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Monkey Man: misticismo, religión, política e historia en una de acción

Lo primero que llama la atención de Monkey Man es que no es una película de acción hecha sin ambición. Es algo más que un proyecto pasional de personas que aman el cine de género y saben que hacer filmar una historia de tiros, persecuciones y peleas no es sencillo. Desde las acrobacias de Buster Keaton hasta la destreza física de Keanu Reeves o Tom Cruise, abundan ejemplos de nombres y títulos que probaron que la acción, un género más difícil de definir de lo que parece, tiene un caracter inherentemente cinematográfico. Monkey Man es un homenaje y un tributo a varios clásicos, que al mismo tiempo quiere formar su propio discurso y diferenciarse del resto. La ambición le juega a favor y en contra.

El argumento es un repaso de los lugares comunes que abundaron en el género en los últimos años, pero la película no lo esconde. Al contrario, sabe cuáles son sus referentes: incluso en una escena mencionan de manera directa a la saga de John Wick. Pero hay bastante digno: Monkey Man, más allá de la admiración que expresa por algunos clásicos, no se conforma con ser una imitación de lo que vino antes, sea John Wick, Kill Bill, The Raid, Bourne, etc. Quiere aprovechar el contexto para decir algo sobre el mundo y, en particular, sobre India.

Con un presupuesto de apenas US$10 millones, Dev Patel optó por dirigir una película de acción cruda, violenta, sucia. Es una decisión estilística que parece ir a contracorriente de gran parte del cine mainstream, ese cine prefiere evitar mostrar imágenes que aseguren una calificación restringida para menores de 16 años.

El otro riesgo es mostrar la pobreza de las calles salvajes de India como algo más que un decorado. Más que por cuestiones políticas partidarias, es arriesgado porque la miseria puede funcionar como un elemento de explotación, un decorado de fondo sobre el que se desarrolle la acción, o una crítica sobre la desigualdad social. En este caso, se evidencia que el relato trata de hacer una crítica. Las reglas sobre las que se erige un mundo de represión policial, mafiosos, criminales, proxenetas, delincuencia y prostitución, son parte integral de esta historia, que las hilvana con misticismo y figuras religiosas. Es la carta de presentación de la película: el cuento de una madre a su hijo.

Esta ambición, este deseo de narrar que convive con la necesidad de hacer una denuncia social, es lo que le da personalidad a Monkey Man. Se valora que no sea una copia descerebrada: hay muchas películas de acción que produce Hollywood, con presupuestos más altos, que no tienen ningún interés en decir nada, ni siquiera en filmar de manera digna peleas o persecuciones, que solo quieren explotar una franquicia hasta que ya no produzca ninguna ganancia. Monkey Man no entra en ese grupo desalmado.

Pero el relato por momentos parece perder el foco. Pensemos en un tropo recurrente de este tipo de historias: el relato fragmentado que ofrece indicios para que el espectador pueda reconstruir el pasado del protagonista. El problema puede ser que el misterio, para quienes hayan visto más de una película de acción en los últimos 10 años, resulta demasiado obvio. Esta no es una película de acción de 90 minutos. ¿Se justifican los 121 minutos que dura, incluyendo los créditos, para lo que quiere contar?

Monkey Man funciona mejor cuando muestra la aspereza de la violencia en cada enfrentamiento. No innova en los recursos (cámara temblorosa y efectos visuales que se camuflan con otros prácticos, por dar algunos ejemplos), que pueden resultar más o menos obvios, pero los emplea bien. La coreografía de las peleas está llena de energía cinética, se entiende lo que sucede en pantalla.

En el desarrollo de la acción también hay una decisión formal y estética por hacer algo diferente: el protagonista no es de goma. No gana todos los enfrentamientos ni es un superhombre. En una escena, intenta escapar por una ventana: en cualquier otra película, el protagonista rompería el vidrio como si nada. En Monkey Man, el protagonista, choca y rebota contra el vidrio: cansado, lastimado y rengueando, busca otra manera de escapar. Es un detalle sutil que parece sugerir que esta no es otra película de Hollywood.

Con un presupuesto bastante acotado, consigue crear climas y atmósferas más que dignas. Desde un club de la pelea ilegal, como si fuera un homaneje a Snatch., donde el único dios es el dinero, hasta escenarios de lujo donde Patel se viste como mozo y parece tratar de canalizar la elegancia de James Bond. Estos escenarios, pensados como set pieces individuales, están muy bien, pero logran integrarse de manera armónica como un todo. Lo mismo que sucede con el mix de misticismo, religión, denuncia política y crítica social.

No hay duda que las imágenes resultan más atractivas que el argumento. Si los personajes son convincentes e interesantes no es gracias al desarrollo argumental. Es el talento de los actores y los técnicos detrás de cámara que se tomaron en serio este trabajo el que dignifica a Monkey Man.

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