Conclave (2024): Intrigas, secretos y el juego de poder en el Vaticano. 

Si alguien me hubiera dicho que encontraría una película con una propuesta sumamente atrapante en el Vaticano, planteada como un thriller político más que como una simple exploración moral, habría creído que era una broma. Porque claro, el Vaticano como espacio narrativo tiende a ser abordado con una reverencia paralizante o, en el mejor de los casos, con una crítica superficial que rara vez interroga los cimientos de su poder simbólico. Conclave, dirigida por Edward Berger, subvierte estas expectativas para articular un discurso profundamente político y metatextual sobre el ritual, la burocracia y el espesor simbólico del poder.

El cine religioso, con frecuencia, sucumbe ante su propio exceso de gravedad. En un intento de no trivializar la materia, las producciones terminan engendrando relatos que se tambalean entre lo histrónico y lo anódino. Pensemos en Silence (2016) de Martin Scorsese, una épica espiritual que abrumó a la crítica pero que, en su densidad, deja al espectador atrapado en un laberinto existencial sin salida clara. O bien The Two Popes (2017) de Fernando Meirelles, que entre pizzas y charlas de fútbol intentó desdramatizar las intrigas papales, pero cayó en una especie de ligereza que reduce la institución a un escenario para el carisma de sus protagonistas. En este contexto, Conclave se propone como un contrapeso narrativo, rechazando la espectacularidad y optando por una puesta en escena minimalista que densifica cada gesto y cada palabra hasta convertirlas en vehículos de tensión.

Basada en la novela homónima de Robert Harris, publicada en 2016, Conclave plantea un abordaje que se desliza entre el ritual y el thriller político. Harris, un autor conocido por su habilidad para transformar los mecanismos históricos en ficción especulativa, construye una trama que pivotea sobre la elección papal tras la muerte repentina del Pontífice. Pero lo que podría haber sido un simple ejercicio de intriga clerical se convierte, en manos de Berger, en una exploración casi claustrofóbica de las dinámicas de poder al interior de una institución obsesionada con su propia perpetuidad.

Conclave - FilmNation Entertainment

El cónclave, como dispositivo narrativo, ofrece un espacio cerrado que opera como metáfora de la opacidad institucional. La Capilla Sixtina, recreada con un detalle meticuloso en los estudios Cinecittà en Roma, se convierte en un escenario cargado de tensión simbólica. Los frescos de Miguel Ángel, con su ambivalencia entre lo celestial y lo terrenal, actúan como testigos silenciosos de una serie de deliberaciones que oscilan entre la devoción y la intriga política. La muerte del Papa no es solo un detonante narrativo, sino un recordatorio de la fragilidad humana que contrasta con la aparente inmortalidad de la institución que deja atrás.

Desde sus primeros planos, Conclave establece un lenguaje visual que subraya la repetición como mecanismo de control. Las tomas estáticas, casi pictóricas, construyen un espacio narrativo donde cada movimiento parece predeterminado, como si los personajes estuvieran atrapados en un tablero de ajedrez divino. Pero esta contención formal no implica frialdad; al contrario, permite que los gestos más pequeños —un susurro, una mirada desviada— se conviertan en eventos cargados de significado. Berger utiliza este enfoque para explorar las tensiones entre la fe personal y la maquinaria institucional que la regula.

Conclave - FilmNation Entertainment

El elenco es otro de los puntos altos de la película, liderado por un Ralph Fiennes en estado de gracia. Como el cardenal Thomas Lawrence, Fiennes construye un personaje que combina autoridad con una vulnerabilidad latente, capturando la paradoja de un hombre que debe guiar un proceso del que desconfía profundamente. Su interacción con los otros cardenales, interpretados por actores de la talla de Stanley Tucci y John Lithgow, refuerza la sensación de que cada palabra y cada gesto forman parte de un juego de poder que transcurre tanto en el plano visible como en el subtexto.

La película también aborda, de manera incisiva, las tensiones socioculturales que atraviesan a la Iglesia en el presente. Sin caer en el panfleto, Conclave plantea una crítica que no es tanto contra la fe, sino contra la estructura que la administra. La figura de Lawrence se convierte en un símbolo de esta ambigüedad: un hombre atrapado entre su devoción personal y la corrupción sistémica que lo rodea. Este conflicto interno se ve reflejado en la puesta en escena, donde los espacios cerrados y la iluminación tenue refuerzan la sensación de aislamiento y opresión.

Un aspecto particularmente fascinante es cómo la película utiliza el silencio como elemento narrativo. En un mundo saturado de palabras, el silencio en Conclave adquiere un peso dramático que trasciende lo escénico. Es un silencio que habla de complicidad, de secreto, pero también de reflexión. Berger parece entender que, en el contexto del Vaticano, el silencio no es ausencia, sino una forma de discurso.

Conclave - FilmNation Entertainment

En términos temáticos, Conclave aborda cuestiones de poder y moralidad con una sofisticación que rara vez se ve en el cine de hoy en día. La película no solo explora las luchas internas de sus personajes, sino que también reflexiona sobre la tensión entre lo humano y lo divino. La repetición ritualista de las votaciones, por ejemplo, no es solo un mecanismo narrativo, sino una forma de cuestionar la validez del consenso como forma de verdad. ¿Qué significa elegir un líder espiritual cuando el proceso está impregnado de intereses mundanos? Este pregunta se desarrolla a lo largo de la película, sin ofrecer respuestas fáciles, pero dejando al espectador con una sensación de inquietud.

El cine religioso, como género, ha sido siempre un espacio de tensión entre lo sacro y lo profano, entre la necesidad de representar lo divino y la imposibilidad inherente de capturarlo en términos humanos. Esta tensión se manifiesta tanto en las temáticas abordadas como en las elecciones formales de los realizadores, que deben equilibrar el peso simbólico del tema con las demandas narrativas del medio cinematográfico. Películas como Ordet (1955) de Carl Theodor Dreyer o El evangelio según San Mateo (1964) de Pier Paolo Pasolini lograron trascender estas limitaciones al adoptar enfoques profundamente personales, casi místicos, que subvierten las estructuras tradicionales del relato. Sin embargo, en la mayor parte de las producciones contemporáneas, el cine religioso tiende a quedar atrapado en los mismos dilemas que pretende explorar, cayendo en un moralismo que empobrece su capacidad de interpelar al espectador.

En este sentido, Conclave destaca precisamente porque no intenta responder preguntas, sino plantearlas con una agudeza que trasciende lo evidente. Al enfocarse en el ritual del cónclave, la película pone en primer plano el carácter performativo de la fe institucionalizada. Cada voto emitido, cada gesto ritualizado, cada palabra pronunciada en latín se convierte en un recordatorio de que la espiritualidad, en manos de la institución, es tanto un acto de devoción como una herramienta de control. Esta ambigüedad es lo que permite que la película dialogue no solo con el presente de la Iglesia, sino también con el lugar del ritual en la sociedad contemporánea, donde lo simbólico parece haber sido desplazado por lo utilitario.

Conclave - FilmNation Entertainment

Asimismo, el film no rehúye explorar la tensión entre lo universal y lo particular, un tema recurrente en el cine religioso pero que aquí adquiere una relevancia especial. La figura del Papa, como líder espiritual de una comunidad global, contrasta con las disputas internas de los cardenales, cuyas ambiciones y lealtades están marcadas por contextos culturales y políticos específicos. Esta fractura entre el ideal universalista y las realidades particulares es un espejo de las tensiones que atraviesan a la Iglesia en su conjunto, y Berger la utiliza para cuestionar no solo la legitimidad del proceso, sino también la validez del propio ideal.

Finalmente, la película se permite un acto de subversión que es tanto narrativo como temático. El desenlace, lejos de ofrecer una resolución clara, refuerza la ambigüedad fundamental que define a Conclave. En un mundo que demanda certezas, la película elige la duda como su postura ética y estética. Este gesto, aunque pueda frustrar a algunos espectadores, es precisamente lo que eleva a la obra por encima de la mayoría de las producciones del género, convirtiéndola en un relato que no solo refleja, sino que también desafía, las contradicciones inherentes a la fe y al poder.

Conclave - FilmNation Entertainment

Hacia el final, Conclave se permite un giro narrativo que, lejos de ser un simple recurso de sorpresa, recontextualiza todo lo que ha venido ocurriendo. Este desenlace no solo subraya la fragilidad de las estructuras de poder, sino que también refuerza la idea de que, incluso en su aparente perfección, el ritual está sujeto a la falibilidad humana. En este sentido, la película se convierte en un comentario sobre la condición humana misma: siempre en busca de trascendencia, pero irremediablemente atada a lo terrenal.

Conclave no es una obra que se consuma fácilmente. Su densidad narrativa y su enfoque visual demandan un espectador dispuesto a participar activamente en el proceso interpretativo. Pero para quienes acepten el desafío, la recompensa es una experiencia cinematográfica que, lejos de ser olvidable, se planta como una reflexión profunda y provocadora sobre el poder, la fe y las contradicciones de la naturaleza humana.

Aunque ya está disponible para su visionado online, su estreno en los cines uruguayos el 30 de enero de 2025 promete dar lugar a discusiones que trasciendan la pantalla.

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