¿Es un documental sobre las diagonales de La Plata? No. ¿Es un documental sobre una banda llamada Estelares? En parte. ¿Es un documental sobre la música en la década de los noventa en argentina? Es todo eso junto.
La cinta avanza como avanzan ciertos recuerdos que uno guarda en la cabeza y vienen sin pedir permiso, con zonas nítidas y otras apenas insinuadas. Pero la escena musical de los noventa en La Plata aparece ahí, vibrante, con esas diagonales desordenadas (difíciles para los porteños), imposible de repetirse.
El documental no es una postal sino más bien un pulso frenético: micros que llegan, noches que se estiran, músicos que cantan en los pasillos, una ciudad que parece respirar al ritmo de las bandas que nacieron allí en esa ciudad universitaria.
El director Gonzalo López filma desde un lugar que no disimula: hay admiración, pero también una pulsión más amplia, casi programática, por narrar una tradición. En su lectura, Estelares encarna una forma de resistencia dentro del rock argentino: una banda que eligió sostenerse en las canciones incluso cuando el contexto sugería atajos hacia la masividad.
López habla de esas letras como pequeñas piezas de pensamiento, artefactos que dialogan con el cine, la pintura, la literatura, y que empujan al oyente a salir a buscar, a completar ese mapa de referencias. De ahí su decisión formal: un dispositivo clásico, de primeros planos y “cabezas parlantes”.
Esa búsqueda se traduce también en la superficie del film. López —formado en Artes Audiovisuales en la Universidad Nacional de La Plata— construye una progresión visual que acompaña el recorrido de la banda: un comienzo áspero, casi desordenado, con zonas de sombra, que se va despejando a medida que avanzan los años y las canciones encuentran su forma.

La película respira con ese movimiento, como si cada etapa tuviera su propia luz. No hay ornamento gratuito: la estética sigue el pulso emocional de la historia, y en ese gesto aparece, otra vez, el deseo de fondo. Contar una banda, sí, pero también capturar algo más esquivo: la manera en que el rock se vuelve cultura, clima, lengua compartida.
Y en ese ese paisaje, Manuel Moretti —líder de Estelares— sigue en tránsito, como si la identidad fuera un aprendizaje que ocurre a cielo abierto, sin garantías. “Cuando el dolor se va / zumba el viento y podés respirar”, canta, y la frase tiene ese efecto inmediato: algo se corre, entra aire.
Moretti, nacido en Junín hace casi sesenta años, conserva una cualidad rara: escribe letras que se acomodan en la boca ajena sin resistencia. De ahí que muchas de sus canciones circulen como si siempre hubieran estado ahí, disponibles para cualquiera que necesite decir algo.
Pero cantar con Estelares exige, también, una escucha atenta. Moretti insiste —como le dijo a Eduardo Fabregat en una entrevista de noviembre de 2025— en nombrar al grupo como una “orquesta”: una maquinaria afinada, sostenida por años de roce y de ruta. En ese engranaje, explica, su rol se volvió casi lateral, un vigía que observa por si algo se desvía demasiado del pulso original. El resto ocurre en conjunto, en una sincronía que él mismo describe como “hermosa, buenísima, emocionante”.
Ese método, dice, viene repitiéndose en los últimos trabajos: llegar con maquetas desde City Bell, ensayar lo justo, entrar a grabar antes de que la idea se enfríe. El resultado, se ve en el documental. Según él, tiene que ver con esa velocidad: un disco ligero, respirable, atravesado por la energía de siete músicos que se conocen desde hace décadas.
El material de archivo, irregular, a veces opaco, otras veces sumamente revelador, y las entrevistas van armando una textura coral antes que una línea recta de documental básico de televisión. Lo que se percibe es una energía urgente, una necesidad que desborda cualquier cálculo: escribir canciones como quien tantea en la oscuridad hasta encontrar una puerta.

Dicho sea de paso, hay un hermosísimo momento con Juliana Gattas (que actúa en el cortometraje Realitis estrenado también en esta edición del BAFICI 27).
La película se vuelve más precisa cuando se acerca a ese estado febril. Allí donde la música deja de ser un gesto gentil y se acerca más a como una forma de sostenerse. El recorrido de ese antihéroe errático, expuesto encuentra un punto de apoyo en la escritura, en esa certeza mínima de que hay algo que lo ordena, aunque sea por un rato.
Las baladas y los poemas atraviesan el relato con una delicadeza que evita subrayados. Quedan flotando, como quedan las frases que importan.
En la sala se cantaron las canciones. Había mucha gente de La Plata. Fue gracioso verla con gente allí: cada tanto se hablaban a los oídos y decían “ahí estuvo yo” o “mirá: es la diagonal tal número”. Uno se va con la sensación de que hay bandas que terminan acompañando la vida entera. No es una idea grandilocuente, es una más bien la constatación de una sospecha.
Cuando termina el documental, lo que persiste es esa sensación de resguardo. La música como un sitio al que volver, incluso cuando todavía no se sabe bien de qué está hecha la propia vida. Como si cada canción ofreciera, al menos por un instante, una forma posible de habitar el mundo.
Treinta años después, la banda sigue girando y hay algo que, lejos de agotarse, parece haberse afinado. Moretti lo dice casi con sorpresa: no siente la repetición como una carga, incluso al borde de los sesenta se descubre más inquieto, más dispuesto al movimiento.
Se ve a sí mismo subiendo y bajando escaleras en un escenario, recorriendo el espacio con una energía que desconcierta a sus propios compañeros. En esa imagen: un hombre que no se aquieta, hay una clave para leer el documental: la música como persistencia, como ejercicio de intensidad que no se negocia con el paso del tiempo.
Lo que queda, entonces, es ese pulso. Una banda que, después de décadas, todavía suena como si estuviera encontrando su forma en tiempo real. Y un cantante que sigue escribiendo como quien abre ventanas con facilidad, en un verano caluroso, en la Ciudad de La Plata.

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