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Diario de un cura rural (1951) de Robert Breson

En mundo que rodea al nuevo cura de Ambricourt (Claude Laydu) es completamente cerrado: la parroquia, los cortos caminos que recorre en bicicleta, esa mansión (la del conde) a la que accede de forma sigilosa y temerosa, la casa del cura de Torcy, que ejerce como su consultor. Los movimientos del joven cura están siempre acompañados de inseguridad. Sus acciones son el resultado de sus deberes profesionales: su obligación por transferir el mensaje de Jesucristo a los lugareños poco acostumbrados a lecciones religiosas. Además de esa vacilación también llama la atención su frágil estado de salud (obligado a alimentarse de vino y pan duro por sus dolores estomacales), su introspección (su relación consigo mismo a través de su diario) y su pobreza.

En cierta forma, podemos ver al cura como una contradicción a ese supuesto estado de gracia que resulta de ejercer el bien y cumplir con la palabra de Dios: más que un estado de gracia el cura es un ejemplo de desgracia. Bresson destaca su soledad e impotencia en su alojamiento de la parroquia mediante composiciones marcadas por objetos simples (una mesa, una silla) la iluminación definida (sombras y luces separadas por líneas marcadas), planos de cuerpo entero moviéndose por la habitación fría y desnuda y acertados travellings de acercamiento al rostro que buscan trascender el momento, aproximar al cura a cierto misticismo.

El sonido en "Diario de un cura rural" es fundamental, porque es el único medio que él tiene para conectarse con su exterior. Son varias las secuencias donde el sonido fuera de campo adquiere una gran predominancia: 1) el cura duerme en su cuarto, Bresson le filma desde el exterior, a través de la ventana, mientras se escucha la música de una fiesta y las voces de unas muchachas divirtiéndose; 2) el cura en el interior de la habitación escucha el sonido de unos pájaros y después el de un disparo (sabremos después que es el conde quien está cazando). Todas estas secuencias tratan de romper con esa penitencia a la que él se ha encadenado en vida. De alguna manera, su misticismo, su tozudez por seguir en su función sabiendo que nada funciona, son la causa de su rechazo social.

El cura es un excluido y su mensaje no llega al pueblo. Más aún, todos parecen envueltos en una condición de maldad innata (ejemplo, la niña de la catequesis que se burla de él) y por mucho que el cura lo intente solo va a lograr que todo vaya a peor: la muerte de la condesa, el suicidio de un médico, las amonestaciones del cura de Torcy, el desprecio del conde y de su hija. Solo hay un momento de felicidad en la película y es cuando el cura monta en una motocicleta y durante el viaje recuerda el placer de su vida adolescente. La parte final, en su sufrimiento, conlleva ese camino hacia el éxtasis, al tener que vivir ese instante acompañado de la mujer que la cuida en su lecho de muerte.

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