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Guerra civil: un cuento de hadas del periodismo moderno

Soy crítico de cine, ferviente admirador de Christopher Nolan, Steven Spielberg y fanático del cine psicológico y de ciencia ficción. ¿Querés charlar conmigo?


Al ver Guerra civil, uno se da cuenta de lo diferente que es la representación del periodismo de guerra en comparación con los reportajes del mundo real. Como ex periodista internacional, considero que la representación de los periodistas es muy poco profesional. Esta tergiversación convierte lo que debería ser una película seria en un espectáculo cómico, que me hace reír y rompe mi inmersión.

“Esto es tan amateur”. “Vamos, los verdaderos corresponsales de guerra no se comportan así”. “Esto es imposible, no lo pueden haber grabado de esta forma”. Le murmuré a mi amigo durante toda la película. Sí, las escenas de guerra son impresionantes, pero las historias de los periodistas demuestran un amateurismo extremo.

En concreto, la forma en que la película retrata los métodos de trabajo de los periodistas, el funcionamiento de los medios de comunicación y la relación entre éstos y la política son muy diferentes a lo que sucede en la realidad.

En primer lugar, hablemos del comportamiento de los periodistas. Jessie, la joven que se dedica al periodismo fotográfico, sobresale como la más problemática. A pesar de estar en el ambiente caótico de un campo de batalla, usa una vieja cámara de cine con lente fija.

¿Por qué es esto extraño? Tomemos su Nikon FM2 como ejemplo. Es una cámara de enfoque manual de 1982, lo que significa que, en el fragor de la batalla, necesitaría ajustar manualmente la composición, la exposición y el enfoque, tareas que requieren habilidades fotográficas muy avanzadas. Si bien una periodista experimentada como Lee podría lograrlo, es imposible para una novata como Jessie.

Las cámaras de película siguen siendo populares por su estética particular, pero se utilizan más en fotografía artística, en donde los fotógrafos pueden tomarse su tiempo. En el caos del combate, Jessie no podría darse el lujo de hacer estos ajustes. Hay una escena en la que revela fotografías en un estacionamiento y transfiere imágenes a su teléfono: otro escenario poco realista. Los verdaderos corresponsales de guerra no tienen tanto tiempo libre.

En segundo lugar, hablemos de las operaciones de los medios de comunicación en el campo de batalla. En este caso, la atención se centra en Lee, la periodista experimentada. Durante una gran escena de disturbios, Lee documenta bien el caos, pero recién a la noche sube tranquilamente las fotos desde su habitación de hotel, quejándose de la lentitud del Wi-Fi.

En el mundo actual de los medios digitales, este enfoque es increíblemente ineficaz. La mayoría de las organizaciones de noticias, ya sea CNN, BBC o Reuters, tienen plataformas preestablecidas en Facebook y YouTube, lo que prioriza la velocidad y la inmediatez. El procedimiento lento de Lee no es propio de una periodista de renombre en la era digital; se supone que los corresponsales de esta época, como los de The Washington Post, deben correr a contrarreloj y subir las noticias lo antes posible.

Además, la dinámica de equipo entre los periodistas tiene poco sentido. Mientras que Lee y Jessie son periodistas fotográficas, el papel de Sammy es dudoso. A pesar de su experiencia y de haber salvado vidas, contribuye poco a la cobertura. Joel, que principalmente conduce y protege a los reporteros gráficos, parece más bien un chófer, lo que resulta muy poco realista.

Por último, la relación entre los medios de comunicación y la política está excesivamente idealizada. La película hace hincapié en la libertad periodística en el combate, pero esto es demasiado optimista.

Este idealismo es evidente en la trama principal, donde los periodistas siguen libremente a los rebeldes para entrevistar a su enemigo, el presidente de los Estados Unidos. ¿De verdad los rebeldes escoltarían a los periodistas para que informaran de manera desfavorable sobre ellos? Probablemente no.

Pero también podemos ver este idealismo en otras escenas. Durante una batalla callejera, un soldado rebelde muere desangrado mientras Jessie fotografía todo; en la vida real, esto incitaría a sus compañeros. Sin embargo, la película retrata de manera poco verosímil a los soldados: se muestran indiferentes a los periodistas, lo que proporciona ángulos perfectos para sus tomas.EN otro momento, los periodistas se escabullen junto a los soldados en una emboscada y logran captar momentos raros del ataque. En la realidad, la presencia de periodistas sin ningún entrenamiento de combate podría poner en peligro la misión. Finalmente, los periodistas siguen a los rebeldes hasta la Casa Blanca y captan imágenes que no favorecen a sus protectores.

En el mundo real, la libertad está estrechamente ligada a los intereses políticos. Los gobiernos sólo les permiten a los periodistas actuar libremente si la cobertura los beneficia. Las verdaderas zonas de guerra no permiten a los periodistas moverse libremente entre bandos opuestos. Tomemos como ejemplo 20 días en Mariúpol, que muestra el sufrimiento de los ucranianos y va contra sus adversarios, los rusos. Por lo tanto, Rusia definitivamente no permitirá que el equipo filme nada de su lado. Lo mismo debe suceder entre Palestina e Israel.

En conclusión, Guerra civil simplifica en exceso el panorama de los medios de comunicación. Describe un mundo en el que la “libertad de prensa” está universalmente aceptada, ignorando cómo los avances digitales y las influencias políticas son los que en verdad configuran la “libertad periodística”.

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