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El cine de Puerto Rico

Náufragos y navegantes – Nota 9

Retomamos nuestro viaje. Dejamos atrás Centroamérica y nos internamos en las turbulentas aguas del Caribe. Y surgen nuevas preguntas. Pero antes de todas ellas hay que volver a la primera, a plantearse qué es, exactamente, Latinoamérica.

Bueno, lo de exactamente no funciona, aceptémoslo. Hay quienes pretenden no incluir a Puerto Rico, el principal de sus argumentos es que no se trata de un país soberano sino de un territorio asociado a Estados Unidos. Si el problema fuera ese yo redoblaría la apuesta y propondría a incluir a Estados Unidos también en el análisis, ya no por su permanente injerencia en los asuntos de Latinoamérica sino por su propia composición interna, que incluye 63 millones de latinos viviendo en su territorio. Lo cuantitativo no lo es todo, pero aclara algunas cosas, con esos números, sería el tercer país con más latinos del mundo, solo por debajo de Brasil y México, y por encima de Colombia y Argentina. Es mucho como para no tenerlo en cuenta.

Un último dato, de esos 63 millones, 4.6 son puertorriqueños. Una cantidad que supera a la mismísima población de Puerto Rico, que es de 3.2 millones. Esto tiene que tener también alguna incidencia en la cultura, y desde luego, en el cine.

I like to be in America

Ya llegaremos, a su debido tiempo, a recorrer esa hermosa isla, pero antes hay que hacer aikido, como dice Calle 13 en Calma pueblo, y dejar de pensar por un momento en la influencia norteamericana en Puerto Rico para pensar en la influencia de Puerto Rico en Norteamérica.

Y lo haremos con un paseo por el Hollywood puertorriqueño. Esto se puede hacer desde muchos lugares. Podríamos, por ejemplo, empezar por personajes icónicos, desde la Anita de Amor sin barreras en sus dos versiones al Mike Morales de Spiderman into the spiderverse. Hablar de Anita es hablar también de Rita Moreno, la primera actriz que la encarnó, y se podría mencionar entonces a las estrellas de ese país que triunfaron en el cine como José Ferrer, Raúl Juliá y Benicio del Toro. Podríamos incluir a Ricky Martin, y Jennifer López es descendiente de puertorriqueños, como el gran Tito Puente. Y no hay que olvidar que en Puerto Rico también nació Joaquin Phoenix. Todo esto haciendo el ejercicio fácil de buscar los nombres más rutilantes. Pero no deja de ser una presencia muy importante.

Amor sin barreras (versión 2021)

Pero vamos, ahora sí, al cine que se produce en Puerto Rico. Como broche final del vínculo con Hollywood empezaré señalando la primera (y hasta ahora única) película puertorriqueña que fue nominada al Oscar, y fue Lo que le pasó a Santiago (1989) de Jacobo Morales, sobre un hombre mayor que acaba de jubilarse y sus agridulces circunstancias, contadas siempre con un tono amable. Ese año la competencia estaba difícil, en su categoría terminó ganando Cinema Paradiso, el clásico instantáneo de Giuseppe Tornatore. Curiosamente, el argumento y el tono de esta película de Morales tienen algunos puntos de contacto con la siguiente película Tornatore, Estamos todos bien (1990), aunque en su primera parte, más costumbrista, que luego deriva a una zona más ambigua.

Otra curiosidad del cine puertorriqueño, sobre todo pensándolo desde Argentina, es Tango bar (1987) de Marcos Zurinaga, protagonizada por el gran Raúl Juliá y nada menos Valeria Lynch, junto a otro músico argentino, Rubén Juárez. El título remite a aquella mítica película de Gardel de 1935, y si bien tanto el director como la producción son de Puerto Rico la película habla de Argentina y sus problemas, del exilio y la resistencia, en el marco de una historia convenientemente tanguera.

Hasta hace no tanto tiempo, pensar en producciones audiovisuales de Puerto Rico era pensar en derivados de la industria musical. Allí están algunos de los artistas previamente señalados y también hay que destacar el trabajo vinculado al ya mencionado grupo Calle 13, que por momentos intenta pensar Latinoamérica como estamos pretendiendo pensarla a lo largo de este viaje. Y que a veces vuelca ese contenido en documentales como Calle 13: in Mapa (2009), de Marc de Beaufort y Alexandra Posada, con un contenido interesante y una realización urgente y rudimentaria. Pero esta banda tiene además una gran cantidad de clips musicales tan incómodos como sus letras que, a caballo de su éxito comercial poseen una mayor elaboración. Basta como ejemplo el ya mencionado en el inicio de este artículo, el multi censurado (por sus provocativos desnudos pero sobre todo por sus ataques a la iglesia católica) Calma pueblo.

Todo esto para tener un poco de contexto, vamos ahora al presente del cine puertorriqueño. Un cine que de a poco se va abriendo paso en festivales internacionales.

La realidad de la isla la están reflejando jóvenes directores como Álvaro Aponte, con su duro cortometraje Mi santa mirada (2012), una historia de traiciones entre pandillas que compitió en Cannes. Aponte también es responsable de El silencio del viento (2017), largometraje sobre otro tema muy difícil y poco visibilizado, el negocio ilegal de llevar indocumentados de Dominicana a Puerto Rico. La película obtuvo el Premio Especial del Jurado en el Festival de Mar del Plata de ese año.

Antes que cante el gallo (2016) de Ari Maniel Cruz es un muy tenso coming of age que gira en torno a Carmín, una chica a punto de cumplir 14 años, criada por su abuela en un pueblo montañoso del que quiere huir, con padre en prisión a punto de salir y madre errática que promete mucho más de lo que cumple, por lo que acumula frustración y rabia en la edad más complicada para hacerlo. El regreso del padre podría complicar aún más las cosas.

La pecera (2023), de Glorimar Marrero Sánchez es el último representante de cine puertorriqueño, con buen paso por festivales como Sundance y Málaga y nominación al Goya. Una película ambiciosa, que abarca con honestidad e intensidad muchos temas difíciles y que si bien no acierta en todo lo que propone no deja de ser un prometedor debut, con una comprometida actuación de Isel Rodríguez como una mujer que transita una dura enfermedad y abandona su tratamiento para volver a su Vieques natal, un paraíso que esconde (apenas) un infierno, residuos contaminantes del ejército norteamericano. Una cruzada en busca de una redención personal y colectiva.

La pecera

Esa buena cosecha de interesantes títulos recientes abre un buen panorama para el cine puertorriqueño, más allá de que persisten las dificultades para financiar proyectos en el país.

Es hora de seguir adelante. Nuestro viaje nos llevará ahora a un isla en la que conviven dos países muy distintos, en próximas entregas estaremos hablando de Haití y República Dominicana.

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