"Late night with the devil": Los demonios del prime time Spoilers

En muchas ocasiones, utilizamos la manida expresión de “película arriesgada” por el simple hecho de que los creadores de la misma se atrevan a salirse mínimamente de los márgenes delimitados por las convenciones del género.

Y bien es cierto que podríamos decir que el terror es uno de los géneros que puede agotarse más fácilmente, dado que los recursos y herramientas a los que normalmente recurre, suelen estar muy manidos y resultan previsibles para gran parte del público. Por eso mismo, los directores que se circunscriben a este tipo de películas, se encuentran continuamente a la caza de historias cada vez más espeluznantes, sobrepasando en ocasiones los límites de lo verosímil e incluso de lo digerible.

Por ello, de un tiempo a esta parte, y sobre todo a partir del desarrollo e implementación del lenguaje del video en el terreno cinematográfico, el terror ha vivido una época dorada de experimentación a través de los códigos visuales. Desde la ya mítica “El proyecto de la bruja de Blair” (Eduardo Sánchez y Daniel Myrick), que puso de moda el término de “found footage” o metraje encontrado a principios del 2.000, pasando por la española “Rec” (Jaume Balaguero y Paco Plaza) o “Cloverfield” (Matt Reeves), la formula de acercar lo sobrenatural a los códigos visuales más pegados a la realidad, parecía haber tocado techo.

Y cuando ya parecía que la formula mixta entre el ya mencionado “found footage” y el “mockmumentary” (o falso documental) se encontraba agotada, nos llega “Late night with the devil”. El film, dirigido por Cameron y Colin Cairnes, se lleva el concepto de metraje encontrado a los años 70, concretamente a un late night televisivo americano. Y es que, como ya pareció entender muy bien Charlie Brooker en la última temporada de “Black mirror”, cuando el terror está demasiado pegado al día a día, llévatelo al pasado.

De esta manera, Colin y Cameron, nos presentan a Jack Delroy, el conductor de “Night Owls”, y a la postre enigmático miembro de una supuesta secta ocultista, quien tras haber pasado una temporada de crisis existencial debida al fallecimiento de su esposa, regresa con la fuerza de un ciclón para comerse a Johnny Carson. Lo intentará, dedicando un programa especial a la festividad de Halloween, en el que presenciaremos las grabaciones confidenciales de lo que sucedió aquella fatídica noche, incluyendo hipnosis, mentalistas convulsionando, y (como no), una niña poseída por satanás.

Si nos detenemos a analizar la película argumentalmente, podríamos achacarle su previsibilidad. El guión está tan bien escrito y los acontecimientos se desarrollan de manera tan correcta, que es evidente todo lo que va a pasar. La gracia es el CÓMO pasará. Y es que, no creo que sea correcto decir que nos encontremos antes una película de terror, sino ante una sátira que utiliza el terror para comunicarnos algo mucho más interesante, relacionado con el ansia de poder y las consecuencias que esto provoca.

Pero quizá, lo más interesante de “Late night with the devil” sea su puesta en escena y las propias limitaciones que los directores se auto imponen en un magistral ejercicio de creatividad visual. Para resumirlo brevemente, la película se estructura en dos partes que se alternan como un reloj en cuanto a tiempo y forma. Por un lado, los fragmentos del propio programa que se emiten a través de la señal televisiva, y por el otro, lo que sucedió entre bastidores durante las pausas publicitarias.

Los directores, utilizan para ambas partes, lenguajes de puesta en escena muy diferentes.

Para el primero, juegan con el estatismo propio de los programas de la época, creando incluso una disonancia cognitiva, ya que dichos programas no poseían una estética que propiciasen una ambientación terrorífica, lo cual hace que la propuesta sea mucho más complicada de llevar a cabo. Durante las pausas publicitarias optan por romper el formato cuadrado de la televisión clásica, para dotar a la imagen de mucho más dinamismo a través de la cámara en mano. Con ello, nos están pidiendo que entremos en un juego de código y aceptemos que estamos ante imágenes capturadas de manera casual, por alguien que no sabemos quien es. Esto, es un auténtico salto al vacío formal, ya que como espectadores nos preguntaremos en todo momento porqué los personajes cuentan secretos en voz alta cuando alguien les está grabando. Pero nos preguntaremos eso, si NO entramos en el juego de códigos propuesto por los directores, cosa que conforme avanza la cinta, creo que se consigue de sobra.

La cinta avanza, orquestada interpretativamente de manera espectacular por David Dastmalchian, en el papel de Delroy. Visto como eterno secundario en producciones como “The dark Knight” o “Duna”, entre otras, Dastmalchian encuentra aquí el papel de su vida, dotando al personaje de una ambigüedad que consigue que en todo momento empaticemos con él, a la vez que desconfiemos. Y es que su sola presencia, ya es de por si enigmática, y esto dota al personaje del misterio necesario para que el intérprete no deba actuar en ningún momento dicha ambigüedad, sino que explore el lado más compasivo del mismo.

Está acompañado por secundarios de lujo, perfectos en sus papeles, y por una ambientación artística de primer nivel, mediante la cual nos creemos por completo que nos encontramos ante un programa de la época. Resulta absolutamente admirable que los directores enmarquen los acontecimientos fantásticos en una diégesis narrativa propia de un late night, y no sucumban a la tentación de cambiar por completo los recursos visuales (como utilizar travellings dramáticos o alterar el uso de la iluminación) para generar mayor sensación de terror.

Si hacemos un ejercicio de credibilidad, la grabación original de un programa de los 70, tendría las angulaciones de cámara y la iluminación que nos presenta la cinta, ya que el programa no es una película de terror de por si, sino que es un programa de humor donde (accidentalmente) suceden hechos espeluznantes. A este nivel, se podría criticar el nivel algo tosco de los efectos especiales, pero desde mi punto de vista son perfectamente coherentes con el resto de la ambientación. No negaré que la película alcanza límites de delirio bastante altos en su último tercio, y que esto puede disgustar a gran parte de la audiencia, pero lo cierto es que las piezas están colocadas desde el principio para que esto suceda, y todo es anticipado de manera muy original (como por ejemplo con la secuencia de la hipnosis) en una escalada que nos prepara para ese climax satánico.

Por último, debemos hablar del final.

Para muchos ambiguo, para otros, probablemente demasiado obvio. Quizá nos encontremos ante una resolución bastante sencilla, que utiliza el cambio de formatos visuales así como la escenificación televisiva para hacer parecer complejo algo mucho más simple en el fondo. Sin intentar desvelar por completo la resolución de la cinta, nos encontramos ante la clásica historia del “Fausto” de Gohete ya presente de manera tangencial en clásicos como “Rosemary´s baby” , película que también está presente en más de una idea de este film.

Lo más interesante es, sin duda, no lo que se nos cuenta, sino como se nos cuenta.

En una trama cuya idea temática es el uso desmedido del sensacionalismo y la adulteración de la realidad, los directores proponen una resolución que expone los trágicos acontecimientos a los que se ha enfrentado nuestro protagonista como si de un programa de televisión se tratase, desdibujando la fina línea entre realidad y ficción.

Sin duda, una película que tiene mucha más miga de la que parece, sin recurrir a grandes piruetas narrativas, sino contándonos algo mil veces visto a través de una propuesta conceptual de lo más sugestiva.

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