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Godzilla Minus One: Un monstruo grande que pisa fuerte

A Netflix le gustan las sorpresas. En agosto de 2021, por ejemplo, subió a su catálogo Otra ronda, de Thomas Vinterberg, de sopetón, sin que nadie sepa, como si haber ganado el Oscar a Mejor Film Internacional en la pandémica ceremonia de ese año –también estuvo nominada a Mejor Dirección, aunque el danés perdió ante Chloé Zhao por Nomadland– y cosechado un tendal de elogios a lo largo y ancho del mundo no fueran motivos suficientes para dedicarle al menos un par de posteos en redes sociales.

La historia se repite casi tres después con otra película ganadora de un premio Oscar, en este caso, el de Mejores Efectos Visuales. Una categoría secundaria, claro, pero que adquirió relevancia porque la elegida no fue una superproducción de Hollywood, sino la nueva visita de la cinematografía japonesa al mito de Godzilla, la criatura con forma de reptil tamaño dinosaurio gigante nacida al calor de los temores por la escalada nuclear posterior a la Segunda Guerra Mundial.

La película se llama Godzilla Minus One, la dirigió Takashi Yamazaki –también a cargo del guion y de comandar los efectos visuales– y viene haciendo ruido desde hace varios meses. Durante su paso por la cartelera japonesa, por ejemplo, recaudó 48 millones de dólares, un éxito que repitió en Estados Unidos, donde cortó entradas por el equivalente a 57 millones. Un negocio redondo para una producción de 15 millones, un vuelto para los parámetros hollywoodenses (recordemos que Godzilla y Kong: el nuevo imperio costó ¡diez veces más!).

Por si eso no fue suficiente, el mismísimo Steven Spielberg se deshizo en elogios durante el clásico almuerzo de nominados al Oscar al reconocer ante Yamazaki que vio tres veces la película. “La vi una vez en mi casa, y luego tuve que verla de nuevo en IMAX y Dolby Atmos”, dijo el director de Tiburón, con la que Godzilla Minus One –veremos más abajo– tiene varios puntos de contacto. Las palabras de Spielberg endulzaron los oídos de un equipo que ya estaba contentísimo por haber conseguido un ticket para la gala más importante del mundo del espectáculo. Vean sino la reacción al momento de anunciarse la nominación

Un monstruo grande que pisa fuerte

La saga de Godzilla empezó en 1954 y ya tiene 38 películas, 33 de ellas filmadas en Japón y cinco en los Estados Unidos. Podrá cambiar el contexto geopolítico, los temores sociales y la tecnología aplicada al audiovisual, pero caben pocas dudas de la capacidad extraordinaria de la criatura para mantenerse vigente a lo largo del tiempo. Así lo demuestra esta flamante entrega que podría catalogarse como reboot –aunque no se trata de una saga y suele haber poca conexión narrativa entre las películas japonesas–, ya que retrotrae la acción hasta la última parte de la Segunda Guerra Mundial.

Allí encuentra al joven piloto kamikaze Koichi Shikishima (Ryonosuke Kamiki) aterrizando su avión en una isla donde hacen reparaciones. El piloto alega problemas técnicos, pero con apenas mirar el motor el mecánico Tachibana (Munetaka Aoki) nota que no hay problema alguno: Shikishima, entonces, ha desertado de su misión suicida, un deshonor para una cultura poco adepta a este tipo de maniobras.

No hay mucho tiempo para reproches, ya que esa misma noche aparece de las profundidades del Pacífico una criatura gigante que destruye la isla y mata a casi todos los que están allí. Salvo, claro, a Tachibana y Shikishima. El primero desparece momentáneamente del relato; al segundo le toca un regreso a Japón con la consciencia sucia. Aquí aparece una variable ausente de las versiones norteamericanas, ya que lo que moverá a Shikishima a partir de allí no es salvar al mundo ni ninguna de esas cosas enormes que se proponen los héroes norteamericanos, sino la búsqueda de lavar su nombre y expiar la culpa interna por no haber cumplido con los mandatos imperiales.

Shikishima, un soldado en busca de redención

¿Una película de acción?

Es el primer indicio de que Godzilla Minus One no es una película de acción ni de monstruos. O sí, pero una que en su interior tiene otra de corte más dramático e intimista, de escala humana incluso cuando el enemigo a vencer tenga el tamaño de un edificio. A esa faceta contribuye el contexto que encuentra Shikishima al volver a Tokio: una ciudad destruida donde su casa ya no existe, sus padres fallecieron y el único rostro familiar es el de su vecina Noriko (Minami Hamabe), quien a su vez carga con una beba abandonada. Entre los tres arman una suerte de familia en la que importa más la contención y la compañía que el amor.

Shikishima comienza poco a poco a rehacer su vida trabajando como marinero en un pequeño barco de madera a cargo de desactivar minas acuáticas en altamar. El problema es que allí acecha, como el tiburón de la película de Spielberg, el insaciable Godzilla, que para colmo acumuló fuerza a raíz de los ensayos nucleares en el Atolón de Bikini de 1946. Habrá un nuevo ataque a la embarcación que muestra muy bien que el realizador entiende a los efectos visuales como una herramienta al servicio del suspenso y la tensión y no como un juguete pirotécnico.

Noriko, contención emocional de Shikishima

A diferencia de Tiburón, aquí vemos muy rápido a la criatura, pero durante una buena parte de éste y de otros ataques permanece fuera de campo, es decir, como una acechanza invisible a los ojos del espectador, al que como “guía” solo le queda observar las reacciones de los marineros. Una oportunidad ideal para que Yamazaki apele a conjunto de planos característicos de la obra de Spielberg: una imagen bien cerrada sobre los ojos bien abiertos de un personaje observando algo que nosotros no, seguido de otro donde se ve, en este caso, la majestuosidad amenazante de la bestia.

Godzilla traslada su poder a la tierra destruyendo una ciudad japonesa llena de civiles. Otra vez los efectos visuales tienen un papel central, aunque aquí importa cómo ellos ilustran las consecuencias en los humanos. Así se entiende que, mientras la bestia revienta edificios como si fueran castillos de naipes, un grupo de periodistas narra los sucesos desde una terraza cercana poniéndole nombre propio a los lugares que ya no existen. También que, una vez coronado el ataque con una explosión nuclear producto del flujo que “escupe” Godzilla, se hable de lo que nunca en las películas de Hollywood de este estilo.

Porque, ¿cuántas veces escuchamos en una de Marvel los costos humanos de cada aventura súper? Aquí uno de los periodistas dice que hubo veinte mil edificios destruidos y más de 30 mil víctimas. Hay imágenes de dolor y desesperación, a la vez que varias escenas de sobrevivientes caminando entre las ruinas. En Godzilla Minus One, se dijo, lo más importante son las personas.

Godzilla desata su ira nuclear en Japón

Y es por eso que, cuando los científicos aseguren que el camino del lagarto conduce a Tokio, la última hora se vuelca definitivamente hacia sus personajes y las discusiones sobre cómo matar a una criatura a priori inmortal. Personajes civiles, ya que sobre ellos recae la planificación y la ejecución de un plan que consiste en hundir a Godzilla en el fondo del océano utilizando gases especiales. Allí vuelve al ruedo el mecánico Tachibana, el único capaz de desarrollar un avión con las características que necesita Shikishima para concretar la faena.

La parte final está reservada para una larga secuencia de cacería que prodiga una tensión infrecuente valiéndose de la puesta en escena y de la claridad conceptual del director para mostrar lo que ocurre en distintos escenarios sin crear un berenjenal donde no se entienda nada. Es, pues, el último rasgo de una película que piensa al cine como un ejercicio artesanal incluso en su escala industrial, que sabe que no hay despliegue visual capaz de llenar los ojos si no tiene un anclaje emotivo que lo justifique. Godzilla está de vuelta. Y de buena forma. Para Hollywood que lo mira por TV.

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