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Interstellar (2014) y la rutina del 18

Se suele decir que cuando uno tiene que realizar algo por obligación, no lo disfruta tanto como si fuese algo voluntario. Peor aún, si se trata de una asignación que tiene algún tipo de valoración o calificación que es dada por una persona que no eres tú. No puedes saborear el momento, no hay un instante que no salga de tu mente el deber que tienes que realizar y, una vez concluyes, recién te das cuenta de lo que realizaste y la sensación de hacerlo de nuevo no es lo mismo, nunca es lo mismo. Pese a que lo intentes repetir metódicamente, siguiendo exactamente los mismos pasos, mismos movimientos: jamás una persona puede sentir lo mismo que sintió la primera vez.

Si uno piensa en Sir Christopher Nolan, uno puede piensa en un gran director de cine. Uno de los mejores cineastas de la historia, o si quiera de la historia moderna, aunque yo me incline más por el primer estamento. Si uno piensa en las películas de Nolan, algunos podrán pensar en 'Oppenheimer' (2024), su obra maestra más reciente, partícipe del fenómeno Barbenheimer (probablemente el acontecimiento de marketing cinematográfico más grande que he presenciado en mi vida) y la película donde finalmente pudo ganar la estatuilla dorada; los fanáticos de superhéroes pensarán en la trilogía del Caballero de la Noche, marcada por el trágico fallecimiento de un talentosísimo Heath Ledger encarnando al Joker; y podría seguir así con unas cuantas películas más de su repertorio. Es aquí donde entra Interstellar (2014).

Por allá en 2021, tres años más joven, mi yo del pasado se encontraba estudiando los primeros ciclos en la facultad de Comunicaciones, concretamente en la carrera de Comunicación Audiovisual. Allí, me encontraba matriculado en 6 cursos, aprovechando que todas las clases aún eran virtuales y podría avanzar más al ritmo que quisiese y sin considerar los tiempos largos en donde el tráfico me devoraba. Uno de esos cursos era ‘Narración Audiovisual’. Ya pasados la mitad de ciclo, teníamos que realizar una exposición sobre la narrativa, valga la redundancia, de una película a todo el salón. Cualquier película, en parejas. Coordine con una amiga mía para ser grupo, me dijo que sí. Ya tenía una parte de la tarea completa, ahora solamente faltaba escoger la película y hacer el trabajo como tal.

Entramos en la típica conversación de ‘¿Cuál es tu película favorita?’, una situación que realmente no recuerdo cómo acabo y ni siquiera sé cuál película habré mencionado. En ello, después de una lluvia de ideas y de varios intentos de convencer a la otra persona de analizar una película más del gusto individual que de los dos, llegamos a un acuerdo. Íbamos a analizar Interstellar. Quedamos una noche para ver la película, apagué mi laptop y me fui a dormir. Llegó el día, ambos nos conectamos por Zoom para hacer videollamada y ver la cinta, de la cual estuve investigando unos pequeños datos sin llegar a spoilearme nada. Entonces, empezó.

Iban transcurriendo los minutos y mi mente se iba fascinando más y más, pero siempre volvía a la realidad que estaba viendo la película por una tarea, por lo que no podía dejarme llevar tanto como deseaba. La actuación, los planos, LA MÚSICA. Alegría, llanto, ASOMBRO. Ya era de noche cuando acabó la proyección. Puedo afirmar hasta ahora, con toda la seguridad del mundo, que ha sido la película que me convenció que estaba estudiando lo correcto. Una película que me voló la cabeza y que me hizo creer que, con esfuerzo, algún día lograré hacer películas así de impactantes y que motiven a las personas a querer ser cineastas. Ese día nos quedamos hablando un rato más acerca de lo asombrosa que era y cómo ojalá la hubiésemos visto por placer y no por deber. Es allí donde, una vez más, mi mente tuvo que bajarle a la emoción y recordarse a sí mismo: estás viendo la película por una tarea.

No tengo el valor a recordarme a mí mismo cómo culminó esa tarea, sé que aprobé y con eso me voy contento. A partir de ese momento, se volvió mi película favorita. La mencionaba siempre que podía, hice varios trabajos con la excusa de volverla a ver y, actualmente, inclusive tengo un cuadro que me regaló mi pareja. Fue tanto el placer que tuve al verla, que decidí iniciar una especie de ritual que, lastimosamente, por causa de deberes, no pude seguir con el tiempo: el 18 de cada mes, vería Interstellar. Probablemente el hecho de mi abandono paulatino de dicho ritual también sea a causa del fallido intento de encontrar el éxtasis que tuve esa noche, echado en mi cama en medio de una pandemia mundial, donde logré ver una película que considero una joya. Un éxtasis que, tal vez, solamente tal vez, sueño con poder repetir en algún momento.

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