La semana pasada, fui a ver tres películas del 44° Festival Cinematográfico del Uruguay: tres propuestas completamente diferentes, pero todas sumamente recomendables.
Era lunes a la mañana, cuando una de mis amigas me invitó a ir al cine esa misma noche. Sin mirar de qué trataba la película o el afiche, le dije que sí. Me divierte ir al cine con ella, y eso ya era suficiente motivo.
Al comenzar, la película parecía ser lenta, más cercana a un cine más experimental. Pero rápidamente demostró ser todo lo contrario.
Historias del buen valle retrata la realidad de Vallbona, un barrio periférico de Barcelona que atraviesa un proceso de transformación a partir de la metropolización del territorio. Es un espacio cargado de historia: allí viven descendientes de los primeros inmigrantes que llegaron tras la posguerra, lo que genera una convivencia de diferentes culturas y experiencias.
Lo que podría haberse contado desde un ritmo pausado y una narrativa más convencional, en este caso toma otro camino. La película sigue a nueve personas y a sus familias mostrando cómo su cotidianidad se ve afectada por la construcción de vías de tren y otros cambios urbanísticos. Pero no se trata solo del barrio: también se trata de sus vidad, sus historias, sus vínculos. Y ahí es donde se vuelve realmente atrapante.
Más que una crítica directa al avance de la metrópolis, el documental construye una mirada sensible sobre lo que se pierde en ese proceso: la voz de quienes habitan esos espacios. Aparecen tensiones, distintas miradas generacionales y una pregunta constante sobre qué significa “progreso”.
El jueves, junto a mis amigas de clase, fuimos al estreno de un documental realizado por una de nuestras profesoras.
Mamá está acá sigue a cuatro mujeres uruguayas que participan en la creación de una obra teatral, Hanami. Pero lo más interesante no es la obra en sí, sino los procesos personales que atraviesa cada una en relación a la maternidad: una madre soltera que adopta a su primer hijo, dos mujeres esperando a su primer hija y otra que vive el duelo tras la pérdida de un hijo.
Es una película profundamente emotiva, construida con gra sensibilidad y un montaje muy cuidado. Pero lo que más destaca es el respeto con el que las directoras abordan cada historia. Se siente el cuidado, la escucha, la confianza.
Son historias cotidianas, pero al aparecer juntas, en diálogo, adquieren otra fuerza. Interpelan más.
Por momentos, el documental parece ficción, no por dejar de ser real, sino por lo atrapante que resulta. Las rutinas, los vínculos, las emociones: todo tiene un peso narrativo que te mantiene adentro.
Me hizo ver la maternidad desde otro lugar. Entender su complejidad, su sensibilidad, su intensidad.
Salí de la sala con ganas de abrazar a mi mamá.
Hace más de un año vi por primera vez el póster de esta película y supe que la quería ver. Volví a cruzármela en el SSIFF, pero ya la habían proyectado. Cuando apareció en este festival, no lo dudé.
La película comienza con diálogos en catalán, Barcelona es especial para mí, entonces ya supe que la cosa iba bien.
La historia sigue a Marina, una chica de 18 años que quiere estudiar cine y consuguió una beca. El problema: legalmente no figura como hija de su padre y ese reconocimiento es un requisito. Sin haberlo conocido nunca, decide viajar a Vigo para encontrarse con su familia paterna y resolver la situación.
Lo que comienza como un trámite se convierte en un viaje mucho más profundo. En Vigo, Marina se enfrenta a versiones distintas sobre su madre, a silencios, a verdades ocultas. Es un recorrido físico, pero sobre todo emocional. Un proceso de autodescubrimiento guiado, en parte, por el diario íntimo de su madre.
La narrativa es muy sólida, pero lo que más me impactó fue la dirección de fotografía. Cada plano no solo es visualmente atractivo, sino que construye sentido. Aporta, acompaña, expande la historia. Tambipen resulta muy interesante el uso de distintos formatos, especialmente el recurso de la videocámara digital, que suma otra capa a la experiencia.
Solo queda felicitar a Carla Simón por su película tan íntima como potente.
Aunque son tres películas muy distintas, todas lograron interpelarme de diferentes maneras.
Definitivamente, en la próxima edición del festival voy a ver muchas más.




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