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Furiosa: El futuro es de las mujeres

George Miller: el sabio artesano

No son demasiados los viejos (y queridos) directores activos. George Miller es uno de ellos, sus últimas películas le devolvieron lustre y recordaron por qué es un gran artesano; además de provocarle algún que otro dolor de cabeza: Three Thousand Years of Longing (2022) es magistral, actualiza el cuento de hadas en tierra firme y cercana, pocos la vieron y, además, la vilipendiaron. Los tiempos que corren son bastante ingratos, y parece que no soportan una mirada tan preciosa como crítica.

Pero con Mad Max: Fury Road (2015) pasó otra cosa, ya que puso en agenda renovada tanto a su director como al héroe que interpretara Mel Gibson. Ahora con Tom Hardy en el rol de Max Rockatansky, Fury Road alumbró (el título elegido lo presagiaba) su contraparte femenina: Furiosa (Charlize Theron). Se dirá que tales operaciones estéticas, en películas similares, valen mucho más lo suyo si son dirigidas por mujeres, pero el mito Mad Max lo gestó y lo continúa, hasta nuevo aviso, George Miller; y su volantazo hacia la mirada de la mujer, como lugar desde el cual repartir ahora las cartas, le corresponde. Nadie lo obligó, nadie se lo pidió, pero lo hizo. Y bienvenido sea.

En Fury Road, Miller situó a Furiosa de manera magnífica. Es más, utilizó a Mad Max como señuelo, para en verdad contar otra cosa. Por eso, Mel Gibson no podía ser de la partida; su efigie responde a otra era, a otro cine. Tom Hardy -convengamos también en que su fotogenia no es la de Gibson- cumplió su rol, a sabiendas de que sería prudentemente relegado, en beneficio de la verdadera protagonista. Así, Charlize Theron emergió única como Imperator Furiosa. O no. Porque Anya Taylor-Joy está a su altura y aporta sangre nueva y primera a un personaje ya indeleble. ¿Quién lo duda?

Expulsada del paraíso

Los grandes relatos no evitan la referencia bíblica. Sea desde el lugar religioso que se quiera, como así también desde su negación, el relato bíblico prevalece. Hay algo del orden de lo cultural que así lo quiere. Y así lo entendieron también muchas películas, ya clásicas, y no es casual. Entre ellas, Terminator (1984) quizás sea una de las definitivas. Allí, el mito de la anunciación y el nacimiento del elegido fue contado de un modo mucho mejor que en la mayoría de las Pasiones o Biblias filmadas. James Cameron narró como nadie al mesías del futuro, y su parábola no es otra que la ya contenida por las escrituras denominadas sagradas. Desde otro lugar, vale pensar en ET – The Extra Terrestrial (1982),donde Steven Spielberg hizo otro tanto; lo recuerda la fusión de dedos de cuño Michelangelo entre el alienígena (ese ángel) y el niño (fue el motivo visual del poster, y dio la vuelta al mundo). La ciencia ficción, se nota, es terreno fértil para el asunto. ¿Podría ser la Biblia un libro de este género? Tal vez. Pero también fantástico, de cuño más o menos medieval. Para ello, los libros (y películas basadas en) Tolkien. Con C.S. Lewis pasa otro tanto, Narnia mediante.

Está claro que Mad Max no es un mesías de nada, o más o menos. Si se repasa su génesis, tal vez surja algo así; en todo caso, su devenir fue progresivo: Miller continuó al personaje a partir del éxito inusitado de la primera película, de una valía notable: Mad Max (1979). Luego vino lo demás, con un Max vuelto mito sin querer, como si Miller hubiese ido dando puntadas sobre la marcha, en nuevas películas con las que suturar un porvenir que el personaje ni él pudieron prever. Con Furiosa, la situación es otra.

Al revés de Max, Furiosa puede desandar su camino y pensarse a sí misma, en sintonía con un cine donde, de un tiempo a esta parte, el término “precuela” es una de sus posibilidades. Si en Fury Road, Furiosa daba sus primeros pasos (y disparos) al espectador; ahora, en Furiosa: A Mad Max Saga, se pueden contar las raíces del asunto. Adviértase, de paso, que el título es de orden inverso y simétrico al de Mad Max: Fury Road. Ahora es ella quien titula la historia; y Mad Max, una mención secundaria.

De este modo, la historia de Furiosa remite a la que ha sido tantas veces contada, donde el salvador/la salvadora emerge para encarnar el mito al que están destinados (si bien no deben ser muchas las historias de “salvadoras”, todo sea dicho). La secuencia primera, en este sentido, nos presenta a la pequeña Furiosa, en su intento por llegar a una manzana lejana; si lo hace, peligra y podría ser descubierta. Ella no hace caso; por eso, la simbólica expulsión del paraíso que tendrá lugar. Pero al revés de lo tantas veces contado, no hay dios alguno que la reprenda ni manzana pecadora por la cual algún Adán sufra la expulsión, sino la puesta en acción de una madre que hará todo lo necesario para dar con el paradero de su hija, mientras sabe que de ello depende la perpetuidad del paraíso secreto donde viven. No hace falta recordarlo, pero por las dudas: el mundo de Furiosa y Mad Max es un mundo caído, olvidado de Dios, podrido en su devoción por las máquinas -automóviles y motos que ofician como imágenes paganas y masculinas de un pasado roto-, un infierno; mientras que allí donde Furiosa vivió su niñez, la esperanza de un mundo mejor todavía existe. Pero eso es algo que quedará en el pasado, en su recuerdo y en su niñez (la infancia es el territorio hermoso de cada uno, de cada una, al que ya no podremos volver, ¿o sí?). O en el futuro, como horizonte que la heroína sabrá descubrir para sí misma. Y para las demás. El futuro -George Miller lo sabe- es de las mujeres. ¿Se acuerdan de Las brujas de Eastwick (1987)?

El western samurái y Moby Dick

Como se trata de un director que ama el cine y sus géneros narrativos, Miller toma de ellos lo que necesita para recrearlos a gusto. Ya en Fury Road, las travesías de los camiones parecían las de las diligencias fordianas, entre disparos, flechas y armas incendiarias. Otro tanto sucede aquí, con la impronta escénica nuevamente puesta en juego en relación a un mar de arena, por donde surcan camiones como ballenas mecánicas, cuyos vientres blancos serán arponeados por los “piratas” o malvivientes, según sea el caso. Es decir, las secuencias de acción son puro placer visual y narrativo. Están realizadas por alguien que ama contar historias, pero que sabe contarlas bien. ¿Por qué? Porque se vio y estudió y puso en práctica todos los clichés y lugares comunes necesarios para que éstas sean lo que deben ser: una experiencia sensorial en donde disfrutar de manera plena, vivencial, adrenalínica. Y en diálogo cinéfilo.

Pero no desde la superposición vacua de efectos digitales o visuales -algo tan cansador como embrutecedor- sino al subsumir dichos efectos a las necesidades de la puesta en escena. Como George Miller es un autor, la que manda es la puesta en escena; de ella depende todo lo demás, efectos visuales incluidos. El resultado, como es de prever, maravilla. Acompañar la travesía de Furiosa por los caminos, persecuciones, peleas y tiroteos, es asistir a los códigos del western y el cine de piratas en pleno siglo XXI, filmados como solo saben los grandes directores.

Al respecto, basta un guiño. Quien haya visto Yojimbo (1961), de Akira Kurosawa, recordará al perro con la mano humana en sus fauces, un preámbulo brutal para la violencia que enfrentará el ronin (Toshiro Mifune). Ese western japonés y feudal, filmado por Kurosawa, con claras reminiscencias a John Ford (y basado en una novela de Dashiell Hammett), vuelve a manifestar su incidencia ejemplar. Una de las muchas que George Miller emplea en su beneficio, para el logro de una película que es una sumatoria de experiencias que integran, en verdad, la vida de autodescubrimiento de su personaje protagónico. En este sentido, Furiosa inscribe su nacimiento en el cine mismo, como una heroína que sabe releer los géneros habitualmente masculinizados, y desde un lugar de desafío que la hace todavía más impactante. Su proeza, claro, es también la de George Miller, capaz de entender cómo hacer convivir su propuesta estética con los tiempos que tocan; y éstos, gusten o no, están tan caídos como los caminados por Furiosa y Mad Max. De paso, ¿qué es el cine hoy? ¿Otro relato caído?

Instrucciones para matar al padre

Si Furiosa es la plasmación gloriosa de una de las mejores heroínas del último cine, lo es porque mata a su padre. Padre, no madre. Porque no hay figura paternal que la subyugue. En todo caso, ésta sería la de Dementus, en la que es la mejor interpretación de Chris Hemsworth a la fecha (lo tuvo que agarrar un director de verdad para que deje de lado el figurín de superhéroe al que el actor quedó pegado). Entre éste y la niña se configura la imagen del padrastro cruel y malvado. Para confrontarlo, será cuestión de aceptar el paso del tiempo, para crecer y adoptar una personalidad propia, distinta a la del padre. Llegado el momento, será entonces el duelo. Como en los westerns.

Por otro lado, y conforme el crecimiento de la niña -sometida y de identidad profanada-, el film dejará entrever asociaciones nada cómodas, porque la alusión sexual y las vejaciones están señaladas; no hace falta pensar en Dementus (el delirante emperador “romano”, que conduce una suerte de cuadriga de motos, símil Ben Hur), es suficiente la galería de imbéciles que lo rodea: cómo se comportan, qué dicen, la incapacidad de ver y entender otras maneras que no sea el lenguaje violento. Si esas son las cartas, Furiosa las aprenderá y sabrá esperar el momento para su jugada. En justificada simetría.

Ahora bien, la venganza está a un paso, y cumplirla bien puede llevar a quien la desea a volverse el mismo monstruo que odia. En ese punto, Miller define su película y su cine, tanto como su mirada de mundo. Hay que llegar a ese momento para apreciar cómo el director no solo resuelve el dilema de su personaje, sino cómo lo abre a un horizonte de aventuras por venir. De hecho, ya está anunciado un nuevo proyecto en el mundo Mad Max; es decir, en el mundo Furiosa. De personajes así depende la vitalidad, el brío, de lo que todavía conocemos como cine.

Leandro Arteaga

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