Reencuentros | El núcleo (2003) 

Yes, but… what if we could?

La posibilidad a la que se refiere con cierta picardía el Dr. Conrad Zimsky (Stanley Tucci) es la de salvar al planeta Tierra de su inminente y en apariencia inapelable destrucción. Sin embargo, dicha frase bien podría haber sido dicha con el mismo tono juguetón por alguno de los responsables del presente film, para referirse a otras posibilidades: las del cine.

El núcleo (The Core) es una película orgullosamente desvergonzada: parte de una premisa absolutamente desfachatada, pero ello jamás la previene de tomarse en serio a sí misma. De hecho, no sólo no se ríe de su ridícula trama, de su yada yada yada científico ni de sus soluciones pueriles, sino que incluso las abraza con una encantadora inocencia, sin ironía, titubeos o chistes autoconscientes.

En su crítica, Roger Ebert dijo que la trama de El núcleo parece salida de una producción de Roger Corman, y no se equivoca: esa ausencia de miedo al ridículo hace que el film parezca salido de otra época. Lo mismo ocurre con su populoso elenco, conformado por grandes actores que, en otra película, quedarían relegados a un mero papel secundario. Pero no acá. Acá, Aaron Eckhart, Hilary Swank, Delroy Lindo, Stanley Tucci, Richard Jenkins y Bruce Greenwood comparten pantalla y nave (¡y qué nave!), sin problema alguno.

En efecto, el cine catástrofe siempre funcionó mejor cuando trató con grupos humanos, con múltiples puntos de vista en vez de sólo con uno; con heroísmos compartidos, no individuales; con sacrificios colectivos, no con mártires. Esto es algo que incluso podía apreciarse desde los pósters: su mayor parte no la ocupaba el rostro de Gerard Butler, Dwayne Johnson o la musculosa estrella de turno, sino la mismísima amenaza, en primer plano y con apenas un par de pequeñas figuras humanas a modo de referencia, si es que las hubiese (véanse los afiches de El núcleo, Impacto profundo, La aventura del Poseidón, El día después de mañana o 2012).

¿Por qué Hollywood dejó de hacer películas de desastres con elencos multiestelares? ¿Será por una cuestión salarial? ¿De ventas? ¿Agendas? ¿Peleas de egos por quién va primero en los créditos? Si eso no detuvo a Infierno en la torre, uno de los mejores exponentes del género, protagonizado por dos pesos pesados como Paul Newman y Steve McQueen, entonces las excusas tienen que ser otras. Sepan disculpar la perorata nostálgica, pero es que se extraña, y mucho, a estas producciones titánicas. Ya ni el propio amo y maestro del cine catástrofe, Roland Emmerich, puede filmar una de ellas en Hollywood (su última, la genial Moonfall, no fue financiada por ningún estudio y pese a sus múltiples méritos -póster incluido- no logró recuperar ni siquiera la mitad de su costo de producción).

Otra cosa que se extraña de las películas de estudio es cuando éstas se permitían ser un poco más “juguetonas” e intervenían sus logos, incorporándolos estética y/o narrativamente al inicio del relato. El núcleo, por ejemplo, comienza con la cámara acercándose hasta la icónica montaña de Paramount para luego adentrarse en sus entrañas y descender a lo más profundo de la Tierra, hasta un océano de magma, en el que se topa con la placa animada del título. Si ese no es un comienzo auspicioso, no sé cuál es.

Afortunadamente, lo que sucede está más que a la altura de las expectativas, ya que el primer acto de El núcleo probablemente sea uno de los mejores del género. La serie de eventos que da inicio a la trama comienza pequeña, con apenas un reloj que se detiene. Luego, una muerte repentina. Y otra. Y otra. Y mientras el caos sonoro se potencia, la cámara empieza a girar y, con un elocuente paneo, nos muestra cómo todo empieza a escalar. Pronto arriba el misterio. ¿Por qué está pasando esto? Antes de que siquiera podamos hipotetizar, otra ocurrencia se roba nuestra atención: el hipnótico desastre alado de Londres (¿es acaso esa gran secuencia la razón por la que aún no padecimos una remake de Los pájaros? Si así fuere, gracias).

Desafortunadamente, el segundo acto no logra (ni se propone) superar esos niveles de espectacularidad visual inicial: luego de las auroras boreales desubicadas y de la dolorosa destrucción romana, el film se ve obligado, por el propio devenir de su trama, a desviar el foco de atención al Innerspace (o mejor dicho, a la Inner Earth) y a las peripecias de sus personajes allí. Entonces, a mitad de camino entre Viaje al centro de la Tierra y un episódico proceso de eliminación a la Eran diez indiecitos, El núcleo progresa, los problemas pasan a ser otros y, salvando la secuencia de San Francisco, los desastres brillan por su ausencia. Engolosinado tras ver lo que el film era capaz de hacer en este sentido, uno no puede evitar desear más, pero ese anhelo apocalíptico no es saciado: un par de explosiones digitales serán suficientes para reactivar el núcleo terrestre, pero no para callar nuestra apetito por la destrucción.

Tal vez les sorprenda saber que El núcleo resultó un fracaso comercial. Al parecer, a un año y medio del atentado a las Torres Gemelas, el público norteamericano ya no estaba muy predispuesto a suspender su incredulidad, a confiar en soluciones implausibles o a creer en el heroísmo colectivo como antes. Sí lo hacía, sin embargo, si el relato transcurría en mundos fantásticos y medievales (El señor de los anillos), mágicos (Harry Potter) y espaciales (las precuelas de Star Wars), o si el héroe en cuestión tenía capacidades sobrehumanas (Spider-man y los X-men). ¿Pero hombres comunes, científicos y profesores universitarios, intentando salvar al planeta? ¿Saben lo ridículo que suena eso?

Tan ridículo como juzgar a una disaster movie como si fuera una película de ciencia ficción: así es, uno de los lugares más comunes en las críticas lapidarias de El núcleo y en la mala recepción del público al momento del estreno fue la inverosimilitud e inexactitud científica de su guión. De vuelta, estamos hablando de una película en la que un par de personas viajan al núcleo terrestre, lo bombardean y emergen a la superficie ilesas. Buscar verosimilitud o plausibilidad allí tiene tanto sentido como esperar encontrar personajes femeninos tridimensionales en una de Nolan o un guión de Shyamalan sin giros argumentales de más.

Si quieren perseguir a El núcleo por algo, que sea por su final desganado y frío, por sus efectos digitales que gritan años dos mil o por el negligente desarrollo de sus personajes, que nos hace desear que éstos tuviesen aunque sea un poquito más de carne. Aún así, respecto a este último punto, un par de buenos diálogos y un par de actores iluminados son capaces de dejar el hueso limpio y, por un breve momento, hacernos creer que estamos satisfechos. Nos referimos, por ejemplo, a Lindo en modo Capitán Nemo diciendo “If Virgil needs more blood, it will be my blood” o a Tucci disfrutando de un simple pucho en el momento más humano de la película.

Siendo que el film fue un fracaso, “¿qué fue de la vida de su director, Jon Amiel?” se preguntarán. No mucho: El núcleo no sólo fue la gran película de su carrera, sino también la última, ya que luego sólo dirigió una biopic sobre Charles Darwin (en el polo opuesto de la Escala Pochoclo) y se volcó definitivamente a la televisión. ¿Y los guionistas? Bueno, John Rogers firmó el guión de Gatúbela y Cooper Layne, el de la remake de The Fog, por lo que todo indica que, el día que partan a mejor vida, El núcleo aparecerá primera en su listado de créditos, y sus sobrevivientes habrán de enorgullecerse de que así sea.

Y hablando de orgullo, rememorando las circunstancias en que vi El núcleo por primera vez, recordé que fue nada menos que un maestro de geografía quien nos hizo ver, a mí y a mis amigos de entonces doce años, este orgullosamente desfachatado film. Es probable que mi amor por el cine catástrofe haya comenzado a germinar allí, posiblemente asistido por algún visionado en cable de Volcano (1997) y el eventual estreno de El día después de mañana (2004). Ahora, por qué Carlos Gargiulo nos hizo ver El núcleo, no lo sé. De la misma manera que tampoco recuerdo por qué también nos hizo ver ¡Qué verde era mi valle! de John Ford. Son preguntas que, como muchas de las que surgen al ver El núcleo, no tiene sentido hacerse. Lo que sí sé y con total seguridad es que hoy, en retrospectiva, esos visionados inexplicables y felices fueron un milagro. Uno inverosímil, digno del guión de Rogers y Layne, cuyo kung fu -como diría el bueno de Rat- es muy fuerte.

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