Por ejemplo, las madres de Soacha no necesitaron ver una película de terror para conocer el miedo. Lo aprendieron en la práctica, en la espera interminable, en la búsqueda de sus hijos convertida en trámite burocrático y luego en duelo político. Cuando descubrieron que habían sido asesinados y presentados como bajas en combate, el horror dejó de ser una posibilidad para convertirse en estructura. Ocurrió en un contexto atravesado por la política de seguridad del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, y desde ahí la pregunta ya no es cinematográfica, sino existencial: ¿qué tipo de ficción puede competir con una realidad donde el miedo no es amenaza, sino consecuencia? ¿Quién siente miedo después de que la orden ya fue dada?
Hacer terror en Colombia no es un problema de talento, ni siquiera de industria: es un problema de umbral. ¿Qué tan alto puede elevarse el miedo ficticio cuando la realidad ya ha sobrepasado cualquier expectativa narrativa? ¿Qué tipo de horror puede construirse en un país donde la violencia no irrumpe, sino que se administra, donde el espanto no sorprende, sino que se archiva, donde la muerte deja de ser acontecimiento para convertirse en procedimiento? En Colombia, el terror no fracasa por falta de imaginación; fracasa porque llega tarde, porque siempre hay algo en la historia reciente que ya fue más lejos, más hondo, más irreversible.
El género del terror, en su forma más clásica, depende de una ruptura. Algo debe quebrar la normalidad para que el miedo tenga lugar. Pero en Colombia, la normalidad misma ha sido históricamente inestable. Lo ominoso no entra por la ventana: vive en la casa, duerme en la sala, se sienta a la mesa. No necesita atmósfera porque ya es atmósfera. Está en las noticias, en las historias familiares, en los silencios heredados, en los nombres que se pronuncian en voz baja, en los que ya no se pronuncian. Está en los cuerpos desplazados, en los territorios vaciados, en la sospecha constante de que algo puede pasar… o de que nunca dejó de pasar.
Y es imposible desligar esa experiencia del miedo de las condiciones materiales que la producen y la sostienen. Colombia no es solo un país atravesado por la violencia, sino por una desigualdad persistente que la distribuye, la organiza y la legitima. El terror aquí no es democrático: tiene geografía, tiene clase, tiene historia. Hay zonas donde el miedo es intermitente, casi anecdótico, y otras donde es estructural, continuo, inescapable. Hay vidas que se consideran protegibles y otras que, en la práctica, han sido tratadas como sacrificables. Y en ese entramado, el miedo deja de ser una emoción individual para convertirse en una tecnología social: una forma de control, de disciplinamiento, de regulación de los cuerpos.
Desde una mirada psicológica, podríamos hablar de habituación. Cuando un estímulo se repite lo suficiente, deja de generar la respuesta inicial. El miedo, expuesto de manera constante, pierde su capacidad de irrupción. Se desgasta. Se diluye. Se normaliza. Y entonces aparece la paradoja más inquietante: en Colombia hay tanto miedo que ya no produce miedo. La violencia no desaparece, pero deja de sorprender. Se integra al paisaje. Se vuelve ruido de fondo. Y en ese contexto, la ficción pierde su ventaja. ¿Cómo competir con una realidad que ya ha saturado todos los umbrales?
Esto tiene un efecto directo en el cine. Mientras en otros contextos el terror funciona como una experiencia controlada —una forma de acercarse a lo desconocido desde la seguridad de una sala oscura—, en Colombia la relación entre espectador y miedo está mediada por la experiencia real. Aquí no se entra al cine a “probar” el miedo, porque el miedo no es un experimento: es una memoria. ¿Qué puede hacer una película frente a un país donde las noticias ya parecen guiones rechazados por excesivos? ¿Cómo construir tensión narrativa cuando la historia reciente está llena de desapariciones, desplazamientos, ejecuciones extrajudiciales, masacres y silencios institucionales?
Por eso muchos intentos de terror colombiano se sienten desplazados, como si hablaran en un idioma que no termina de encajar. No porque estén mal hechos, sino porque responden a códigos que no nacen de aquí. Casas embrujadas, presencias sobrenaturales, criaturas que acechan desde la oscuridad. Fórmulas eficaces en contextos donde la vida cotidiana aún conserva cierta estabilidad. Pero en Colombia, donde lo cotidiano ya está atravesado por la incertidumbre, esas fórmulas se perciben como ajenas, incluso como ingenuas. No asustan porque no tocan la fibra donde realmente habita el miedo.
Y sin embargo, hay algo aún más incómodo: en Colombia, los slasher no son un subgénero, son una posibilidad histórica. La lógica del asesinato repetido, del cuerpo convertido en cifra, de la violencia sistemática que se ejerce una y otra vez hasta volverse invisible, no pertenece al cine: pertenece a la realidad. Aquí el horror no se esconde detrás de una máscara ni se justifica en una psicopatología individual. Aquí ha tenido estructura, cadena de mando, justificación discursiva. Y eso desarma cualquier intento de replicar el miedo desde códigos importados. Porque cuando el horror ha sido institucional, el monstruo deja de ser una anomalía y se convierte en síntoma.
El problema, entonces, no es la falta de historias, sino su exceso. Colombia está saturada de relatos que podrían ser terror, pero que han sido archivados como historia, como noticia, como expediente. Y ahí aparece el verdadero desafío: cómo narrar sin repetir, cómo mostrar sin explotar, cómo construir una estética que no banalice el dolor ni lo convierta en mercancía. Porque el riesgo no es solo fallar en asustar, sino fallar en comprender.
Tal vez por eso las propuestas más potentes no son las que intentan generar sustos inmediatos, sino las que trabajan con la incomodidad sostenida. Las que entienden que el miedo en Colombia no es un pico, sino una línea continua. Un estado de alerta que se hereda, que se aprende, que se incorpora al cuerpo. Un terror que no necesita aparecer, porque nunca se ha ido. Un terror que se parece más a la memoria que al espectáculo.
En ese sentido, el cine de terror colombiano, si quiere encontrar una voz propia, tendría que dejar de preguntarse cómo asustar y empezar a preguntarse desde dónde asusta. No se trata de aumentar la intensidad, sino de cambiar la perspectiva. De dejar de buscar el impacto inmediato y apostar por la resonancia. De construir relatos que no compitan con la realidad en términos de violencia, sino que la interpelen en términos de sentido.
Esto implica también reconocer que el miedo en Colombia no es homogéneo. No todos temen lo mismo, no todos temen de la misma manera. El terror de una familia desplazada no es el mismo que el de alguien que vive en relativa estabilidad urbana. El miedo cambia de forma, de intensidad, de lenguaje. Y el cine, si quiere ser honesto, tendría que asumir esa complejidad, esa fragmentación, esa imposibilidad de un relato único.
También implica aceptar que hay zonas de la experiencia que resisten la representación. Que no todo puede ni debe ser mostrado. Que hay silencios que no son vacíos, sino formas de protección. Y que el terror, en lugar de llenarlos, podría aprender a habitarlos. A sugerir en lugar de exhibir. A insinuar en lugar de imponer.
Porque tal vez el problema no es que en Colombia no se pueda hacer terror, sino que hacerlo exige una responsabilidad distinta. Aquí el miedo no es un recurso narrativo más: es una experiencia histórica. Y trabajar con él implica decidir qué hacer con esa historia. Si convertirla en espectáculo, si suavizarla, si evitarla… o si enfrentarla.
El país donde el terror llegó primero no necesita que le inventen monstruos. Necesita que alguien se atreva a mirar los que ya existen, incluso cuando no tienen forma, incluso cuando no pueden ser filmados fácilmente, incluso cuando incomodan más de lo que asustan.
Y tal vez ahí, en esa incomodidad que no se resuelve, en ese miedo que no se consume sino que permanece, es donde el cine colombiano podría empezar, por fin, a producir algo más inquietante que cualquier jumpscare: una imagen que no se olvida.



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