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Dirigida por Dennis Hopper (primera parte)

El actor/actriz que se convierte en director es un cliché, casi como un mandato lineal para aquellos que tienen algunas ambiciones que exceden componer un personaje. Algunos lo piensan desde el lugar del control, mientras que otros lo hacen en términos de ego envalentonado tras una seguidilla de éxitos. A veces hay excepciones y lo que se despierta es un talento oculto; ejemplos exitosos podrían ser las carreras de George Clooney o de Clint Eastwood, aquí con mejor suerte en la dirección que en la actuación. También existen las rarezas, y una de esas filmografías es la de Dennis Hopper, director y guionista.

La extrañeza comienza casi como un flashback -si habláramos de estructuras narrativas- ya que su mayor éxito de popularidad está en su ópera prima: Busco mi destino (Easy Rider, 1969). Una película que excedió esa definición para transformarse, con el correr de los años, en un manifiesto de época y, para muchos, en una bienvenida de culto al mundo del espíritu libre subido a una moto. La música, la moda, los cortes de pelo y los escenarios naturales convirtieron en Busco mi destino en algo más que una simple película, la cual, más allá de la fuerte inscripción de época que lleva, tiene una fuerza arrolladora al día de hoy, más de medio siglo después. Son pocas las obras cinematográficas que resisten ese tiempo, allí ya hay un mérito indiscutible.

¿Cuánto hay de un autor en Dennis Hopper en esta primera película? Si esta fuera una reseña de la época -probablemente- se plantearía la duda sobre cuánto hay en lo que se ve en pantalla de decisiones individuales de Hopper y cuánto de decisiones colectivas. Que en los créditos aparezcan los dos protagonistas como coguionistas puede pensarse que no todo (en materia de dirección) salió de la cabeza de Hopper solamente. Por supuesto, no todo lo que se ve en Busco mi destino tuvo un papel escrito con situaciones, diálogos o marcas, muchas escenas son parte de una improvisación más asociada a una naturalidad del formato documental que del narrativo. Las películas posteriores de Hopper, como director, podrían llevarnos a una posible respuesta.

La última película

Tras el éxito de Busco mi destino, el nombre de Dennis Hopper pasó a tener una consideración, también, para el rol de director. En 1970 el estudio Universal Pictures creó una división para hacer películas por 1 millón de dólares, dirigidas por jóvenes promesas. Una de ellas fue Steven Spielberg con Reto a muerte (Duel, 1971), la idea del estudio fue darles el control total a los directores sin interferencias de productores. Lejos del éxito en el que se convirtió la película de Spielberg, tanto en términos de audiencia como de críticas, estuvo La última película (The Last Picture, 1971) de Hopper.

En 1971 estamos en los albores del New Hollywood, ese período de luminosidad plena que nació de una crisis artística y económica de la industria, si bien los barcos que llegaron al puerto de la masividad se convirtieron en íconos de la época, también están aquellas películas díscolas, cuyas historias detrás de escenas son tan interesantes como El padrino (The Godfather, 1972) quizás me excedí, pero lo podemos conversar. ¿Qué sucedió con La última película? Antes de que Universal diera “luz verde”, Hopper le ofreció la película a Warner Bros. y a Phil Spector, quien en una primera instancia aceptó financiar la película hasta que le dijeron: “Dennis es un poco inestable, quizá no deberías hacerlo”. Es decir, podemos tomar dimensión de lo que se asomaba con la producción de La última película si Spector consideraba que era un riesgo.

El plan era filmar en México, pero la locación de Chinchero en Perú surgió como una alternativa más barata. El dato que no tenían los productores era que esa localidad peruana poseía una fama particular: era una de las productoras de cocaína más grandes de Sudamérica. Las historias incluyen desde 20 personas involucradas a la producción tomando coca en simultaneo antes de tirar toma, hasta escenas de sexo real en escena, en el medio problemas con las autoridades locales por “un sobrevuelo de la homosexualidad” entre algunos personajes de la historia.

Hopper volvió de Perú con más de 40 horas de filmación y con un ofrecimiento a Alejandro Jodorowsky para que realizara el primer corte de la película. Esa primera versión no dejó satisfecho al director, quien expresó que la mirada del chileno era “muy experimental”. Pues bien, el corte entregado a Universal (después de un año de montaje) tampoco fue el de una película de tres actos con un inicio, un desarrollo y un desenlace clásico. El estudio estrenó la película en algunas salas marginales de Los Ángeles y Nueva York, para luego guardarla en una bóveda de sus archivos sin que viera otra vez la luz de un cine.

La película volvió a la vida con un corte supervisado por el propio Hopper y el director de fotografía László Kovács, el cual pudo verse en el BAFICI 2006 casi como un estreno para la Argentina, ya que no tuvo lugar ni en salas de cine en su momento ni tampoco una edición en VHS. En su carácter de película maldita, que ya aduce cierto encanto, ofrece también un gran espíritu de ese libertinaje regado por el New Hollywood, desde la idea de poner los títulos a la media hora hasta incluir un gag reel de la nada. La última película tiene su valor por las historias orales que reconstruyen un caos, más que por la propia obra en sí misma. No recomiendo que vayan corriendo a buscar esta película, lo que sí sugiero es que vean The American Dreamer (1971), un documental que intenta retratar la locura de lo que fue esa filmación.

De la nada

Pasaron varios años hasta que Hopper decidió regresar a la dirección, sin dudas la experiencia de La última película lo dejó con secuelas y con un desencanto por la industria, que le brindó una libertad que después fue un control de todas las aristas creativas. Recién en 1980 retornó a ponerse detrás de cámaras, en cierta forma el cambio de década podía pensarse en términos de un borrón y cuenta nueva. El New Hollywood estaba en retirada y los sobrevivientes merodeaban por las ruinas en búsqueda de una reinvención. La década de mayor creatividad para Hollywood quedó atrás, lo que siguió fue una reacomodación más que una nueva frescura de ideas y posibilidades originales. Un ejemplo es la nueva película de Dennis Hopper: Fuera de control (Out of Blue, 1980). En Argentina tuvo su estreno el 27 de mayo de 1982, eran otras épocas en donde las películas podían llegar con años de retraso y eso no le cambiaba la vida a nadie.

Fuera de control es un caso para reflexionar sobre el paso firme y calculado que puede dar un cineasta tras un fracaso descomunal, como el caso de Michael Cimino que, tras el escándalo de La puerta del cielo (Heaven’s Gate, 1980) regresó con Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), un policial de estructura segura y, al mismo tiempo, audaz y poco complaciente con un público presto a ver algo de género y nada más. “Lo nuevo de Hopper es una reactualización de Busco mi destino” podría decir algún advenedizo que relaciona con pasmosa pereza por tratarse de dos películas del mismo director, no obstante, la idea de un viaje realizado por una joven que se siente ajena “al sueño americano” aparecen como en la mítica película de 1969. Con esta película Hopper encara una nueva etapa en su cine.

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