia de la nostalgia antes de que aparezcan los créditos.

Sobre una mesa de madera desgastada en una cafetería antigua, reposa un guion de cine encuadernado. El título del guion es legible en la portada: "LO IMPOSIBLE".

​El Fundido a Negro

​No hay derrota en este adiós, aunque el pecho se sienta como un teatro vacío tras el estreno. Hay, más bien, una gratitud profunda por haber coincidido en este breve parpadeo del tiempo cronológico. No medimos nuestra historia por los años que no vendrán, sino por la verdad que logramos arrancarle al destino. Hay una belleza técnica en el desprendimiento, una honestidad casi brutal en reconocer que el camino se bifurca y que forzar la marcha solo rompería la magia de lo que ya vivimos.

​Hoy decido soltar las amarras. No lo hago por falta de fuego —las brasas aún queman si se las toca— sino por respeto a la pureza de lo que fuimos. Prefiero este vacío honesto, este silencio de sala oscura, a la ficción de un "para siempre" que nos iría erosionando hasta convertirnos en extraños que comparten una dirección postal. Me llevo tu luz en los ojos y el eco de tu risa como una banda sonora que ya no puedo reproducir, pero que siempre sabré tararear.

​Epílogo: El Corte Final

​Cierro este libro con la mano firme y la mirada puesta en el horizonte que ahora recorreremos por separado. Amar sin futuro es el acto de valentía supremo:

  • Es entregar el alma sabiendo que el contrato no tiene cláusula de renovación.
  • Es aceptar que algunas historias son cortometrajes perfectos que no necesitan una secuela para ser memorables.

​Bajo el cielo que hoy parece más amplio, entiendo que la verdadera maestría no está en retener, sino en saber cuándo dar el "corte" final para que la obra quede intacta en la memoria. Vuela libre, que yo haré lo mismo con tu recuerdo, guardándolo en la filmoteca de las cosas que valieron la pena, justo ahí, donde el tiempo no puede marchitar lo que fué auténtico.

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