Parece que las temáticas del desafío cinéfilo de este mes evocan un verdadero análisis existencial de todo lo que aqueja, habiendo movido algunas fibras sensibles al recordarnos de aquel amor imposible, (que es más imposible de olvidar que de concretarse) me gustaría recapitular algunas de las veces que el cine nos hizo enamorarnos de manera muy masoquista de este tipo de romances.
Puede que me involucre demasiado si añado que no me gustan esas historias donde el obstáculo es una decisión, son amores tibios improbables que se hacen pasar por imposibles tal vez como justificación; esta recopilación pretende ser un helado, pero poético recordatorio de que el destino puede privar del sentido de la vida habiendo descifrado cuál es, pero ello no impide obsequiar amor inédito e insensato, y hay belleza en ese tipo de malas decisiones.
Ella: amar lo que carece de sentimientos y aún así parece más humano.

Buscando un orden en un debate que no es tan novedoso como las constantes actualizaciones tecnológicas, podemos concordar en que, para muchos, el amor permite conectar con la capacidad de trascendencia que el cosmos obsequia misteriosamente. Ahí reposa el fin único y los instintos que son el combustible de un romance. Se ofrenda vulnerabilidad al placer que corroe y a la codependencia para acceder a formar algo más significativo que haga fluir dos tipos de sangre que deseaban ser la misma. A priori, la vulnerabilidad es un fallo y el amor es vulnerable; la tecnología no puede ni debe cometer ese error sin comprometer lo que es.
El posiblemente letrado y pasional lector que sigue aquí puede pensar en este punto que me lamento de la incapacidad de un algoritmo para encarnar un romance como se concibe naturalmente, pero esa imposibilidad no está a la vanguardia. Yo prefiero intuir que la verdadera incapacidad para amar está en una sociedad que, en su colérico perfeccionismo, orilla a recurrir al amor de quien no lo experimentará nunca.
Her deja esta impresión por el reemplazo de las fallas que dotaban de humanidad y sentido (el romance que no funcionó) para amar, por el contrario, un artefacto tan sofisticado que eventualmente traiciona y priva de la sensación de compañía.
Pieles: amor naturalmente selectivo.

Profundamente sensible y perversa, sin emanar calidez ninguna porque no la brindamos tampoco. La sociedad no menosprecia, huye, evita inmisericorde aceptar que tal vez la aleatoriedad afea mucho más que una piel. Sugiere, lo que es peor, que el amor es la epítome de la conveniencia evolutiva sin más y por eso se mantiene inaccesible para las pieles 'amorfas'. Una perspectiva tan directa sugiere también ruina para las loterías genéticas andantes; sugiere que sólo acceden al amor porque vehiculizan futuras ventajas y hegemonía para su descendencia, ridiculizando por completo la idea de un amor insensato y ortodoxo (sincero).
Un poco de consciencia y cercanía permite ver que la humanidad brota de cada poro y se expresa a veces con cariño intacto, como es el de una madre cuya dignidad vale poco con tal de salvar a su cría de la austeridad, o el de quien sólo se complace en dar afecto porque es lo más cercano a sentirlo realmente.
Eduardo Casanova es más sátiro que poético para hablar del tema, pero la imposibilidad implícita se queda como un nudo en la garganta.
La sustancia: intentar amar sin amor propio.

No me malentiendas, no quiero decir que la última secuencia no me dio, como poco, náuseas, pero esa sensación de mirar tu reflejo y pensar que nadie podría ver todos esos defectos y pérdidas y amarlos, pensar que nadie verá una hermosa obra de arte dotada de una trayectoria fascinante y multifacética sin ver también que los colores vibrantes no alumbran más las pupilas cansadas... Me ha parecido devastador.
Esa oportunidad que la vida obsequia, pero un corazón herido por la obsesión colectiva con lo inmarcesible no se siente capaz de tomar. De manera breve y codificada, cuenta una historia de humanidad simplista y vacía que no puede ver que la historia de la piel es más significativa que una perfección soberbia y desubicada en la juventud; ahí, ese cliché sobre el amor propio como base de las relaciones humanas se vuelve sensato y hace de cada estereotipo vulgar una tumba para los sentimientos genuinos.
En algún momento el afecto está lleno de esperanza y generosidad contando los minutos para ser recibido por quien aprendió que no lo merece.
¿Dónde se perdió la capacidad de amar?
Como es ya bastante obvio, pensé que no había propuesta en lamentar los amores que se debilitan por las circunstancias. Pienso que son considerados como inalcanzables por aquellos que lo consideran algo que recibir y no algo para obsequiar. He querido proponer que el clímax del desamor no era el más evidente, sino los valores nimios sin carácter que moldean nuestras expectativas.
Me encantaría saber que no soy la única que explora el desamor en estas presentaciones y cuál amor imposible dejé fuera en mi lacónico recuento.




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