De seguro en más de una ocasión has escuchado a alguien utilizar el adjetivo ‘kafkiano’ para referirse a una situación posiblemente extraña e increíble. Esta peculiar palabra, nacida entre los estudiosos de la literatura clásica, ya no solo debería asociarse con la gente ‘gafapasta’, sino que ahora forma parte del argot cultural moderno, y que nos ayuda incluso a comprender anomalías del mundo en el que vivimos hoy.
Como tal vez sabes, Franz Kafka fue un escritor que murió un poco joven, a los cuarenta años. Dejó inconclusas muchas de sus obras, como El Castillo o El Proceso. Se enfermó de tuberculosis pulmonar desde los 34, de modo que su brillante cabeza no tuvo el tiempo suficiente para decir todo lo que tenía que decir. Sin embargo, sí nos dejó un buen legado con su estilo.
El cine comprendió que detrás del curioso adjetivo no solo había literatos usándolo para verse más intelectuales, sino una poderosa herramienta narrativa. Cineastas excelentes como David Lynch o Charlie Kaufman entendieron el potencial del escritor checo y lo hicieron suyo. Gracias a las películas, Kafka en realidad nunca murió.

¿Pero qué diablos significa esa palabra que a todo el mundo le gusta usar cuando van a realizar un trámite al Seguro Social y deben esperar durante tres horas a que un funcionario les atienda?
Cuando alguien dice que algo ha sido muy ‘kafkiano’ se refiere más bien a una situación en la que confluyen múltiples factores. Entre todos ellos se rescata lo inverosímil, lo incomprensible y lo que genera demasiada angustia y frustración.
Pero, ¿por qué en su obra resalta el surrealismo?
Uno de mis movimientos artísticos favoritos es el surrealismo. Todos sabemos quién es Dalí y hemos visto alguna de sus pinturas. Pero en el cine no todo son playas desiertas y relojes derretidos. Una de las principales características del estilo de Kafka es que sus obras no transcurren en ambientes oníricos absolutos, sino que él utilizaba la lógica de los sueños para explorar los sinsentidos de la cotidianidad.
Si bien, por ejemplo, en La Metamorfosis hay un hombre que se transforma en un insecto gigante de la noche a la mañana, el conflicto y el entorno son de lo más ordinarios, pues la historia no trata de una transformación horrorosa y de cómo ahora un bicho gigante se pondrá a devorar a quienes encuentre a su paso, sino de un hombre que, imposibilitado por esa misma transformación, será incapaz de llegar a su trabajo.

El subtexto está claro en este relato. La premisa no pregunta qué pasaría si alguien se convierte en un bicho gigante, sino lo que pasaría si, por culpa de un problema tan extraordinario, no pudieras cumplir con tus obligaciones. Esto es a lo que en su estilo llamo la falta de sentido, y es por esa dinámica que Kafka y las películas inspiradas en su obra se consideran surrealistas.
De la misma manera que en nuestros sueños los escenarios cambian de repente, la gente no nos escucha, suceden cosas que nos asustan o frustran, lo ‘kafkiano’ busca evocar esa falta de sentido para trasladarla a la narrativa. Aquí los personajes se enfrentan a problemas que no tienen ninguna lógica, que son absurdos y que su único propósito parece ser atormentarlos.
Ahora puede que te preguntes qué chiste tiene ver cómo la cabeza de alguien se convierte en un muffin y ahora ya no puede besar a su hijita. ¿Para qué me cuentan esto? ¿De qué sirve presenciar algo tan ridículo? ¿Es acaso solo para burlarnos del pobrecito protagonista? Esto me lleva a lo siguiente.
¿Por qué es importante retratar la desesperación?
La frustración es el eje emocional en toda película surrealista inspirada en la obra de Kafka. Mientras los objetivos de los protagonistas son comunes, del día a día, los conflictos son exagerados y muy complicados. Aparecen casi de la nada, y encierran a los personajes en un laberinto que al final termina por ser irresoluble.

Uno de mis ejemplos favoritos es un clásico de los ochentas llamado Después de la hora, dirigido por Martin Scorsese. Aquí vemos a un joven salir de su trabajo como todas las noches. Se propone volver a casa y su único plan parece ser el de cualquiera: descansar tras una dura rutina. Pero una situación con una muchacha que conoce comienza a meterlo en un embrollo tras otro, hasta el punto de que llegar a su hogar resulta ser una tarea titánica.
En Barton Fink tenemos a un dramaturgo que intenta realizar el guion para una película de serie B, género que menosprecia. Según él, su personaje principal debe ser el ‘hombre común’, pero no puede abandonar su perspectiva de artista intelectual y poco comprende de aquel arquetipo, por lo que cae en un agudo bloqueo de escritor. Cuando conoce a su vecino, quien se asemeja al ‘hombre común’ que intenta retratar, la película se torna cada vez más frustrante, absurda e incluso violenta.

Pienso en el final, una propuesta de Kaufman basada en la novela del mismo nombre, nos cuenta la historia de una mujer muy introvertida que por alguna razón se encuentra en una relación indeseada y fantasea con ponerle fin. A ella le gustaría acaso alejarse de Jake, su pareja, pero le es imposible hasta convencerlo de salir de la casa de sus padres y regresar a la suya, debido a una serie de acontecimientos surreales e inexplicables.
Como vemos, el típico protagonista de estas películas no puede concretar algo tan sencillo, y es porque es posible que todos tengan una característica en común: padecen muchas inseguridades que más tarde se materializan como antagonistas.
Kafka fue muy solitario, sensible y callado. Tenía una relación complicada con su padre, un comerciante autoritario y de férrea disciplina. Para él, el trabajo era más importante, y los resultados estaban por encima del bienestar emocional.
En Carta al padre, una misiva que no pudo llegar a su destinatario, Kafka describe una larga serie de frustraciones que le provocaba vivir bajo la sombra de su padre, así como del miedo que le tenía y de sus intentos fallidos de ganarse su aceptación, o de que lo quisiera como era.
Por otro lado, Kafka también trabajó en una compañía de seguros que le daba muy buena reputación en la comunidad a quien fuese un empleado allí, cosa que su padre quizás valoraba en él. No obstante, a Kafka le desanimaban sus labores ahí, ya que las encontraba aburridas, monótonas y repetitivas.

Sus agrias experiencias como funcionario lo llevaron a criticar al sistema burocrático, mientras creaba a personajes muy parecidos a él que se veían atrapados en entornos opresivos y donde primara la frustración. Esto explicaría por qué personajes como Paul Hackett (Después de la hora), Jake (Pienso en el final) o Barton Fink nos recuerdan a inadaptados reprimidos que buscan desesperadamente una salida.
El miedo es el motor de lo ‘kafkiano’ y de las pesadillas
Como vimos, las inseguridades son, en la mayoría de las veces, el combustible de la trama. Pero el miedo es quizá la máquina que las necesita. En los libros de Kafka los personajes secundarios suelen ser gente que, lejos de ayudarle o complicarle la tarea —que también lo hacen a menudo, al igual que el antagonista—, viven con una perspectiva diferente.
Lynch entendió bien el funcionamiento del miedo y supo construir excelentes pesadillas audiovisuales. En Cabeza Borradora tenemos, por ejemplo, a un muchacho aterrado por ser padre. Como cualquiera que se enfrenta a la idea de tener su primer hijo, Henry Spencer está repleto de incertidumbre.
Henry percibe su alrededor de una forma muy oscura y desolada. Para representarlo bien, Lynch recurre a una fotografía en blanco y negro bastante granulada, sucia y de algún modo anticuada, que resalta muy bien un escenario compuesto de fábricas y calles vacías.
En una de las escenas más importantes, cuando Henry acude a la cena con los padres de su novia, la comida comienza a comportarse de forma extraña. El pollo cobra vida, se mueve y sangra. La señora de la casa entra en una especie de trance y se va, así como su hija. Henry también está perturbado, pero al señor no parece afectarle.
Si seguimos la lógica que hemos descrito de los relatos de Kafka, podríamos tener una lectura más lúcida de Cabeza Borradora. No se trata de que Henry alucine ni de una película de terror común —como se le ha llegado a catalogar—, sino de una imagen completamente subjetiva y onírica.
Porque, a pesar de que no tenga sentido que la comida se mueva por sí sola, lo que ocurre es real; es posible que veamos materializado uno de los típicos miedos durante una relación: que la cena con los padres de tu pareja salga mal. Un disgusto en este preciso momento quedaría grabado para siempre, y ¿cómo no aterrarse como Henry?
Otras películas del subgénero replican el recurso del miedo para abordar pesadillas cinematográficas. Beau tiene miedo es tal vez el ejemplo más claro, pues ya desde el título se nos avisa de lo que vamos a ver.

Beau es un hombre que vive en lo que parece ser la zona más insegura de la ciudad. Debe correr a su complejo de apartamentos cada vez que llega y encerrarse a cal y canto, o de lo contrario los maleantes y drogadictos invadirán el edificio y le asaltarán a él y a los demás inquilinos.
Todo lo que le rodea es locura: hay violaciones, peleas y un hombre desnudo apuñalando a quienquiera que transite. Cuando enciende la televisión, lo único que ve en las noticias es violencia. Sus vecinos le reclaman ruido que él no hace, el intendente se burla de él, etcétera. Sin duda, Beau vive en un sitio asqueroso e inhabitable.
Pero he aquí cómo interviene el surrealismo para describir el tormento psicológico del cual Beau es víctima, porque más tarde veremos que la dependencia de su madre, la sobreprotección y la ausencia de un padre dañaron su perspectiva del mundo hasta considerarlo inseguro y hostil.
El resto de la película es un cúmulo de situaciones incomprensibles que no le permiten a Beau siquiera llegar con su madre, como es típico en el subgénero. Ari Aster no inventa el hilo negro, pero en la forma que lo narra todo hace que la historia de Beau destaque por la creatividad de su guion.
La alienación como base del escapismo
Como podemos dilucidar de su biografía y de la propia Carta al padre, Kafka no sentía ninguna devoción ni por las actividades de su padre ni por su propio empleo. Era posible que, debido a su forma de pensar, no le encontrara sentido al mundo en general. Y por lo que podemos leer en sus cuentos, su persistente rechazo a la burocracia nos acerca más o menos a esa visión desabrida y cínica que tenía. Es triste pensarlo, pero es muy posible que toda su vida se hubiera sentido muy solo, a pesar de sus fieles compañías.
Es casi una regla general que en las películas inspiradas por Kafka el protagonista debe verse o sentirse a su suerte. Aquí también se reúnen críticas a gobiernos y sistemas automatizados que dan más importancia al cumplimiento de las órdenes que al bienestar social.
Una película que creo retrata muy bien el punto es Brasil de 1985. La trama sigue a un funcionario que, por culpa de un error ridículo —una mosca se cuela en una máquina y cambia la letra de un apellido—, lleva a cabo el arresto y tortura de la persona equivocada.

Terry Gilliam, su guionista y director, realiza una distopía híbrida entre el estilo de George Orwell, por 1984, y el de Kafka; la ciudad futurista en la que se desarrolla reúne paralelismos con Oceanía y con cómo opera allí la ideología del ‘Ingsoc’, mientras vemos la fragilidad de los procesos automatizados.
En Brasil, Sam Lowry se siente desconectado de su trabajo como funcionario y se la pasa inmerso en fantasías. Sueña con una mujer muy hermosa a la que le gustaría conocer. Poco después descubre durante su intento de “arreglar” el embrollo de la mosca que esa mujer sí existe, y entonces se obsesiona con ella.
La película de Gilliam aborda temas como la soledad y el despropósito de una sociedad que pretende funcionar como un reloj, cuyos integrantes no se consideran personas, sino piezas que deberían trabajar bajo regímenes estrictos de orden y eficacia.
La cinta que alude a una sociedad similar es la noruega El Inadaptado de 2006, que sirve a su vez como metáfora del estado del bienestar nórdico, donde se explora la posibilidad de un país extremadamente ordenado y eficaz en el que la superficialidad sería el status quo.

Hemos oído muchas veces que el sistema nórdico produce a los ciudadanos más felices, y esto no se discute, pero es también es muy cierto que países como Noruega o Suecia se han visto muy afectados en los últimos años por el aislamiento. Las tasas de nupcialidad o natalidad han decaído, y por el contrario la de la depresión ha subido.
El Inadaptado recoge bien esta crítica y la traslada a un mundo distópico en el que importa más la imagen que la profundidad. En él, Andreas no sabe cómo ha llegado a la ciudad, pero el Estado le proporciona empleo, techo e insumos. Más tarde, sin embargo, cuando Andreas empieza a sentirse cada vez más confundido por cómo viven allí, se obsesiona con tratar de escapar.
Al igual que Sam Lowry en Brasil, Andreas pierde el sentido del lugar que le rodea y se desconecta de sus relaciones y trabajo. Y de la misma forma anhela irse a esa realidad idílica que parece haber afuera, poniendo en riesgo su vida.
Para Kafka, más allá de su amarga experiencia laboral, era importante retratar en ese sistema deshumanizador a quienes lo ponen en marcha. En El Castillo, uno de sus relatos más largos —y lamentablemente inconclusos—, expone la opresión de un supuesto gobierno hacia la región que administra. El castillo funciona como una metáfora de quienes ostentan el poder, y el pueblo que le rodea funge como una jerarquía que les mantiene y tolera a cambio de una tajada de control sobre otros.
La novela cuenta la historia de un agrimensor que llega por encargo al pueblo, pero por alguna razón los lugareños se niegan a ser hospitalarios y a proporcionarle información para llegar al Castillo, además de que los funcionarios que viven allá tampoco se muestran muy dispuestos a recibirlo; es más, a través de cartas frívolas y confusas le dicen que no lo necesitan.
En esta enrevesada historia repleta de personajes multidimensionales y conflictos que brillan por sí solos, Kafka cuestiona de lleno la inutilidad de tantas instituciones y cargos, y critica la corrupción de quienes los ejercen, así como su poca o nula disposición para servir a la gente.
La ficción distópica que utiliza empleos inhumanos y cargados de monotonía nos recuerdan que estas anomalías, más reales de lo que nos gustaría reconocer, están diseñadas para satisfacer o proteger intereses privados y no para ayudar, como se pensaron en un principio.
Así que, una vez entendemos dicha alienación, es natural que cuando vayamos al Seguro a esperar una cita que resultó ser más tarde, o que cierto doctor, quien en lugar de interesarse por nuestra salud solo quiere cobrar, recordemos los sinsentidos que Kafka tanto describía.
La incomunicación es el ingrediente principal
Algo de lo que me di cuenta en El Castillo, y que aparece casi en cada película surrealista de este tipo, es que, además de que el personaje principal se encuentre marginado y solo, nadie le escuche ni comprenda. Los diálogos no significan nada, o suelen ser verborreas.
No diría que los funcionarios del Castillo hablen como en Brasil, El Inadaptado o Barton Fink pero algo que puedo asegurar es que nadie se atreve a empatizar con el protagonista, o siquiera detenerse a escucharlo. Y si dicen algo, de cierta forma serán soliloquios descontextualizados o crípticos.
Por mencionar una película distinta, en ¡Madre! nos angustiamos junto a una mujer que ve cómo un sinfín de personas llegan a su casa para destruirla, como si de una fiesta salvaje se tratase. Pues, aunque ella intenta razonar con los desconocidos, pedirles que no se sienten sobre la mesa o que devoren sus alimentos, aquellas personas nunca recapacitan.
Otra escena que me viene a la mente con esta temática pertenece a Sinécdoque, Nueva York, en la cual Caden Cotard —en cuyo nombre encarna incluso un síndrome relacionado con la hipocondría— intenta buscar a su hija a través de una mujer que dice saber de ella. Pero cuando le pide información sobre la niña, la mujer solo se escapa, como si la tuviera secuestrada.
Remitiéndonos un poco a Brasil, podemos ver que la incomunicación que Kafka utilizaba en sus narraciones también hace alusión al fracaso de los propios medios de comunicación; ya sea el correo o los telegramas, los mensajes no llegan, tienen retraso o son incomprensibles.
El Castillo y Brasil tienen en común cómo las instituciones no se comunican la una con la otra, y un error pequeño puede escalar hasta lo insano, sin que nadie sea capaz de identificar el origen del problema. O que hasta poco importe solucionarlo.
Lo ‘kafkiano’ como fábula de la opresión
Parecería que esas administraciones burocratizadas hacen daño por su simple forma ilógica y mediocre de operar, pero lo peor no acaba allí. El problema más grande viene cuando ciertos individuos utilizan, a sabiendas de las fallas sistémicas, los recursos para la satisfacción privada.
Aquí, como con Brasil, coexiste lo ‘kafkiano’ con lo ‘orwelliano’ una vez más. Y el ejemplo más adecuado para hablar del autoritarismo que aquejaba a Kafka es El Proceso, que, aunque tampoco tuvo la dicha de un cierre, sí que contó con una digna adaptación a la pantalla de la mano de Orson Welles.
Protagonizada por Anthony Perkins, actor que nos asombrara en Psicosis de Hitchcock, El Proceso trata de un joven al que una mañana se encuentra rodeado de policías que le dicen que está detenido. La causa no se especifica y lo único que le piden es recoger sus pertenencias y acompañarlos.
Dejando de lado la relación de Kafka con su padre, algo que me encanta del Proceso es el desarrollo de su premisa, que resulta muy realista pese al surrealismo. Es decir, vemos a Joseph K recorrer un camino de lo más peculiar para llegar a su juicio y situaciones habituales de sus relatos, pero la idea de ser detenido sin motivo alguno ha ocurrido —y sigue ocurriendo— en dictaduras y países dominados por la corrupción y la demagogia.
Quizás este escritor se inspiró en un principio en el autoritarismo de su padre, pero El Proceso acaba por ser una analogía a esas instancias injustas. Es curioso cómo un libro de 1925 sigue vigente hoy por esa misma característica. Y el talentoso cineasta Orson Welles captó muy bien el potencial crítico de la novela, porque hasta le llevó a escribir un final que suena más a un grito de guerra que al cierre trágico de antes, lo que le valió muchas críticas por traicionar el material original.
En lo personal me parece un gran cambio, porque es como si Welles por lo menos quisiera añadir un atisbo de esperanza a la angustia y amargura que suelen dejar las historias del checo, que, de hecho, me dejan siempre con la misma pregunta.
¿Por qué hay tanta angustia existencial en las obras ‘kafkianas’?
Ya vimos a protagonistas idealistas que, además de ser víctimas de sus propios miedos, inseguridades y deseos reprimidos, pueden acabar despojados de su identidad por la represión del exterior.
Ahora, diría que un peor sentimiento que la soledad sería el de creer que este mundo no te necesita. Pensar que sobras o que eres insignificante sin duda es un tormento. Y no hallar un sentido es el preámbulo de la depresión.

Caden Cotard (Sinécdoque, Nueva York) trató de comprender sus errores a través de una obra de teatro colosal, Jake (Pienso en el final) se sentía insatisfecho por una vida desperdiciada y temía al paso del tiempo, por lo que necesitaba de ciertas fantasías para soportarlo, y Beau se veía, al fin y al cabo, desprotegido e incapaz sin el cuidado de su madre. Si les quitamos eso ¿quiénes son?, ¿nada?
Dichas preguntas las plantea Kafka también en El Castillo. Cuando el alcalde del pueblo le dice a K que allí no se le requiere y que su trabajo es innecesario, uno como lector puede resentir los días perdidos que ese personaje ha pasado en el pueblo intentando acceder al dichoso castillo.
Sin duda, en lo ‘kafkiano’ la línea entre el propósito y el vacío existencial es tan fina como un hilo. Y una última cinta que me gustaría mencionar retrata a la perfección la angustia que uno siente cuando comienza a creer que su vida se encuentra sin rumbo: Lo que esconde Silver Lake.
Lo que más me gusta de esta película es cómo acá Andrew Garfield se sacude el típico personaje de muchacho sensible e interpreta a Sam, un inadaptado que bien podría padecer un agudo trastorno mental y no saberlo.
Desde el inicio se nos describe a Sam como un pervertido que objetiviza a las mujeres, que espía a sus vecinas y al que le encanta perder el tiempo. No tiene empleo ni proyectos personales. Debe la renta y está al borde de quedarse en la calle. Es un completo vago.
Pero la pereza de Sam no será objeto de crítica por parte del guion, sino que David Robert Mitchell la usará para hablar de cómo el miedo a una vida sin propósito empuja a una persona a crearse un nuevo sentido y abrazarlo con tal de soportar la angustia existencial.
Si bien en Lo que esconde Silver Lake hay conspiraciones, misterio y suspenso, los diálogos —muy bien escritos, por cierto— y el surrealismo de la trama abren la posibilidad de que todo lo que hayamos visto sean puros simbolismos de cómo se relaciona Sam con el mundo. La película posee también un trasfondo que añade capas de interpretación, las cuales, a gusto del espectador, pueden ser o bien más oscuras o bien simples laberintos sin salida.

Quiero recordar que en El Castillo hay un personaje un poco similar a Sam: un heraldo llamado Barnabás. Este sujeto, provisto de gran físico y altura, trabaja entregando cartas entre K y los funcionarios. Pero su labor es más o menos irrelevante en la trama, ya que ningún mensaje suyo ayuda a K.
Sin entrar en muchos detalles, Barnabás, al igual que el resto de su familia y el pueblo, vivía bajo el yugo del Castillo, hasta que se ofreció como una clase de infiltrado para saber cómo eran las cosas por dentro. Pero, como nunca pudiera acceder de manera legítima a ese sitio, Barnabás prefirió abrazar su propósito como mensajero antes que ser el “espía” de su familia.
K comprende entonces que la gente de ese pueblo se aferra al rol que les ha tocado desempeñar ahí debido al vacío con el que se viviría de no tener uno. De forma que, a juicio personal, la historia de Sam podría relacionarse con la búsqueda del sentido, cuando no se cuenta con uno.
El fracasado que nunca lo fue
Entonces, al igual que varios de estos personajes, Franz Kafka cuestionó su mundo, padeció miedos e inseguridades, y creyó que no tendría lo suficiente para ser un excelente escritor.
Murió pensando en que era un fracasado, y le pidió a Max Brod, su mejor amigo, que quemara su obra entera. Max, como podemos asumir hoy, desobedeció su última voluntad, y gracias a ello es que tenemos un legado enorme en la narrativa contemporánea.
Cuántas producciones contarán hoy con esta fórmula y nos faltarán todavía por ver. Espero que, si has leído hasta acá, te vayas con un filtro nuevo para identificar tu próxima película del subgénero ‘kafkiano’.
Y espero que la próxima vez que te encuentres con una película o serie que tenga a un protagonista tímido o asustadizo, odiseas surrealistas, gobiernos burocráticos, empleos extraños o corporaciones misteriosas te acuerdes de un joven escritor de Chequia que lo comenzó todo.




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