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Sin glasear: bienvenidos a la parodia de Oppenheimer

La primera película como director de Jerry Seinfeld no se estrenó en cines, fue directo a “Internet”, así nomás como dice IMDb. Estreno on line entonces, ya disponible para un montón de países. Es una lástima que una película no pase por la pantalla grande, y lo es especialmente en el caso de una comedia, porque las comedias en particular se pueden ver beneficiadas por el contagio de la risa en una sala llena. Pero en fin, seguramente Sin glasear (Unfrosted) habría sido un fracaso en las salas de cine, con ninguna función llena. Pocas comedias se estrenan en salas de cine, y entre ellas mucho menos son realmente exitosas. Por su parte, las críticas sobre Sin glasear fueron más negativas que positivas. ¿Los motivos de tantas críticas negativas? Bueno, diversos, no tengo ganas de leer esos errores de percepción, pero hay gente que dice que la trama es absurda, y creo que lo dicen como algo negativo. Bueno, viva el absurdo, viva Sin glasear, viva la comedia y viva la ópera prima de Jerry Seinfeld. Uno tiene que agradecer las risas, y pienso que de haber visto esta película en el cine hasta podría haber contagiado a toda la hipotética, soñada sala con mis carcajadas. Por lo pronto, y ya en el terreno de lo real, confieso incluso haber retrocedido la película para rever varios de los chistes.

Sin glasear es, en primer lugar, una película acerca de la historia de Estados Unidos en el siglo XX, al igual que lo es Oppenheimer, la famosa y celebrada película de Christopher Nolan. De hecho, en Sin glasear hay varias referencias jocosas directas a la película de Nolan, por ejemplo y concretamente en el caso de la prueba que termina en una explosión. Ese momento de la película está, de hecho, destacado en el afiche, quizás para que la referencia a Oppenheimer sea más clara, más agresiva. Hay más detalles mediante los cuales el americano Seinfeld se ríe del inglés Nolan, pero es mejor descubrirlos y no adelantar chistes. De todos modos, lo que parece bastante evidente es que Seinfeld quiso hacer cine intencionalmente cómico para reírse intencionalmente de Oppenheimer, una película que no es intencionalmente cómica pero que puede ser tomada para la risa por sus pretensiones, sus frases altisonantes (cargadas de intenciones de posteridad) y su infinito desfilar de grandes actores en pequeños papeles de principio a fin. Pero este no es un artículo sobre Oppenheimer sino sobre la que podríamos llamar su parodia: Sin glasear. ¿No están convencidos de tal parodia? Al ver verán que Seinfeld y su equipo de gente de buen humor plantean una competencia entre americanos y rusos por un adelanto tecnológico (bueno, tecnológico-gastronómico), si hasta van a reunirse con el presidente del momento a la Casa Blanca. Seinfeld sabe que es bueno y recomendable reírse de Oppenheimer, y seguramente hasta haya habido una reacción nacionalista ante las pretensiones del inglés Nolan de querer contar una historia tan estadounidense.

En segundo lugar, Sin glasear es una película que transcurre en los sesenta del siglo pasado, y antes de plantearse la estética y la ética de su relato Seinfeld quizás haya buscado en alguna tradición específica, por ejemplo la de actores que pasaron a la dirección y cuya ópera prima transcurriera en los sesenta. Y sí, hay una muy notoria de 1996, la ópera prima de Tom Hanks: ¡Eso que tú haces! (That Thing You Do!), una película que mostraba unos sesenta en los que cualquier clase de noción de maldad o más bien tragedia estaba afuera, lejos, en todo caso a miles de kilómetros, en alguna guerra en el sudeste asiático en la que Estados Unidos iba a entrar de lleno justo en el año en el que la banda The Wonders, los protagonistas de la película de Hanks, iban a conquistar el país con su hit, el del título del film. En Sin glasear Seinfeld toma unos sesenta en algún sentido aún más artificiales que los de ¡Eso que tú haces!: los decorados de Sin glasear son de un nivel de artificio y color que podrían llegar a convertir en realistas ciertos parques de diversiones de Orlando, Florida. La película de Seinfeld no es realista, se deja constancia acá por las dudas de que haya algún confundido. Pero no se necesita ser realista para referirse -y mucho- a la realidad de un país: Sin glasear puede intervenir en la discusión pública mucho más y hasta con mayor actualidad que lo que puede o pudo hacerlo Oppenheimer. Sin glasear, con un sarcasmo elegante y un humor muy pegado a la tradición del nonsense y también a la de los hermanos Marx y a muchas otras, dispara no pocos dardos hacia la perversión de la alimentación que justamente tuvo sus inicios en los cincuenta y en los sesenta en Estados Unidos, con el triunfo de los ultraprocesados apuntados en buena medida al desayuno de los niños. Los personajes de los chicos que revuelven la basura son mostrados como unos adictos a los fuertes shots de azúcar, como dependientes de los sabores potenciados químicamente, atómicamente. Y, a diferencia de ¡Eso que tú haces!, en Sin glasear hay maldad diversa, pasada por el filtro de la comicidad ácida sin necesariamente apelar a un humor demasiado prohibido para menores: cuando pase el tiempo, Sin glasear seguramente hasta sea usada como ejemplo de prodigio cómico. Un inglés pomposo con toda su pornografía shakesperana (otra vez Oppenheimer: Keneth Branagh), una mafia lechera, una protesta gremial, una muerte en un experimento disparatado, una extorsión sexual comunista, un traficante tropical de azúcar que es más o menos como Tony Montana… todo eso y mucho más entra en Sin glasear bajo un aspecto de comedia inocente o ñoña. Pero la ñoñez no está en esta película sino en los cristales que muchos usaron para verla.

En tercer lugar, Sin glasear es además una suerte de tratado cómico sobre la competencia empresarial, o más bien sobre la incompetencia general, o sobre un momento del capitalismo tan dinámico -y tan legendario, o mítico- que se podía inventar la rueda de la riqueza cada mañana. Los éxitos podían depender de un nombre que quedaba escrito de casualidad, o de unos chicos hurgando en la basura, o de un grupo de expertos -otra vez Oppenheimer: el equipo múltiple aislado en Los Álamos- que llega incluso a mezclar un raviol con un simonki, o seamonkey, o artemia salina antes de, medio o del todo de carambola, crear una criatura adorable y, sí, absurda. Y clave, claro, porque en películas munidas de una trama con la coherencia y la cohesión de la de Sin glasear, cada elemento sostiene y fortalece el sentido general, o el sinsentido general, que para eso estamos en una comedia de una libertad inusual para los tiempos que corren, o que nos corren.

En cuarto y último lugar, Sin glasear -como esa tal Oppenheimer- incluye una impresionante selección de actores y actrices, pero que aquí no nos distraen sino que realzan los objetivos del relato. Es decir, aportan gracia y más gracia, timing y más timing, chistes y más chistes. Y la combinación de Jerry Seinfeld + Melissa McCarthy + Amy Schumer + Hugh Grant + unos cuantos más que seguramente podrán celebrar al verlos llegar a esta feliz rareza cómica genera explosiones de todo tipo, para dar como resultado una bomba cómica.

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