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There Will Be Blood. Envenenando el alma de los hombres.

En los vastos paisajes áridos de Texas a principios del siglo XX, el viento sopla como un susurro implacable, llevando consigo la sed de poder y la insaciable ambición de todos aquellos que arriesgan más que su vida en busca de la fortuna que los pueda sacar de sus miserables vidas. There Will Be Blood (Petroleo Sangriento en castellano) cuyo guión adaptado y dirección viene de la mano del magistral Paul Thomas Anderson es un largometraje que, durante sus 158 minutos, coloca al espectador como testigo de una danza en la oscuridad del alma humana, donde la codicia y la moralidad chocan como mareas furiosas en un mar de petróleo negro.

Su protagonista, el magnífico Daniel Day-Lewis, encarna a Daniel Plainview, un hombre que en su último esfuerzo encuentra lo que tanto deseaba, una fortuna que le cambiará la vida totalmente. Su interpretación es de una intensidad abrasadora, sus ojos ardiendo con la promesa de riqueza y el peso de sus propios demonios internos. Cada línea de su rostro cuenta una historia de avaricia desenfrenada, odio, resentimiento y un deseo insaciable de dominación. Sus ganas de querer siempre más y más lo apartan de todo lo bueno que lo rodea, convirtiéndose en una especie de Dorian Gray; cuanta más fortuna logra alcanzar poco a poco va perdiendo su propia vida.

En este viaje hacia la oscuridad, la figura de su hijo, H.W., emerge como una luz tenue en el horizonte. Interpretado con delicadeza por Dillon Freasier, H.W. representa la inocencia perdida y los daños colaterales en un mundo de ambición desmedida y corrupción moral. Su presencia es un recordatorio constante de la fragilidad de los lazos familiares en un mundo movido por la codicia.

En el centro de esta tormenta emocional, la relación entre Plainview y H.W. se convierte en un nudo de amor y resentimiento, una cuerda tensa que amenaza con romperse en cualquier momento. A medida que Plainview se sumerge más profundamente en la búsqueda de su propia grandeza, su vínculo con su hijo se desvanece lentamente, como una sombra en la penumbra. Aparece otra vez esa especie de Dorian Gray.

Más allá de los conflictos familiares y lidiar con los propios demonios internos, la presencia magnética de Paul Dano como Eli Sunday añade una capa adicional de intriga y tensión a la narrativa. Su personaje, un predicador carismático y astuto, se convierte en un rival formidable para Plainview, desafiando su autoridad y su moralidad con fervor fanático. Eli encarna la dualidad del fervor religioso, la avaricia y la corrupción moral, sirviendo como un espejo retorcido de los propios conflictos internos de Plainview. Ambos se sumergen en un juego de intereses, engaños y envidia que tensa la cuerda hasta sus máximas consecuencias.

El enfrentamiento entre Plainview y Eli es una batalla épica de voluntades, cada uno luchando por imponer su visión del mundo al otro y ambos están dispuestos a valerse de lo que esté a su alcance para someter al otro. Sus confrontaciones están impregnadas de una intensidad palpable, cada palabra cargada con el peso de siglos de conflicto entre el bien y el mal.

La dirección de Paul Thomas Anderson es magistral, capturando la vastedad y la brutalidad del paisaje-locación y paisaje-humano con una elegancia sombría. Su manejo de la narrativa es impecable, llevando al espectador por un viaje emocional de idas y vueltas que te deja sin aliento y con el corazón en la mano, y en donde la línea que divide el bien del mal es muy gris, muy borrosa. Paul Thomas Anderson no señala ni juzga, solo muestra a Daniel y a Eli en un escenario en donde se les puede observar tal y como son.

La fotografía de Robert Elswit es impresionante, capturando la belleza desolada de los paisajes y la angustia palpable, el odio y el resentimiento en los rostros de los personajes. Cada cuadro está cuidado en todo detalle, lleno de simbolismo y profundidad emocional. La forma como captura los discursos tanto de Daniel como de Eli hace que se pueda sentir la potencia de sus deseos y emociones.

En el plano musical Jonny Greenwood aporta la tensión necesaria para que cada uno de los espectadores salga de la sala de cine totalmente impactado. Su música se eleva como un eco sombrío de la desesperación y la ambición humana. Los silencios también forman parte importante de la película, dando profundidad y resaltando momentos claves.

"There Will Be Blood" no es solo una película, es un poema visual que susurra secretos antiguos y verdades universales. Confirma que el dinero, la ambición, el odio y el resentimiento siguen teniendo el poder de envenenar el alma de los hombres. Verla es como pasar al lado de un accidente de tránsito sin poder apartar la vista.

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