Lisa Frankenstein: necrofilia y película italiana. Spoilers

La atracción por los cadáveres se llama necrofilia, y el cine la trabaja desde siempre. Es más, basta pensar en imágenes filmadas hace (no) tantos años atrás para comprobar el carácter fantasmal que provocan, al revivir cuerpos ausentes. Si esas imágenes, además, nos cautivan, emocionan, apasionan… No hace falta llegar a límites semejantes, o sí; en todo caso, el cine expone un asunto atractivo y revulsivo. Algunas películas lo hicieron de un modo ejemplar, una de ellas es una obra maestra y es Vertigo (1958), de Alfred Hitchcock. Otras lo han hecho de una manera más escatológica, a veces difícil de tolerar; para el caso, la inevitable Nekromantik (1988), de Jörg Buttgereit.

Puestos en el tema, Frankenstein tiene todo que ver con este asunto. Los hombres y las mujeres siempre estuvieron en el imaginario del doctor, deseoso de darles vida. (Así como en sus lectores y espectadores, lectoras y espectadoras.) Pero, aun cuando el libro sea obra de una mujer, la notable y politizada Mary Shelley, las películas priorizaron -como lo hizo la historia de las imágenes- el punto de vista masculino. De este modo, y bajo la égida de la mirada del hombre, el cine perfiló y delineó mujeres a su gusto y antojo. Desde no hace mucho, las mujeres pudieron, efectivamente y sin ser excepciones, tomar la cámara y filmar(se) de otras maneras.

Con la estela a favor de Pobres criaturas, la preciosa película de Yorgos Lanhtimos, las adorables creaturas del doctor volvieron a la vida cinéfila por estos días. Sobre la película del director griego publiqué un artículo, en donde la relaciono con otros dos films de progenie obligada: Bride of Frankenstein (1935) y Frankenstein Created Woman (1967). Las películas podrían ser más, también otras. En todo caso, me encantó descubrir el estreno reciente de Lisa Frankenstein (2024), con dirección de Zelda Williams y guion de Diablo Cody (Juno, Young Adult, Tully). Por temática y fonética, pensé invariablemente en La figlia di Frankenstein (1971), film italiano de fuerza motriz norteamericana, dirigido por Mel Welles. Y no pude resistir lo que sigue.

“Soy la hija de mi padre”

A primera vista, La figlia di Frankenstein (conocida en Argentina como Lady Frankenstein) surge desde varios lugares concomitantes. Por un lado, es consecuente con el éxito de las películas Hammer, de más de una década atrás y entonces aún con éxito, que el film rememora desde su dirección artística (limitada), vestuarios y temática. De igual modo con los films de American International Pictures, sobre todo los dirigidos por Roger Corman, a partir de historias de Edgar Allan Poe. De hecho, Mel Welles, también actor, lo fue en varios títulos cormanianos; entre ellos The Little Shop of Horrors (1960). Por otra parte, el film responde también a su propia tradición, algo desvariada y no menos atractiva, habida cuenta de cómo el gótico italiano enraizó de modo característico en Europa.

De este cruce espiralado surge La figlia di Frankenstein, con un barón interpretado ni más ni menos que por Joseph Cotten, en el que es uno de los roles olvidables de su carrera, todo hay que decirlo. Pero, ¿quién puede negar el mérito de contar con su tarea? Además, basta con que gesticule, diga (en italiano) y se mueva ante la cámara, con la autoridad de quien sabe (y él sabía, mucho), para que el film se redimensione y provoque expectativas. Que las tiene, aun cuando más o menos las cumpla.

Además, estas películas tienen un merecido encanto ganado. Los castillos y lugares filmados existen, son monumentos históricos que la cámara captura, por donde sus personajes se desenvuelven, y eso es algo que siempre me atrapó. A diferencia del cine europeo, provisto de locaciones históricas, el norteamericano tiene que recrear, mentir y construir, castillos semejantes. Y esto es algo que la imagen explora a favor, sea en la reducción presupuestaria como en el encanto mismo del mito que vivifican.

Según narra Roberto Curti en Italian Gothic Horror Films, 1970–1979 (McFarland & Company, 2017) La figlia di Frankenstein surge del contacto entre dos norteamericanos en tierra italiana: el productor Harry C. Cushing y el director Mel Welles. El primero, en todo caso, fue un productor advenedizo, con unos cuantos dólares para gastar; y enamorado como estaba de la actriz Rosalba Neri, quiso a toda costa producirle un film. (Igualmente, parece que esto no fue suficiente para conquistarla). Welles, por su parte, estaba trabajando en Italia luego de filmar con Roger Corman en Estados Unidos. Ante la oferta, el director no dudó. En cuanto al guion, Curti agrega un dato precioso: Welles lo escribió en tres semanas junto al guionista Edward Di Lorenzo, “posiblemente inspirado en el cómic For the Love of Frankenstein, escrito por Bill Warren y dibujado por Jack Sparling, publicado en Vampirella #4 (Abril 1969)” (p. 34). El vínculo con Corman (a través de New World Pictures) permitió al director obtener un mejor presupuesto, a cambio de la cesión de derechos para la distribución en Estados Unidos. Igualmente, hubo que hacer recortes. El cachet de Joseph Cotten era alto, motivo por el cual éste muere a mitad del metraje, en el “abrazo mortal” de su propia creatura. Ah, también la película cuenta con efectos visuales a cargo de Carlo Rambaldi, años antes de ser laureado por su trabajo en films como King Kong (1976), Alien (1979) y E.T. the Extra-Terrestrial (1982).

La figlia di Frankenstein es una película necrófaga y de ribete feminista. Este último rasgo lo testimonia el propio Mel Welles en el libro de Curti, y es algo que realmente se percibe en el film (tampoco exageremos). Tania Frankenstein (Rosalba Neri) es la hija orgullosa del doctor, a cuya morada vuelve luego de finalizar sus estudios de medicina. Así como el padre, Tania disfruta de las cirugías y los experimentos que, parece, le han valido idénticos enojos en la academia. A espaldas del padre, ella siempre estuvo al tanto de los trasplantes con “órganos de animales” con los cuales éste le mentía. Digna hija de su padre (así lo dirá ella), pedirá ocupar el mismo lugar que éste, ayudándole en sus propósitos.

Rosalba Neri mira con ganas al cadáver de sus deseos.

De este modo, el barón logrará su cometido de crear vida, aun con el riesgo de hacerlo con un cerebro dañado. De manera inevitable, el energúmeno resultante no maneja su temperamento y mata a quien se le cruza; y como hemos dicho, al propio creador. A partir de allí, el raid de muertes se dispara por el pueblo, y será cuestión de horas para que una turba se organice. Entre estos asesinatos, hay uno destacable, porque cita al Frankenstein (1931) de James Whale, en aquella escena inolvidable, donde el monstruo tira al lago a la niña y provoca involuntariamente su muerte. Aquí la situación se reitera, pero con una pareja que tiene sexo. Él sale corriendo y la deja a ella, desnuda, a merced del monstruo, quien la toma entre sus brazos, emula la efigie de la bella y la bestia, para arrojarla al río donde muere.

Tania, por su parte, elabora un plan. Para ello, se vale del interés sexual de Charles (Paul Muller), el ayudante de su padre. Enamorado de ella, éste accede a que su cerebro sea trasplantado al cuerpo del sirviente, cuyo cuerpo está en óptimas condiciones. De este modo, Tania pergeña su amante perfecto: inteligente y de cuerpo atractivo, con la excusa de crear así al oponente ideal del monstruo que mató a su padre. Como se ve, ella es tan científica como el barón, y puede dar a luz al amante que se le antoje. Si tiene que manipularlos a ellos, a los hombres, ¿por qué no hacerlo?

Las cosas saldrán más o menos como se prevé, pero para eso mejor mirar la película. Solo destacar el desenfado sexual que exhibe, con escenas que suben la temperatura para los códigos de la época, y la sitúan a ella, la fría y no menos sensual Rosalba Neri, como dominatrix del asunto. El desenlace, entre fuego, sexo y muerte, es un hallazgo. Y no es un dato menor constatar que al policía obcecado que investiga a Tania, el film lo deja inconsciente tras un golpe del monstruo, mientras la turba se desentiende también, dejándolo tirado.

Cómo coser esa parte faltante

A grandes rasgos, debo decir que Lisa Frankenstein me prometió más de lo que vi. Sin embargo, tiene sus ribetes de interés. Hay situaciones ocurrentes, otras no tanto, y el diálogo con La figlia di Frankenstein (cuyo título en EE.UU. también fue Lady Frankenstein) aparece desde una misma cuestión necrofílica. En lugar de Tania, tendremos ahora a Lisa (Kathryn Newton), adolescente gótica, solitaria y con tiempo libre en el cementerio, donde rinde tributos de afecto a la tumba de otro solitario, de tiempos idos.

El muchacho victoriano en cuestión (Cole Sprouse) volverá a la vida en una noche de truenos y relámpagos, para hacerse presente en la habitación de Lisa. Entre el muerto que quiere parecer un ser vivo, y la mujer que se maquilla de maneras mortuorias, se entreteje una relación un tanto sardónica pero no menos amorosa. Ni qué decir que ella esconde a su cadáver amante en el ropero, para usarlo cuando le plazca. ¿Qué mejor ejemplo necrofílico?

Desde luego, el tono de Lisa Frankenstein es teenager, y lo aquí señalado se retrata con pudor y distancia; a veces, con suma astucia. Hay ciertas partes del cuerpo que ella deberá remendar en su amante para mejorar su “funcionamiento”; entre ellas, una oreja (¿nexo lyncheano?) y, claro, lo que ya saben. El plano desde el cual esta “operación” es realizada, emula lo que también ya saben, ¡con hijo y aguja!

Lisa Frankenstein no omite sus referencias fílmicas, entre ellas, es evidente Edward Scissorhands (1990, Tim Burton) pero también el mundo teen de las comedias high-school Disney; para bien y para mal. El color estridente, el poco presupuesto, la imaginería chicle-globo y la cultura del “más popular”, hacen de Lisa Frankenstein una propuesta más o menos atractiva, según se mire. Por otra parte, su estética está cerca de la que tal vez sea la película menos lograda de Rob Zombie: The Munsters (2022), basada en la popular serie televisiva, competencia de los mucho mejores Locos Addams. Entre ésta y aquella, pareciera intentarse una reelaboración actualizada de clichés de otros años, con la estética límpida de la imagen digital: el maridaje no funciona del todo.

Un Nosferatu con ataúd solar.

A favor, diremos que Lisa Frankenstein hace de su protagonista la verdadera heroína del asunto, ratificando su proceder y concediéndole la plasmación de sus deseos. Ahora bien, se podrá decir que tales cuestiones son las que habitualmente sobresalen en este tipo de films, sí, es cierto, pero en este caso, se trata de alguien que participa del asesinato de su madrastra, reniega de su padre (tonto y sumido en los designios de su esposa), y se quitará de encima a quien haga falta, con tal de lograr su cometido: estar con el tipo que quiere. Que éste esté muerto, qué importa, a los deseos no se los puede aniquilar. Paradójicamente, vale citar a Freud, cuando dice que está muerto quien no desea. Ella prefiere desear a un muerto y éste, como debe ser, la convoca a su eternidad sonámbula. Felices para siempre y entre lombrices.

Por último, lo primero: el arte animado de los títulos con los que inicia la película constituye un cortometraje autónomo, de síntesis narrativa. Puro disfrute.

Leandro Arteaga

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