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La icónica película de Godard que marcó para siempre a Tarantino

El multiverso del cine de vanguardia une a Jean-Luc Godard con Quentin Tarantino a través de numerosos callejones que se cruzan: el baile espontáneo, los bares y, sobre todo, un largometraje que seguirá vigente mientras haya pies para danzar y cine para renovar.

Corría el año 1964, había pasado menos de un lustro desde el momento en el que Jean-Luc Godard dio vuelta como una media al inconsciente colectivo del cine (y la cinefilia) con su largometraje debut “À bout de souffle” (1960), aquel con Jean-Paul Belmondo y la malograda Jean Seberg. El realizador nacido en el corazón de París estaba a punto de ponerse tras las cámaras para su séptimo opus. Sí, el tipo dirigió la friolera de siete largometrajes en cuatro años, aunque también hay que apuntar a la lista filmográfica de ese período varios cortos y un puñado de colaboraciones en trabajos corales junto a otros directores.

En ese momento, mientras recibía las variadas repercusiones por su último trabajo para la pantalla grande, “Le Mépris” (1963), junto a Brigitte Bardot, Jack Palance, Michele Piccoli y hasta el mismísimo Fritz Lang, Godard trabajaba en su film siguiente: “Bande à parte”. El nuevo proyecto en marcha estaba centrado en un triángulo amoroso salpicado por el policial noir y con la presencia de un virus de comedia musical rupturista, montado a su vez sobre una estructura formal que rinde honor al método de trabajo de su director, basado en los apuntes que hacía en un cuaderno que oficiaba como guion en elaboración y transformación continua.

Para no pocos cinéfilos y entusiastas cultores de la obra de Godard “Bande à parte” es la mejor película del director. Si bien resulta harto difícil elegir uno entre los más de 70 largometrajes que realizó a lo largo de seis décadas de actividad, este film cuenta con elementos que hacen que el trío que conforman Anna Karina (pareja y actriz fetiche por excelencia de JLG), Claude Brasseur y Danièle Girard resulte irresistible ante la tarea de elegir los trabajos más destacados del auteur parisien. Y si alguna duda pusiera en riesgo el lugar singular del film, pues habría que preguntarle a Quentin Tarantino, a quien Godard influyó como pocos directores del séptimo arte, muy en especial gracias a, justamente, “Bande à parte”.

Más allá de Sergio Leone, más allá de Mario Bava, de Don Siegel, de Sam Peckinpah, Howard Hawks y de otros realizadores que lo conmovieron e influyeron a lo largo de su vida y su carrera, Godard ocupa un lugar especial en el corazón cinéfilo de Tarantino y la prueba más contundente es que el nombre de la productora con la que presentó todas sus películas, desde su ópera prima “Reservoir Dogs” (1992) hasta “Inglourious Basterds” (2009) era A Band Apart, bautizada así en homenaje al film del ciudadano de París.

Cuando todavía faltaban cuatro años para el Mayo Francés, Godard retrató con aguda lucidez a la generación que le prendió fuego a todo de manera más simbólica que la de quienes, a pura manifestación y revuelta, en el ‘68 tomaron la posta en las calles y los pasillos universitarios de una Ciudad Luz encendida.

Los jóvenes del Godard de 1964 sacudieron las salas de cine al ritmo de una pulsión sexual explosiva, entre ella y uno de ellos, entre ella y el otro y también entre uno y otro. Un trío amoroso que, sin embargo, no termina de establecerse como tal, que prefiere seguir jugando. Un té para tres en ebullición continua en el que se cruzan conspiraciones y planes mal elaborados en los recreos de un instituto educativo nocturno, con el fin de asaltar la casa de un ricachón donde el personaje de Anna Karina trabaja a tiempo parcial como asistente.

Y una escena de baile. Porque “Bande à parte” es, desde el lugar canónico que ocupa, la película en la que Jean-Luc Godard creó una de las más inteligentes, sexys y bellas escenas de baile del cine. No es por desmerecer, claro que no, a las performances de diseño estándar made in Hollywood que vimos en “La La Land” (2016), o las estrambóticas coreografías con las que contraataca Bollywood. Pero hay que decir que tres personajes danzando entre las mesas de un bar, enmarcados en una banda sonora que entra y sale en complicidad con el sonido ambiente al ritmo de un montaje exquisito, marcaron una tendencia de disrupción narrativa y puesta en escena como (casi) nunca más se hizo. Su pericia con la cámara y un torbellino de ideas le alcanzaron al artista clave del cine francés de los años 60s para confirmar su lugar de visionario y refundador estilístico.

Tres décadas después de esa pieza, en medio de los acelerados y vertiginosos años 90s, Quentin Tarantino, para su segunda película, la multirreferencial “Pulp Fiction”, decidió plantar un link al opus de uno de sus maestros y fue a través de la también legendaria (y puede que mucho más famosa) escena en la que John Travolta y Uma Thurman tiñen de honores en el bar retro Jack Rabbit Slim`s no solo al mentado trío del café de París sino también al swing en todo su esplendor.

Pero hay más, en este caso con línea directa al estilo del no-estilo que cultiva Tarantino en su travesía posmoderna. Porque, tanto en su película como en la de Godard, los planos deconstruyen lo que se supone (o suponía, para ser más exactos) que debe ser un plano. Y lo que debe ser un guion, también. El francés tenía los dos pies clavados en el barro de la vanguardia y así construyó su método de representación, con disparos constantes de provocación desde su trinchera. A la par, del otro lado del océano Atlántico, algo en sentido similar hacía el realizador independiente Jonas Mekas en Estados Unidos, allí donde añares después hizo lo propio (y sigue haciéndolo) Tarantino desde su lugar de maestro del reciclaje.

La Fin / The End

“Y así termina esta película, como una novela barata”, dice al cierre de “Bande à parte” la voz en off del propio Jean-Luc Godard, narrador omnipresente del relato. Una de esas novelas baratas como las que Quentin Tarantino adora y sublima en sus realizaciones, como lo hizo en “Pulp Fiction”, tan novela, tan barata, tan pulp y tan fiction.

Bonus Track: Otras versiones sobre la escena del baile

Si bien “Bande à parte” es la fuente basal del enclave musical de “Pulp Fiction”, Tarantino tuvo otras influencias a la hora de pensar su elogiado guion y las motivaciones de sus personajes. Una de ellas fue otra gema europea: “8 ½” (1963) de Federico Fellini, en la que Marcelo Mastroianni y Barbara Steel le sacan brillo al piso de un salón de baile. En paralelo, a la hora de las influencias también aparece un clásico de Disney, “The Aristocats” (1970).

Según explicó Quentin durante una entrevista con la cadena británica BBC, en la que contó por qué ese film animado inspiró parte de la escena, afirmó que “cuando Mia Wallace (el personaje de Uma Thurman) aparece, la imagen que tenía en mi cabeza era la de Duquesa”, la querible y seductora perrita de la película del viejo Walt.

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