A próposito de LA FLOR de Mariano Llinás 

POR LISARDO QUEVEDO

¿Alguna vez escuchaste sobre esta película argentina que dura catorce horas? Si no es así, llegaste al lugar correcto.

Cada vez que un crítico o periodista hace referencia a la película La Flor del director Mariano Llinás, lo primero que destaca es su longitud. Ya que el largometraje dura exactamente 803 minutos. Un suceso a nivel mundial cinematográficamente hablando, pero principalmente en la escena nacional. Su duración no es extraña pensando que su rodaje duró alrededor de 10 años. Su anterior largometraje llamado Historias Extraordinarias (2008), exactamente estrenado 10 años antes que La Flor, presenta una longitud de 242 minutos. También se sale de la duración habitual de las películas nacionales. Esta película está producida por El Pampero Cine, productora compuesta por el mismo director, Alejo Moguillansky, Laura Citarella y Agustín Mendilaharzu. El Pampero Cine nace en el año 2002, más que como una simple productora, como un grupo de personas dispuestas a experimentar y a renovar los procedimientos y las prácticas del cine hecho en la Argentina. Ha impuesto en el país una nueva manera de producir, trabajando con presupuestos marcadamente inferiores a la más pequeña de las producciones industriales sin que dicha inferioridad de condiciones tenga relación alguna con la calidad técnica o estética de las obras. Una película como La Flor no hubiera sido posible si el Instituto Nacional de Artes Audiovisuales (INCAA) intercediera, ya que para acceder a sus beneficios hay que cumplir ciertos requisitos como tiempos, duración y rendición de los costos todo a tiempo.

Elisa Carricajo, Laura Paredes, Valeria Correa y Pilar Gamboa.

Ahora bien, más allá de la duración que entiendo que sea un punto para destacar, la película es mucho más que eso. Es difícil de describirla, no es como esas películas que le podés contar a un conocido de qué se trata cuando pregunta. Lo primero que sale decir es: “Dura 14 horas”. Principalmente porque la película es una experiencia, es necesario vivirla para poder entender de qué se trata. Siempre que se proyectó en salas fue en el lapso de 3 días separada en 3 partes, siendo la segunda parte la más larga. Cada parte está compuesta por distintos episodios, en total seis. La parte uno está compuesta por dos, la parte dos solo por uno y la parte tres cierra con tres episodios. La película también presenta un prólogo, donde el director le intenta explicar al espectador la película en primera persona, sentado en un banco rodeado de árboles. Y solo al ver esta presentación, ya sabemos que lo que veremos a continuación va a ser rupturista.

Explica que son seis historias y que hay cuatro que empiezan y no terminan. Es decir, empiezan y se quedan en la mitad. No tienen final. Después viene el episodio cinco, que empieza y termina, como un cuento. Y finalmente el sexto episodio, que empieza en la mitad y termina todo el film. Luego dice que cada episodio tiene su género, por así decirlo. El primero, es casi una película de la serie B. De esas que los americanos antes filmaban con los ojos cerrados. Y ahora ya no saben o no pueden hacer más. La segunda es una especie de musical pero con algunos toques de misterio. La tercera es de espías. La cuarta no se entiende bien de qué es. Ni siquiera el propio director, en el momento de hacer este prólogo, lo tiene del todo claro. La quinta está inspirada en una película francesa filmada hace muchos años [Partie de champagne (1946), dirigida por Jean Renoir]. La última es sobre unas cautivas del siglo XIX, que vuelven del desierto de los indios después de mucho tiempo. Y luego de explicar los episodios, destaca que en todos los episodios están las mismas cuatro mujeres haciendo distintos papeles. Valeria Correa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Pilar Gamboa. Estas cuatro actrices conforman el grupo teatral llamado Piel de Lava. Dice que la película es sobre ellas cuatro y de alguna manera, es para ellas cuatro. Y finaliza el prólogo diciendo que cree que eso es todo, por ahora. Porque vuelve a aparecer a mitad de la película con otra interacción en pantalla.

Pero a esto quería llegar, ¿es posible calificar a La Flor como una película multi género? ¿Realmente alcanza esta descripción que hace el director para entender la totalidad del film? ¿Es una película dedicada a que cuatro actrices demuestren su talento?

Las cuatro actrices en el último episodio de La Flor.

Las primeras dos preguntas las dejaremos de lado en este momento. Ya que es algo subjetivo del espectador y cada uno lo puede interpretar de distintas maneras. Pero desarrollemos un poco la última.

Luego de los créditos iniciales viene una gran escena en la que se presenta a las protagonistas y los secundarios, el lugar donde trabajan, la actividad que realizan y se enuncia el conflicto. Básicamente todo el primer acto resuelto en un solo plano secuencia de ocho minutos que comienza con Elisa Carricajo, la arqueóloga argentina, entrando al instituto visiblemente acongojada y lidiando con un montón de problemas que no puede resolver. Finalmente rompe en llanto cuando le avisan que ha llegado una carga sin autorización. En ese momento llega Laura Paredes, la investigadora catalana, y con una actitud opuesta recorre el mismo itinerario que su colega y resuelve cada inconveniente con una sencillez y convicción que transforma lo que antes parecía una tragedia en una comedia. La escena finaliza con la revelación del contenido de la carga: una misteriosa momia con los ojos vendados. Este movimiento espejado que corrige su trayectoria es un ejemplo de economía narrativa y de creatividad formal. Un movimiento que, mientras desarrolla el universo de la ficción, describe el vínculo entre las protagonistas mediante una duplicación. Es hacer mucho con poco. En esta misma secuencia se puede apreciar una constante llamativa de la puesta en escena que continuará durante todo el capítulo (y más allá): la cámara permanece demasiado cerca del rostro de las actrices, de tal manera que impide ver el lugar en el que están y las acciones que se realizan. La cercanía de la cámara produce una gran falta de profundidad de campo, un desenfoque radical de todo lo que no esté a la altura del rostro y por lo tanto, y paradójicamente, impide que el espectador se identifique con el personaje, que experimente las cualidades del espacio en el que transcurre la acción. Mientras la acumulación de primeros planos vuelve visualmente monótona la película, la profusión de relatos en on y en off con distintas tonadas de castellano (porteño, sanjuanino, español), sumados a una estridente musicalización que conduce las emociones, hace de la banda sonora una dimensión de gran riqueza. Como si cumpliera la función de orquesta y proscenio al mismo tiempo: está bien adelante, cerca del espectador, aportando el marco a la escena. La gran mayoría de los encuadres son una especie de retrato que funciona como una página en blanco en la que se puede escribir cualquier historia valiéndose de la banda sonora, algunos raccords de mirada y un poco de efecto Kuleshov. Esta constante formal hace que todo el capítulo adquiera una fuerte impronta abstracta.

Esto que vemos en el primer espisodio de La Flor, es un experimento que se repite constantemente en la película. Poniendo a prueba las habilidades actorales de las actrices.

Y vos, ¿ya viste La Flor? Recomiendo que se reserven un fin de semana para hacerlo porque no serán las mismas personas al momento que termina el metraje.

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