Con ánimo de amar 

Enamorarse es una locura socialmente aceptada. Esto es lo que le dice Amy Adams (amiga y vecina) a un atribulado Joaquin Phoenix en Her, la película de Spike Jonze del 2013, de la que nos ocuparemos más adelante. De amor y otras ficciones trata este artículo, y de cómo esa locura fue abordada por el cine a lo largo del tiempo.

Clases de amor

Pero vamos a empezar exactamente por lo opuesto, aquellas veces en que el cine cambió de paradigma y se volvió romántico aceptando locuras socialmente no aceptadas. Vale recordar que hasta hace relativamente poco en términos históricos (digamos, hasta este siglo), el género romántico estaba acotado a la relación entre un hombre y una mujer, que en la mayoría de los casos se conocían de una manera accidentada y tras una serie de peripecias se veían forzados a modificar su mala impresión inicial. Él podía ser algo (o mucho) mayor que ella, ella no. El género estaba enmarcado en esos límites. Y ya era tiempo de superarlos.

Si la relación era entre personajes del mismo sexo el género de la película nunca era el romántico sino el drama solemne y bien intencionado (si se trataba de hombres también podía ser la comedia, sobre todo por estos lados y en los años 80). Que una película como La vida de Adele (2013) conquiste al público y a la crítica hubiese sido imposible de pensar un par de décadas antes. Se trata igual de un amor con barreras, pero ya no las de los prejuicios sino las que siguen existiendo, que son las de clase. Aunque a su director Abdellatif Kechiche, le guste provocar, no está inventando ni reinventando nada, su historia de amor es narrativamente clásica, sus escenas de sexo escandalizaron poco y el vínculo entre sus protagonistas, afortunadamente, ya no escandalizó a nadie. Más riesgos tomó Greta Garbo componiendo un personaje bisexual ochenta años antes en La reina Cristina de Suecia (1933) de Robert Maumoulian. Por supuesto que esto era apenas una sugerencia en aquel film, pero el punto es que no habría Adele sin Cristina. Quedará para una nota futura un desarrollo mayor de este tema.

Voz y yo

Ahora si vamos a Her, contando brevemente de qué se trata.

Theodore y Samantha se entienden. Ella lo acompaña como nadie, y es bastante complicado afirmar que ella sea alguien, porque todo ocurre en un futuro muy cercano y Samantha es nada más y nada menos que un sistema operativo con una inteligencia artificial extraordinaria.

Hay que ver como ese punto de partida propio de una comedia disparatada se vuelve verosímil. Theodore no responde al lugar común de personaje desesperado que muestra su patetismo sosteniendo una vergonzosa relación imaginaria. Y Samantha no tiene cuerpo pero si entidad, y una manera muy genuina de relacionarse. Encontrar el tono adecuado es el primero de los muchos aciertos de este bello film.

Lo unipersonal no quita lo romántico. Theodore y Samantha van de paseo, por la playa o por donde fuera, aunque sean mucho menos que dos. A él se lo puede ver casi todo el tiempo, antes del amanecer, del atardecer y de la medianoche, a ella solo se la escucha (que sea la voz de Scarlett Johansson ayuda mucho). En ese mundo cercano, apenas más avanzado y hipster las relaciones entre personas y sistemas operativos son aceptadas. De hecho, en ese mundo, nada parece ser muy cuestionable o cuestionado. Con todo casi serenamente resuelto, solo queda perseguir el sabor del encuentro, y arriesgarse al dolor del desencuentro.

Jonze vuelve a demostrar, como en ¿Querés ser John Malkovich? (1999), El ladrón de orquídeas (2002) y Donde viven los monstruos (2009) que es uno los directores más interesantes del cine norteamericano, con un estilo definido y encantador, y un humor melancólico que lo conecta con el cine de Wes Anderson, aunque con mayor amplitud y ambigüedad, pero sin llegar tampoco a la ambición y el riesgo del otro Anderson (Paul Thomas). Aquí, más allá de la originalidad del planteo y la belleza ostensible de cada imagen, queda poco espacio para preguntarse por cómo nos relacionamos con la tecnología y mucho para enfocarse en cómo nos relacionamos, en general.

El vínculo como un dispositivo ortopédico, un espacio a completar con nuestras propias proyecciones. En su película más amable, Spike se mete con el tema más incómodo.

Eterno resplandor

El cine suele ser romántico. Sobre todo el del Hollywood más clásico, pero vendría bien definir qué es “lo romántico” antes de seguir. Ya no hablemos del género (el cine se está volviendo saludablemente transgénero). Tampoco de lo romántico entendido desde su merchandising, como las flores y los bombones, sino del romanticismo como movimiento cultural y artístico del siglo diecinueve, una especie de respuesta a la Ilustración, que a su vez iba a generar otras reacciones. Sin detenerse demasiado en todo esto, es útil mencionar su herencia en todo el cine (no solo el de género) con sus mundos idealizados. Y es que hay que creer, a pesar de todo, y es por eso que Aki Kaurismaki también es un romántico.

Embriagándose de amor

Terminamos con aquellas películas que responden a los cánones más clásicos del romanticismo en el cine. Si tuviera que elegir solo una probablemente sería Antes del amanecer (1995) de Richard Linklater, porque allí todo es ideal, con dos personajes que son puro porvenir. Ese ideal choca, y pelea (y ocasionalmente gana), con la realidad y el paso del tiempo en los siguientes títulos de la trilogía, Antes del atardecer (2004) y Antes de la medianoche (2013). Jesse y Céline ya son parte indispensable de mi vida y quizás con ellos alcance, pero el cine es poliamor y seguiré adelante, con ánimo de armar un top-ten.

Este tour romántico bien podría completarse con títulos que justamente usé en los párrafos anteriores, como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), de Michel Gondry y Con ánimo de amar (2000) de Wong Kar Wai, dos películas extraordinarias y dos exploraciones muy distintas de lo mismo, el dolor de no ser, del lado del absurdo en el caso de una pareja que ya dejó de serlo y del lado de la elegancia en una que siempre está por empezar. Las dos están consideradas entre las mejores películas de este siglo, en particular Con ánimo de amar que para la crítica parece insuperable, pero a mi juicio tiene rival en esto de hablar del amor y el desamor a puro estilo en la película polaca Cold War (2018) de Pawel Pawlikowski (aunque para el título prefiera la otra). Y para ponerle una competidora al film de Gondry bien podría pensarse en la extrañeza de Embriagado de amor (2002), del mencionado Paul Thomas Anderson, que hace que todas las demás resulten mucho más convencionales.

Y ya que he mencionado a Kaurismaki, voy a terminar con él, no tanto por la reciente Hojas de otoño, que también es muy romántica, sino por su primera y no tan recordada experiencia en este terreno, que fue Sombras en el paraíso, de 1986. Una lista para discutir, y quizás para amar, escrita en un día que como corresponde es pura ficción, y por alguien que en el fondo es un romántico.

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