La silla. 

En la casa de Mateo había siempre una silla de más, pero no siempre había de más para poner arriba de la mesa.

La silla estaba contra la pared, cerca de la puerta que daba al patio. Era una silla vieja, de madera oscura, con una pata más corta que las otras y un pedazo de cartón doblado para que no rengueara. Nadie la usaba casi nunca, pero nadie se animaba a sacarla. En las casas obreras de Santa Rosa, La Pampa, algunas cosas permanecían porque sí, como si fueran parte del revoque, del olor a tierra mojada, de la ropa oreándose en la soga, de la bolsa de cal apoyada junto al galpón, de los baldes negros, de las herramientas del padre, de la palangana con agua donde la madre se lavaba las manos después de haber estado ayudando en una obra.

Hasta 1982, en esa casa hubo dos hijos varones. El mayor había nacido en 1969. Mateo, en 1970. Después vendrían otros cambios, otras piezas agregadas, otros ruidos, otras obligaciones. Pero durante aquellos años primeros, el mundo parecía organizado alrededor de cuatro cuerpos, una mesa, una pava que no dejaba de hervir, un padre albañil que salía temprano y volvía con polvo de cemento en las pestañas, y una madre que era ama de casa, aunque esa frase decía poco, porque también subía baldes, alcanzaba ladrillos, preparaba mezcla, limpiaba casas ajenas, cosía, lavaba, remendaba, cocinaba y todavía encontraba tiempo para decir que ella no estaba cansada.

—Tomá vos —decía, alcanzándole el mate al padre.

—Tomá vos primero —contestaba él.

Y el mate iba y venía como una pequeña tregua caliente en medio de una vida que casi nunca daba tregua.

Mateo aprendió temprano que en su casa pedir era una forma menor de la culpa.

—No agarres tantas tortas fritas —decía la madre—, dejale a tu hermano.

—No gastés luz.

—No abras tanto la canilla.

—No seas egoísta.

Egoísta era una palabra pesada. No significaba solamente querer algo. Significaba olvidarse de los demás, creerse más que los otros, vivir como si el mundo no costara. Mateo podía querer una bicicleta, unas zapatillas nuevas, una segunda torta frita, un cuaderno con tapas duras, una tarde sin mandados, una pieza para él solo. Pero apenas deseaba algo, sentía que ese deseo le quitaba algo a alguien.

No era hambre exactamente lo que recordaba. Había comida. Guiso, fideos, puchero, milanesas finitas cuando se podía, pan comprado en la esquina, buñuelos los días de lluvia, tortas fritas cuando la grasa alcanzaba y la madre tenía ganas de amasar. Pero todo tenía una cuenta secreta. Cada porción parecía venir con una advertencia.

El padre no hablaba mucho. No porque fuera frío, sino porque el trabajo le dejaba pocas palabras sanas. Era albañil. Construía paredes que otros iban a habitar. Levantaba piezas para familias que a veces pagaban tarde o no lo hacían nunca. Hacía veredas, tapiales, baños, ampliaciones. Sabía mirar una pared y saber si iba a aguantar. Sabía calcular arena, portland, cal, ladrillos, horas de sol. Había aprendido el oficio con las manos, con la espalda y con esa forma de inteligencia que no necesita mostrarse porque está ocupada sosteniendo cosas.

La madre lo ayudaba cuando hacía falta. Iba con él a algunas obras. Le alcanzaba la cuchara, cebaba mates, barría escombros, cargaba ladrillos de a dos, de a tres, según el cansancio. Después volvía a la casa y seguía trabajando como si recién empezara el día.

Mateo la veía partirse en muchas mujeres. La mujer de la cocina. La mujer de la obra. La mujer del patio. La mujer del guardapolvo de los hijos. La mujer que cuidaba a los abuelos. La mujer que nunca se servía primero.

—Yo después como algo —decía.

Y Mateo, que la amaba, fue aprendiendo una ley equivocada. Amar era dejar para después.

Los abuelos maternos habían sido puesteros. Venían de una vida de campo, de animales, viento, tierra abierta y noches grandes. Después pusieron un kiosco y un almacén. Allí el mundo tenía otro olor: yerba, kerosén, caramelos Media Hora, jabón Federal, galletitas sueltas, mortadela, vino común, cajones de sifones, azúcar pesada en bolsas, libretas de fiado.

El abuelo materno sabía mirar el cielo como si todavía estuviera en el puesto. La abuela envolvía mercadería con una velocidad seria. En el almacén, Mateo aprendió otra cosa: todo podía anotarse. La harina, el aceite, la yerba, el pan, el vino, los cigarrillos, el paquete de fideos. La vida entera podía ir a parar a una libreta.

Deuda.

Esa palabra no siempre se decía, pero estaba. Algunos pagaban a fin de mes. Otros no podían. Otros desaparecían. La abuela no los nombraba con crueldad, pero cerraba la libreta con una expresión que Mateo no olvidaría nunca.

De chico no entendía bien el dinero, pero entendía su sombra. El dinero no era solo dinero. Era vergüenza, promesa, demora, rostro bajo, favor pedido, orgullo herido. Era también amor, porque cuando el abuelo le daba una moneda para caramelos lo hacía sin ceremonia, como quien deja caer un pájaro en la mano de un niño.

Los abuelos paternos vivían más cerca del silencio. El abuelo había sido cuidador en el cementerio. Mateo lo imaginaba caminando entre tumbas, regando plantas, barriendo hojas, arreglando cruces, sabiendo dónde terminaba cada familia de Santa Rosa. Había algo en él de hombre acostumbrado a los nombres quietos. La abuela paterna era ama de casa. Hablaba poco y rezaba bajo. En esa casa la muerte no era una idea dramática, sino una vecina antigua.

Quizá por eso Mateo creció sintiendo que todo podía perderse. La comida, el trabajo, la salud, la casa, el amor, el nombre de los muertos. Había que cuidar. Había que no pedir demasiado. Había que no hacer ruido.

A los once años, ganó un concurso escolar con una composición sobre el viento pampeano. La maestra le dijo que escribía muy lindo y le puso un diez grande, con birome roja, arriba de la hoja. Mateo volvió caminando despacio, con el cuaderno apretado contra el pecho. Quería mostrarlo. Quería que alguien le dijera que eso estaba bien, que esas palabras eran suyas y que no tenía que pedir perdón por tenerlas.

Esperó la cena. Esperó que su padre se lavara las manos en el patio. Esperó que su madre terminara de freír tortas fritas porque esa tarde había llovido. Esperó el momento justo, que no llegó nunca.

Entonces dejó el cuaderno sobre la mesa.

La madre leyó la composición.

—Qué lindo, Mateíto —dijo.

El padre sonrió apenas.

—Salió escritor el muchacho.

Mateo sintió que el pecho se le llenaba de una luz insoportable.

Pero la abuela materna, que esa noche había venido del almacén, agregó:

—Bueno, pero no te la creas.

No lo dijo con maldad. En esa familia, no creérsela era una forma de defensa. Había que protegerse del orgullo, de la caída, de la envidia ajena, de la soberbia propia. Pero Mateo escuchó otra cosa: si brillás, corrés peligro.

Desde entonces aprendió a esconder lo mejor de sí. Hacía las cosas bien, pero se disculpaba. Sacaba buenas notas, pero decía que había tenido suerte. Ayudaba, pero no reclamaba. Escribía, pero guardaba los papeles. Cuando alguien lo felicitaba, bajaba la cabeza como si lo hubieran descubierto robando.

Muchos años después, ya adulto, seguía obedeciendo aquellas frases.

Trabajaba corrigiendo textos para una editorial pequeña. No era albañil como su padre, pero también levantaba paredes ajenas. Ordenaba libros escritos por otros, acomodaba frases torcidas, sostenía argumentos débiles, limpiaba párrafos llenos de escombros. Lo hacía todo con una dedicación excesiva. Contestaba mensajes fuera de hora. Aceptaba pagos demorados. Hacía favores. Leía manuscritos gratis. Preparaba informes larguísimos por honorarios mínimos.

Cuando alguien le decía “sos fundamental”, él se sentía pagado por un rato.

Hasta que el alquiler subió, la comida subió, la luz subió, los remedios de la madre subieron, y él tuvo que pedir un aumento.

No pidió. Rodeó el pedido. Lo envolvió. Lo justificó. Dijo que entendía la situación, que sabía cómo estaba todo, que quizá no era el momento, que no quería incomodar, que si se podía revisar algo.

Mientras hablaba, sentía que estaba haciendo algo sucio.

Su jefe lo escuchó con esa cara de quien comprende pero no va a mover un peso.

—Te entiendo, Mateo. Pero sabés cómo está todo.

Mateo pidió disculpas.

Pidió disculpas por haber pedido.

Esa noche, al volver a su departamento, calentó agua y se preparó unos mates. Afuera el viento golpeaba las persianas como si quisiera entrar. En la mesa había pan, un pedazo de queso y unas tortas fritas que le había traído su madre envueltas en una servilleta. Pensó en Clara, su pareja. Pensó en llamarla. Pensó en no decirle nada.

Clara no le exigía demasiado. Ese era el problema. No le pedía sacrificios, no le reclamaba pruebas, no le hacía sentir que amar era estar disponible todo el tiempo. A veces le decía:

—Quedate escribiendo, Mate. Te hace bien tener tu tiempo.

Y esa frase, que hubiera debido aliviarlo, lo enojaba.

Tu tiempo.

¿Qué era eso? ¿Un lujo? ¿Una traición? ¿Una forma elegante de irse?

Una tarde, Clara le contó que se iba el fin de semana con dos amigas a las sierras de Lihuel Calel. Dos días. Caminata, mates, fotos, charla, descanso.

Mateo dijo:

—Buenísimo.

Pero la palabra le salió seca.

Clara lo miró.

—¿Te molesta?

—No.

—Mateo.

—Te dije que no.

Después se levantó y fue a lavar la pava, como si la pava tuviera la culpa. Clara se quedó en silencio. Esa fue su inteligencia. No discutió. No quiso arrancarle una confesión a la fuerza.

—No me voy contra vos —dijo apenas.

Mateo sintió que esa frase lo desarmaba.

—No dije eso.

—Pero lo estás viviendo así.

Esa noche casi no durmió. Primero estuvo ofendido. Después triste. Después furioso. Después vacío. Clara no había hecho nada. Solo quería irse dos días. Pero en él algo había traducido ese viaje mínimo como abandono.

Al otro día fue a ver a Elena, su analista.

No empezó hablando de Clara. Habló del trabajo, del aumento, de la plata, de la humillación. Habló del país. Habló de los vivos, de los que siempre se arreglan, de los que cobran sin culpa. Habló de los autores mediocres que se creían genios. Habló de la editorial como si fuera una obra mal hecha, una pared levantada sin plomo.

Elena escuchó.

Mateo dijo que estaba cansado de dar. Que nadie reconocía nada. Que todo el mundo pensaba en sí mismo. Que Clara también, un poco. No por el viaje, claro. Él no era tan mezquino. Pero había algo en esa facilidad de ella para disponer de su vida que lo sacaba de quicio.

—Ella decide y listo —dijo—. Como si nada.

Elena preguntó:

—¿Como si nada qué?

Mateo se quedó callado.

—Como si no le costara —dijo al fin.

—¿Y debería costarle?

Mateo miró el piso.

—No sé. Un poco.

—¿Por qué?

—Porque si uno quiere a alguien, no hace simplemente lo que quiere.

Elena no respondió enseguida. En la pausa se escuchó un auto pasando por la calle. Mateo sintió ganas de irse.

Entonces ella dijo:

—Para usted, querer a alguien parece exigir renunciar a algo propio.

Mateo sintió bronca. Después vergüenza. Después una tristeza vieja.

Vio a su madre diciendo “yo después como algo”. Vio al padre volviendo con las manos partidas. Vio a la abuela diciendo “no te la creas”. Vio la libreta del almacén. Vio al abuelo del cementerio barriendo hojas entre tumbas. Vio la silla de más contra la pared. Vio todo junto, como si la infancia no fuera una época sino una habitación que seguía encendida en alguna parte.

—En mi casa —dijo— el que quería algo era egoísta.

Elena asintió apenas.

—Y tal vez todavía le cuesta distinguir entre tener algo propio y quitárselo a alguien.

Mateo no lloró. El llanto hubiera sido más limpio. Sintió algo peor: una evidencia sin consuelo.

Al salir, caminó varias cuadras. Entró a una panadería y pidió una docena de tortas fritas. Después se arrepintió. Le pareció demasiado. Pensó en pedir media docena. Pensó en no comprar nada. Pensó en su madre diciendo dejale a tu hermano. Pensó en su padre contando billetes arrugados. Pensó en la libreta del almacén.

—¿Media docena? —preguntó la panadera.

Mateo tragó saliva.

—No. Una docena.

Pagó. Salió con el paquete caliente bajo el brazo. Se sentó en una plaza y comió una. Después otra. No pasó nada. Nadie murió. Nadie lo acusó. Nadie le retiró el amor. Las tortas fritas estaban apenas aceitosas, tibias, extraordinarias en su modestia.

El sábado Clara viajó.

Mateo estuvo tentado de escribirle muchas veces. “¿Llegaste?” “¿Todo bien?” “Mandame foto.” “Te extraño.” Algunos mensajes eran amor. Otros eran sogas.

Mandó uno solo:

“Espero que disfrutes. Yo voy a tratar de hacer lo mismo.”

Ella respondió con una foto del paisaje y un mate apoyado sobre una piedra.

Mateo miró la imagen. Sintió envidia. No de las amigas, ni del viaje, ni de la libertad de Clara. Envidia de esa piedra, que estaba ahí sin pedir permiso.

El domingo fue a almorzar con su madre. El padre ya caminaba más despacio, pero todavía revisaba paredes ajenas con ojos de albañil. La madre había hecho guiso y, para la tarde, buñuelos. La silla de más seguía junto a la pared, ocupada ahora por una bolsa con ropa para remendar.

Durante el almuerzo, la madre volvió a servirse poco.

—Comé vos —le dijo—. Yo después pico algo.

Mateo la miró.

Durante años había creído que esa frase era amor puro. Esa tarde la escuchó de otro modo. No dejó de ser amor, pero también era una deuda que nadie terminaba de pagar.

—Servite bien, vieja.

—Estoy bien.

—Servite.

Ella se rió.

—Ay, este chico.

—No soy chico.

La madre lo miró con una mezcla de ternura y cansancio.

—Para mí sí.

Mateo le puso más guiso en el plato. Ella protestó un poco, pero comió. Después dijo que estaba rico, como sorprendida de que el hambre también pudiera pertenecerle.

Más tarde, mientras tomaban mate, Mateo señaló la silla.

—¿Por qué siempre hubo una silla de más?

La madre siguió cebando. La pava silbó bajito sobre la hornalla.

—No sé. Costumbre.

—¿De quién?

—De tu abuela, creo. En el puesto siempre había que tener lugar por si caía alguien. Un peón, un viajero, un pariente, cualquiera. Después, en el almacén, también. Nunca se sabía quién podía necesitar algo.

Mateo miró la silla.

—Pero a veces no había para todos.

La madre no se defendió. Eso le agradeció.

—No —dijo—. A veces no.

Y después agregó:

—Pero una casa sin silla de más parecía una casa mezquina.

Mateo entendió algo. La silla no era solamente ausencia. También era orgullo. Hospitalidad. Miedo a parecer miserable. Deseo de estar a la altura de una decencia antigua. El problema no era la silla. El problema era que muchas veces habían dejado la silla para otro y se habían quitado el plato ellos mismos.

Esa noche volvió a su departamento y escribió un correo a su jefe:

“Necesito que revisemos mis honorarios. Mi trabajo excede las tareas por las que fui contratado. Propongo que conversemos esta semana para acordar nuevas condiciones.”

Lo leyó varias veces. Le pareció agresivo. Después le pareció justo. Después le pareció imposible. Después lo mandó.

No sintió alivio. Sintió miedo.

A veces la libertad no llega como alegría. A veces llega como abstinencia.

Clara volvió el lunes. Trajo piedras, fotos y una bolsita con peperina.

—Para tus mates —dijo.

Mateo puso la pava. Ella contó el viaje. Él escuchó. Cada tanto, una voz vieja le decía: no estuviste ahí, no fuiste necesario, ella pudo vivir sin vos. Pero esa vez no obedeció del todo.

—Me dio celos —dijo.

Clara dejó el mate sobre la mesa.

—¿De qué?

—De que puedas irte sin culpa.

Ella lo miró con cuidado.

—No me fui de vos.

—Ya sé.

Y era cierto. No lo sabía del todo, pero empezaba.

Un mes después, la editorial le aumentó poco. Menos de lo justo. Más que nada. Mateo aceptó por un tiempo y empezó a buscar otros trabajos. No renunció con épica. No descubrió de golpe su valor. No se volvió otro hombre. Solo dejó de confundir paciencia con destino.

También empezó a cobrar por las correcciones que antes hacía gratis.

Cuando un autor le preguntó si podía leerle un manuscrito “de onda”, Mateo respondió:

—Puedo leerlo, pero te paso presupuesto.

El autor no volvió a escribirle.

Mateo sintió culpa durante dos días.

Al tercero sintió espacio.

Con la plata de uno de esos trabajos compró una mesa nueva. No era lujosa. Era redonda, de madera clara, apenas grande para cuatro. Cuando su madre fue a visitarlo, dijo que era linda pero cara. Mateo no contestó. Puso la pava, sacó yerba, buscó dos mates porque a su madre le gustaba tomar en el suyo, y acomodó en un plato unas tortas fritas que había comprado en la panadería.

Después dejó una tercera silla cerca de la ventana.

La madre la miró.

—¿Esperás a alguien?

Mateo cebó el primer mate y se lo alcanzó.

—No —dijo—. Es por si alguien viene.

La frase quedó suspendida en la cocina.

Pero esta vez había tortas fritas para todos.

Y si nadie venía, también estaba bien.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.