LAS DULCES AMIGAS: EROTISMO SIN FUERZA Y DRAMA INVEROSÍMIL. 

Las dulces amigas es un drama que se presentó allá por 1968 como “una historia controversial sobre el triángulo amoroso entre un arquitecto y dos lesbianas”. Dirigido y escrito junto a Paul Gegauff por Claude Chabrol y protagonizada por Jean Louis Trintignant, Stephane Audran (esposa de Chabrol) y Jacqueline Sassard, Las dulces amigas tiene un título que podría considerarse una humorada, sin embargo, es una obra cuyos momentos de comicidad existen pero son pocos y sin gran vigor, de hecho, son mil veces preferibles las comedias estadounidenses contemporáneas.

Chabrol se vendió a sí mismo como un heredero de Hitchcock que, formando parte del estilo de filmar que edificaron los miembros de la Nouvelle Vague francesa que ni hace falta nombrar, no solamente no aprendió del buen suspenso e incluso la sospecha hitchcockiana, sino que abandonó la idea de una historia de contenido sólida en favor de “la devoción a la forma”. A día de hoy resulta bobo debatir qué es lo que importa más, si el cómo o el qué de una película, si las formas o el contenido, es como debatir si es más relevante la razón que las emociones o a la inversa, la materia o las ideas o al revés, quienes se quedaron en esa discusión, se detuvieron en un tiempo pasado.

La composición de planos y la fotografía de este film es irreprochable, no obstante, Chabrol hizo un uso y abuso de la banda sonora de música clásica, al punto tal que rara vez la obra tiene intervalos donde puede respirar sin la música de fondo, que aunque de calidad excelsa, no por ello se presenta siempre en las situaciones que debería. Lejos de un erotismo crudo, de la sexualidad liberada de las ataduras de la represión, las dulces amigas en principio NO son dulces ni tampoco son amigas, son dos mujeres muy desagradables: Frederique (Audran) es una burguesa que utiliza su poder para manipular y usar como una cosa a su amante joven (hasta ahí, nada que cuestionar) y Why (nombre pretencioso, actuada por Jacqueline Sassard) es una artista callejera que se aprovecha de la posición social acomodada de Frederique para vivir con ella.

El problema es, lisa y llanamente de guion, el terror de muchos cineastas modernistas que privilegiaron en exceso la composición audiovisual por sobre la trama y la potencia de la narrativa, con el falso concepto de lucha dialéctica entre forma y contenido, como ya mencioné. Los diálogos son absolutamente tontos: Frederique le dice su nombre a Why y cuando la primera le devuelve la pregunta por el nombre, Why le contesta “a tí que te incumbe?”, como este hay muchos otros intercambios bobos más.

El triángulo sexual nunca es tal, si esperamos que haya un trío o incluso una relación poligámica, eso nunca ocurre y no es debido a que la intención era “hacer una crítica la tedio y la perversidad de la burguesía" como diría un marxista, sino porque no hay una fuerza potente del libreto y su estructura. Los personajes deberían expresar lo que desean y piensan pero no lo hacen, se supone que son “sexualmente liberales” y actúan como si fueran un matrimonio conservador o una familia tipo que oculta los deseos eróticos, cuando se supone que estamos ante una trama “transgresora de las normas sociales tradicionales”. El arquitecto tiene unas ganas ardientes de acostarse con ambas al mismo tiempo (sobre todo en la escena en la que los tres estan muy ebrios en la casona) pero eso no ocurre por una “fidelidad” a Frederique, cuando está más que claro que los tres desean el trío, ya que Frederique y Why son las dos bisexuales, mientras que el tiene toda la pinta de mujeriego al que no le importan los sentimientos sino satisfacer sus impulsos.

No hay un desarrollo psicológico profundo de los personajes, hay incluso dos personajes sumamente idiotas que son simples mantenidos de la burguesa y no se sabe cómo llegaron ahí, solo cumplen la función de molestar. La falta de dibujo preciso de los personajes es uno de los peores sino el peor de los errores narrativos que un cineasta puede cometer. Sumando a esto que la excitación para al espectador (o al menos para mi) brilla por su ausencia (el erotismo caliente es nulo), no hay grandes o pequeñas reflexiones filosóficas para hacer y hay un regodeo esteticista excesivo en los ángulos-formas de componer los planos que descuida “el qué de la cuestión”, incluso las actuaciones están lejos de ser muy buenas, rescato únicamente el final trágico, pero no basta con un final bueno para que una película supere la mediocridad.

El esteticismo sin trama sólida es pura masturbación sensorial para el cineasta, no es alimento para el pensamiento ni para la emoción tampoco. El arte por el arte de hecho, despojado de la idea de funcionalidad moral, educativa, reflexiva y emotiva, fue dañino para la historia del arte y del cine.

No me malinterpreten: no afirmo en esta sentencia que está mal contemplar la belleza de una obra de arte independientemente de enseñar religión o adorar a un rey, pero sí pienso que la utilidad es una idea no solo material sino espiritual, si una obra solo tiene cualidades estéticas bellas en apariencia pero carece de un corazón que genera en los espectadores la conmoción y el llamado al pensamiento crítico, la belleza de la materialidad o lo físico permanece solo como una superficie sin profundidad, la famosa cáscara vaciada de la riqueza del huevo, como apreciar a una mujer hermosa (desde mi pov) pero que carece de inteligencia y bondad.

No digo nada nuevo: es el debate necesario que se dio en todas las artes con la llamada “crisis de la Modernidad”, donde se empezó a juzgar, con justa razón a la filosofía esteticista, despojada de la funcionalidad material y espiritual. Esto no significa que el artista deba someterse a la voluntad del poder político o religioso, sino por el contrario, dar rienda suelta a su subjetividad pero sin separarse de la importancia de que el contenido de su obra mueva las conciencias racionales, mueva los sentimientos y las emociones y evite a toda costa el regodeo banal de “las formas por sí mismas”, “el cómo se narra divorciado del potencial del qué se narra".

Las formas del arte no son fines en sí mismos sino medios instrumentales para dejar una huella simbólica a través de pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones, para provocar algo en los demás y no para mero autogoce narcisista del creador.

Claude Chabrol en la Sala Lugones – Página|12

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