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Cine argentino: crítica de María y un recorrido por la obra de Nicanor Loreti

Al director y guionista argentino Nicanor Loreti no se le presta suficiente atención. Desde su primera ficción, Diablo (2011), viene construyendo una filmografía que abreva en géneros como el thriller, el suspenso y la comedia, matizados por diversos componentes de la cultura local y una orgullosa una impronta conurbanera. No por nada fue el encargado de adaptar al cine Kryptonita (2015), el notable libro de Leonardo Oyola, que imagina una comunidad de superhéroes trash en un hospital público del sur profundo de la periferia de la Ciudad de Buenos Aires. Todavía recuerdo la bronca por no entrar a la función de estreno en el Festival del Plata porque habían sobrevendido entradas. Unos genios.

The Walking Conurban

Diablo fue una bienvenida irrupción en un cine argentino independiente que siempre miró de reojo a los géneros. Con Tarantino, el punk y el cine norteamericano de la década de 1970 como grandes referentes, Loreti teñía de un humor negrísimo un thriller centrado en las desventuras de un boxeador venido a menos envuelto en un asesinato. A diferencia de buena parte del cine argento, acá había sangre, sudor y lágrimas, con trompadas y personajes de los bajos fondos. Un cine visceral que no necesita mostrar vísceras para serlo.

Diablo, una bienvenida irrupción en el cine argentino

Entre medio de Diablo y Kryptonita saltó al mainstream para dirigir junto a Fabián Forte dos proyectos por encargo al servicio de un par de figuritas de la televisión, Pedro Alfonso y José María Listorti. El guion Socios por accidente (2014), una comedia de acción que no dada la talla y se limitaba a acumular situaciones trilladas y pensadas para el lucimiento de sus protagonistas. La buena noticia era que los directores no confundían encargo y obligación con desgano y pereza, por lo que el intelecto de los personajes no estaba reducido hasta la estupidez. Además, trocaban el facilismo de “reírse de” por el de “reírse con” y se divertían con el lenguaje del cine y se animaban a jugar al filo de la navaja de la corrección política.

Kryptonita marcó el regreso a las fuentes de un Loreti que en 27: El club de los malditos (2018) replicaría buena parte de su estilo. Hasta que la edición 2021 del Festival de Mar del Plata estrenó Punto rojo, la que para mí es su mejor película. Aquí vuelve a mezclar el policial y la comedia (muy) negra, cortesía de las vivencias de un hombre del, al principio, descocemos todo. Solo sabemos que lo apodan Ladilla” (Demián Salomón), que está en un auto en medio del desierto y con polvo hasta en el alma escuchando un programa de preguntas y respuestas sobre Racing, del que parece saber todo. El tipo llama, responde y se encamina a ganar, hasta que le cae del cielo un cuerpo sobre el capot y llega una mujer con traje de cuero (Moro Anghileri) dispuesta a matarlo.

Punto rojo, una película pasadísima de rosca

Esa secuencia inicial –cuyo tempo narrativo y mezcla de gánsteres y absurdo recuerda a Quentin Tarantino– preludia un flashback sobre las circunstancias que llevaron a Ladilla hasta allí y los roles que ocupan en todo este asunto Nesquik (sí, como la cholatada) y la Chancha, una voz que controla todo desde su teléfono. Esta galería de personajes –algunos torpes, otros desquiciados, otros con todas esas características juntas– llevan adelante esta película frenética, orgullosamente pequeña y concentradísima en una anécdota que genera situaciones hilarantes y disparatadas, algunas de notable inventiva y otras con una estilización que entiende lo excesivo como elemento lúdico. La Real Academia Española debería usar esta película como ejemplo de “pasada de rosca”.

Campeones de la vida

Diablo, Kryptonita y Punto rojo se estrenaron en el Festival de Mar del Plata. Suerte de mezcla entre esas tres, aunque con un tono sobrio inédito hasta entonces en la filmografía de Loreti, en la edición de 2022 presentó Búfalo, otra película de raigambre clásica ambientada en un conurbano bonaerense donde la clase laburante hace lo que puede para sobrevivir. Una historia protagonizada, como Diablo, por un deportista venido a menos y acostumbrado a moverse al filo de la ley. Allí era un boxeador; aquí, un luchador de “vale todo” a cargo de Sergio “Maravilla” Martínez, el boxeador campeón mundial de peso mediano devenido en actor y comediante.

Sergio “Maravilla” Martínez como Búfalo

Basada en la historia real de Alejandro “Búfalo” Ortiz, la película comienza con un plano en cámara lenta del luchador guanteando en un pasillo bañado por una luz rojiza justo antes de trompearse rugir de los ocasionales espectadores. Ya allí queda claro el notable pulso del realizador para, en la mejor tradición del cine de Hollywood (inevitable no pensar en la paleta visual de Toro salvaje y el arco dramático de Rocky), capturar la esencia física de los combates, algo que repite en las numerosas escenas donde la transpiración, los quejidos y el dolor monopolizan la atención.

Búfalo apela a un “villano” relacionado con el pasado del boxeador, el mismo que propone saldar sus deudas haciendo lo que mejor sabe, es decir, pegar y pegar. En esta fábula conurbana de redención tanto deportiva como humana, Loreti permite que hasta sus personajes más oscuros terminen mostrando un atisbo de bondad.

Bendita tú eres

Y así llegamos a María, el nuevo trabajo de Loreti, realizado en codirección con el también actor Gabriel Grieco. Como en Punto rojo, la acción transcurre en un breve periodo de tiempo y en pocas locaciones, a excepción de una introducción en la que se presenta a la despampanante María Black, una estrella del cine porno que queda en coma a raíz de un brutal accidente automovilístico. Su cuerpo desaparece misteriosamente, y no vuelve a saberse nada durante un buen tiempo. Corte a unos meses después, cuando dos amigas (con derecho a roce cuando algún trío lo amerita, a cargo de Sofía Gala Castiglione y Malena Sánchez) que trabajan en la industria audiovisual reciben una oferta para participar del rodaje de una película de la que saben poco y nada, solo que pagan muy bien. Menuda sorpresa se llevan cuando, al llegar al set, ven que la protagonista no es otra que Black. O, mejor dicho, Black, pero un poco distinta.

Sofía Gala Castiglione y Malena Sánchez en María

Ha hecho su irrupción ella, la Inteligencia Artificial, uno de los elementos más recurrentes de los tecno thrillers contemporáneos. Así como durante los primera década y media de este milenio el protagonismo de este tipo de películas se lo llevaba el potencial destructivo de internet, con los hackers como villanos, ahora el asunto pasa por los temores ante el avance irrefrenable de la IA. Pero mientras científicos y especialistas no se ponen de acuerdo sobre hasta dónde podría llegar, el cine puede darse el lujo de imaginar mil y un posibilidades. Sin embargo, casi todas ellas coinciden en proyectarla como un ente capaz de quebrantar las instrucciones centrales en pos de adquirir autonomía. En el caso de Black, de autonomía y empoderamiento.

Cruza entre Robocop y el Skynet de Terminator, la muchacha que volvió de la muerte no quiere dominar el mundo ni sodomizar a la humanidad. Lo suyo es mucho más pequeño y alcanzable: vengarse de todos y cada uno de los hombres que la empujaron a su condición. A partir de esa premisa, María se convierte en un thriller que abreva tanto en el suspenso como en sus crudas y violentas escenas de violencia que irrumpen en la historia como staccatos. Los personajes de Gala Castiglione y Sánchez fungen como aliadas de Black en esta historia deudora de aquel cine ochentoso donde la ciencia ficción iba de la mano con la lucha por la supervivencia. Una lucha hasta las últimas consecuencias.

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