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Triángulos icónicos: Sabrina y los Larrabee

Spoilers

Si de parejas icónicas se trata, existe en la historia del cine un triángulo amoroso que no se debería olvidar.

París, años 50. En la calle, una banda toca La Vie en Rose. Sabrina, desde su ventana, los escucha mientras le escribe una carta a su padre. Gracias a él, ella tiene la oportunidad de estar estudiando cocina en la Ciudad de la Luz.

Este es el punto de inicio de Sabrina, de Billy Wilder. Esta especie de Cenicienta moderna, que fue inmortalizada por Audrey Hepburn en 1954, construye un triángulo amoroso entre la hija del chofer de una pareja de empresarios multimillonarios y sus dos hijos, que no pueden ser más opuestos: David, el menor, encantador y playboy como ninguno, que muy poco interesado está en el negocio familiar; y Linus, el mayor, el más centrado, heredero de la empresa; está tan enfocado en sacarla adelante que, por supuesto, no tiene tiempo para mujeres.

Sabrina Fairchild vive desde pequeña en la casa de los Larrabee, junto a su padre y a otros empleados. Es una joven soñadora que, desde que tiene uso de razón, está enamorada de David. Un amor no correspondido, por supuesto. Sabrina es invisible a los ojos de David.

El señor Fairchild junta moneda tras moneda para cumplir el sueño de su hija de ir a estudiar a París, pero su objetivo real es que ella se olvide de David.

Si bien todo marcha a la perfección, Sabrina eventualmente vuelve a casa convertida en una mujer independiente y refinada, aunque todavía enamorada de David. Y, como si fuese un acto de magia, él la ve…y la desea.

Cuestión, estamos en una comedia romántica, y como tal, la cosa no es fácil para estos amantes. David está comprometido a casarse con la hija de otros empresarios, igual de multimillonarios que sus padres, con los que los Larrabee quieren cerrar negocios.

Al ver que Sabrina es un potencial impedimento para el éxito su plan, los padres recurrirán a Linus, con toda su seriedad y falta de tacto, para que saque a nuestra heroína del camino.

Esta es una de las películas más icónicas de Audrey Hepburn. Inolvidable es el vestido blanco floreado de Givenchy con el que se mezcla entre los invitados de la fiesta que anualmente dan sus empleadores, donde sueña encontrarse con David pero termina cruzando a Linus.

La película está llena de leyendas que nacieron en el detrás de escena: que Humphrey Bogart (Linus) odió trabajar con Hepburn, que ella llegaba tarde al set para darle tiempo a Wilder, el director, a escribir el guión…y que el romance entre la protagonista y William Holden (David) traspasó la pantalla. Holden la consideró el amor de su vida, pero ella lo dejó porque él se había realizado la vasectomía, dando a entender que su deseo de ser madre era más fuerte que su relación.

La película fue muy bien recibida pese a la pésima química que hubo entre sus protagonistas; Hepburn y Holden estaban por un lado, y Bogart por el otro. El gran Rick Blaine de Casablanca no demostró ser una pareja acorde para la ex princesa Anne de Roman Holiday; los 30 años que los separan pesan y el hecho de que no se soportaran se nota, y mucho, en la pantalla.

Sin embargo, la remake que llegó en 1995 sí le hizo justicia al enamoramiento naciente entre el Linus de Harrison Ford y la Sabrina de Julia Ormond. El juego de enemies to lovers termina siendo más convincente que en la versión original.

El resultado es un triángulo amoroso para el recuerdo: la dulce Sabrina debe elegir entre serle fiel a sus sentimientos desde la más tierna infancia o elegir al hombre que, como un velo que cae ante sus ojos, le demostró tener un corazón latiendo por ella dentro de ese carácter estructurado que supo construir, y que no sabe qué hacer con ese sentimiento escondido tanto tiempo más que simplemente decirle: ayúdame, Sabrina Fair.

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