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Cuarenta años de Possession (1981) de Andrzej Zulawski

Spoilers

Hay algo en Possession (1981) de Andrzej Zulawski que fascina y repele por partes iguales. No es solo el morbo por las situaciones bizarras ahí representadas ni la violencia rayana en lo teatral de parte de Sam Neill (Mark) e Isabelle Adjani (Anna-Helen). Es el conjunto que da forma a una cinta con una propuesta tan visceral como transgresora. De partida, el contexto nos sitúa en un escenario opresivo, enmarcado en la Alemania de los ochenta, marcada por la división ideológica entre Berlín oriental y occidental. En este caso, la acción ocurre en el Berlín de la República Federal Alemana. El trauma respecto al muro está presente a lo largo de la película en forma de correlato político. Ciudades militarizadas, calles vacías, espacios opacos y aislados configuran el ambiente propicio para la ruptura, la enajenación y las oposiciones binarias que en la película constituyen un leitmotiv.

La trama de la película se centra en el descenso a los infiernos de una pareja en plena crisis matrimonial. La escalada de violencia doméstica, lejos de lo que se puede creer, es mutua, porque ambos contribuyen a alimentar un amor devenido patología. A raíz de estos momentos de crisis que son actuados hasta el límite de las posibilidades, extremando las sensaciones, van ocurriendo sucesos cada vez más dramáticos. Anna es descubierta por Mark con su amante, Heinrich, un tipo bastante liberal, alejado del prototipo de esposo autoritario. Mark, a su vez, se encariña con la profesora de su hijo, Helen, que es una doble de la propia Anna, aunque con un semblante de pureza y amabilidad. Tenemos entonces que la división se va haciendo más y más grande, involucrando a terceros y proyectando en ellos un deseo prohibido, ya sea idealizado o encarnado en su forma más hórrida. A medida que la intriga respecto a esta relación agonizante va en aumento, y se va revelando el proceso de desenmascaramiento de los protagonistas, el espectador será testigo del secreto que esconde Anna, o bien, la materialización en forma de monstruo de una pulsión oscura, una especie de Sombra con inspiración en las criaturas de Lovecraft. No sabemos a ciencia cierta su origen, y eso es lo que dota a la película de ese misticismo que nos permite interpretar, ya sea en clave simbólica o fantástica, la razón de ser de la entidad en la trama.

Convengamos en que el acierto de Possession está en su coherencia interna a pesar de lo descabellada que pueda parecer, y eso es lo que la hace aún más potente y significativa. En cuanto se nos presenta aquella monstruosidad, todo se torna progresivamente más insano. La propia Anna pasa de ser una mujer nerviosa y sufriente a una verdadera psicópata, sin dejar de lado la inspiración poética en ciertos pasajes del guion ni tampoco algunas escenas de locura que ya pueden considerarse de antología (como la del túnel del metro, en donde se deja ver, de manera escatológica, el motivo de la posesión demoníaca que, en la figura de la mujer, supone una pugna y, a la vez, una cierta liberación). El propio Mark se ve envuelto en dicha maraña de decadencia, investigando a su esposa y conservando, por su parte, esta relación con la “doble pura” de Anna, Helen, rondando el idilio. Sin embargo, esta idealización no alcanza para sanear el torbellino de insania que se avecina, una vez que Mark ataca al amante de Anna y se encuentra, por fin, cara a cara, con la criatura de pesadilla, lo cual nos hace pensar, entonces, que la criatura era el “verdadero amante” de Anna, una manifestación mórbida de los deseos sexuales o un doppelganger del propio Mark, en proceso de formación, un Golem introyectado producto del odio o de los sentimientos destructivos. Más adelante, vemos cómo este Mark apócrifo, esta “creación de Anna”, este ser humanoide cobra vida propia, se muestra frío, calculador y toma el lugar del Mark verdadero. Luego, sin Anna en el camino, Helen permanece con vida, con el hijo de los protagonistas en casa y a la espera del Mark apócrifo, quien intenta irrumpir en el hogar, casi como si fuera el Anticristo encarnado, en una secuencia de carácter apocalíptico.

Cualquiera sea la interpretación que le demos, no basta para agotar el significado de las escenas de alto impacto en ese punto de la trama. Volviendo a la premisa inicial, todo podría leerse desde la óptica de la ruptura, entendida de acuerdo al contexto histórico (década de los 80 en Alemania), con repercusiones en la vida sentimental de los personajes y con resultados grotescos, inclasificables, limítrofes entre el drama de culebrón, el gore y el thriller fantástico. Pero, aun así, eso sería coartar el alcance cinematográfico que Possession puede tener, su cualidad visionaria, su riqueza simbólica, su desenfado, literalmente, desde las entrañas de lo desconocido y de lo perverso en la psicología humana. Incluso, trascendiendo su mera contextualización en la Guerra Fría, la película de Zulawski aboga por tópicos muy vigentes, hoy por hoy, tales como el círculo de la violencia en el contexto de las relaciones de pareja, la calamidad social resultante de los conflictos políticos en todo orden y la necesidad de superar y de fundir los géneros cinematográficos en pos de historias menos lineales y más caóticas, reflejos de nuestra era convulsa y vertiginosa. Todas estas cuestiones están lejos de agotarse y, de hecho, suponen, por así decirlo, el zeitgeist de nuestros tiempos. Por lo mismo, Possession se muestra ante nosotros como el Golem hecho de celuloide que vence su contingencia para vomitarnos su fuerza interpelativa, a cada momento, tras cada nuevo visionado.

A 40 años de su estreno, Possession continúa más viva que nunca, gracias al tratamiento creativo y subversivo de aquellos tópicos elementales. En lo personal, descubrí la película por allá por el año 2008, durante aquellos ciclos de cine de verano en la Sala Insomnia de Valparaíso, sala de cine alternativo que, en aquella época, funcionaba dentro del mítico “Cine Grill Central”, mismo en donde proyectaban cine para adultos. De ese modo, la experiencia de mi primera vez con Possession fue casi como haber perdido una suerte de virginidad cinematográfica o de haber incursionado en alguna clase de práctica bizarra. Sentarse en esas butacas de dudosa calidad, bajo esa luz tenue y con el ambiente pornográfico como telón de fondo, fue la iniciación necesaria para incorporar al imaginario esta auténtica posesión, pero no la posesión paranormal al uso, sino que una mucho más profunda: la posesión de tu mente cinéfila, pervertida y para siempre explotada, en pos de relatos y estéticas desafiando, una y otra vez, la hipocresía de un universo aséptico, sin peligro, sin tabúes.

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