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Los extraños: Capítulo 1 y el miedo capitalista

Gritos, sustos, vísceras. Locura, brujería y diablos. Fantasmas y espíritus. Las muchas y muy distintas variantes del terror lo convierten en uno de los géneros más prolíficos, amplios y, detalle no menor, redituables del cine contemporáneo. Esto último se debe a que buena parte de sus películas son relativamente baratas (poco despliegue visual, elencos reducidos y sin actores de renombre, duraciones estándar de alrededor de 90 minutos), tienen un público fidelizado y no necesitan grandes números en taquilla para recuperar la inversión.

Pero volvamos a la variedad. Está, por ejemplo, el slasher, que agrupa películas en las que algún asesino serial se divierte de lo lindo torturando y asesinando de la manera más dolorosa posible a sus víctimas. O el gore, que se característica por sus escenas no aptas para espíritus sensibles y su cantidad impresionante de sangre emanando de (las partes de) los cuerpos. Otra de las corrientes mayoritarias es la que podría llamarse espiritista y tiene a demonios y demás criaturas del más allá desatando sus males generalmente sobre jóvenes o chicos. No se queda atrás el terror psicológico, en el que las mentes torturadas de los protagonistas crean escenarios que sólo existen en su imaginación, aunque muchas veces los confundan con lo real.

El miedo capitalista

Ya habrá oportunidad de abordar cada uno de ellos en profundidad. Por lo pronto, vamos a ocuparnos de uno de mis preferidos, el que en inglés se llama “home invasion, es decir, “invasión a casas”. Puede definirse muy rápido y simple, ya que su nombre deja en claro de qué va el asunto: una o más personas llegan a una casa donde una familia (o pareja o grupo de amigos o lo que sea) está muy tranquila y desatan un festín de locura que puede incluir torturas, juegos psicológicos y muchas amenazas.

Funny Games, un ejemplo modélico de las “home invasion”

¿Por qué me gusta? Ilustremos con un ejemplo. Estrenada en el Festival de Cannes de 1997, Funny Games, de Michael Haneke, es probablemente la película de este estilo más famosa y mejor reputada. Allí hay un matrimonio con un hijo de vacaciones en una casa junto a un lago. Todo muy lindo y relajante, hasta que dos chicos tocan el timbre para darles la bienvenida y pedirles algunos huevos (?) en nombre de una vecina. Las cosas empiezan a enrarecerse cuando, en lugar de irse, los chicos los rompen. Lo hacen varias veces, siempre con buenos modales y sonrientes, hasta que el marido se harta y les ordena que se vayan. Ellos no sólo no se van, sino que le quiebran una pierna con un palo de golf y le dicen a la familia que es un juego y que quieren apostar a que para la mañana del otro día los tres estarán muertos, puntapié para una noche de sadismo y manipulación mental.

Lo interesante de la película de Haneke es como patentiza uno de los grandes miedos burgueses o, por qué no, del sistema capitalista en su totalidad: el quiebre de la propiedad privada como dogma inexpugnable, como principio ordenador de las sociedades de casi todo el mundo y, por ende, de nuestras vidas y maneras de relacionarnos. Siguiendo ese razonamiento, los peligros dejan de estar solamente en el espacio público –el terreno de disputa por antonomasia– porque han permeado hasta la esfera privada e íntima. Es una otredad peligrosa que no acecha puertas afuera, sino que está dispuesta a (literalmente) tocar la puerta para quitarnos todo lo obtenido a lo largo de una vida, tanto lo material como lo vincular.

Ese subtexto, además, dialoga muy bien con la coyuntura de cada momento, ya que cada periodo histórico tiene un “otro” sobre el que depositar las responsabilidades de todos los males, ya sea un colectivo religioso, una etnia o quienes están en el nivel socioeconómico más bajo. Poco importa la lógica (ilógica) del razonamiento o que haya mil estudios y análisis que lo refuten: cuando una idea toma la fuerza suficiente para instalarse en esa falacia llamada “sentido común”, es muy, muy difícil que retroceda.

Maya y su pareja antes del desastre

Les propongo un ejercicio. Vivimos tiempos regidos por la exacerbación del individualismo, desigualdades cada vez más brutales, concentración del capital en cada vez menos manos y la búsqueda de salvarse económicamente a como dé lugar. ¿Cuál es la “otredad” que encarna lo peligroso? Yo me inclino por los pobres. No soy el único, como demuestran los múltiples artículos que a lo largo de los últimos años indagaron en los pliegues de la “aporofobia”, un término adoptado por la filósofa Adela Cortina en 1995 para referirse al “rechazo, aversión, temor y desprecio hacia el pobre, hacia el desamparado que, al menos en apariencia, no puede devolver nada bueno a cambio”, según su definición.

Un extraño llama a tu puerta

Ahora sí. Después de ese desvío hacia terrenos sociológicos (?), vamos a la película que nos ocupa. Los extraños: Capítulo 1 se presenta como la primera parte de una saga que tendrá, mínimo, dos entregas más, ya que se filmaron las tres juntas al comando del experimentado director Renny Harlin, conocido por Duro de matar 2, Alerta en lo profundo y El Exorcista: El Origen. Para encontrar sus orígenes hay que remontarse hasta 2008, cuando se estrenó la muy buena Los extraños, dirigida por Bryan Bertino y con Liv Tyler, Scott Speedman y Glenn Howerton en los roles centrales. La película homónima de 2024 promete expandir ese universo narrativo.

Pero no hace falta haber visto Los extraños para entender Los extraños. Lo único en común es el planteo central de su relato, que comienza con Maya (Madelaine Petsch) y su novio (Froy Gutiérrez) transitando las rutas del estado de Oregon rumbo a unas vacaciones. La pareja no tiene mejor idea que desviarse de la autopista para detenerme en uno de los típicos restaurantes de un pueblito con menos de mil habitantes.

Los extraños (2008)

La escenografía es el primer indicio de que algo saldrá mal, con un taller mecánico destartalado cuyos empleados miran de reojo a los recién llegados y las camareras del restaurant no muy dispuestas a atenderlos bien. Al segundo lo descubren apenas salen del lugar con la idea de volver a la ruta: el auto no enciende y el mecánico les dice que para repararlo necesita comprar un repuesto en un pueblo cercano, por lo que recién al otro día podría meter las manos bajo el capot. Es así que terminan en una amplia casera que alquilan por Airbnb.

Horas después de llegar, mientras retozan en un sillón, un par de enmascarados irrumpe con la única finalidad de matarlos, puntapié para un film que juega al suspenso de modo correcto, con sus inevitables sobresaltos y algunas escenas que logran transformar los ambientes del caserón en espacios claustrofóbicos y ominosos. Pero lo más interesante es la motivación de la faena. O, mejor dicho, la ausencia de motivación, ya que aquí no hay un juego de por medio ni nada parecido. Que no se sepa por qué los enmascarados hacen lo que hacen deja un vacío que cada espectador debe llenar acorde a su subjetividad. Y allí quedará claro a qué le tiene miedo, cuál es la otredad que mueve los motores de su instinto de preservación. Los extraños: Capítulo 1, entonces, como una película que dice mucho de nosotros.

Los extraños: Capítulo 1
(The Strangers: Chapter 1/Estados Unidos)
Dirección: Renny Harlin
Guion: Alan R. Cohen y Alan Freedland
Duración: 91 minutos
Elenco: Madelaine Petsch, Froy Gutierrez, Gabriel Basso, Rachel Shenton, Ema Horvath y Ella Bruccoleri
Puntaje: 6/10

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