Exhuma: Reglas básicas para un ritual exitoso 

Si nos encontramos buscando alguna producción audiovisual reciente que nos invite a pensar, Exhuma (2024) es un ejemplo perfecto. Esta película de terror surcoreana dirigida por Jang Jae-hyun estrenada este año se diferencia de aquellas obras que, de algún modo, nos brindan una narración ya digerida y sin posibilidad de interpretación. Con lo propio del género de terror, nos adentramos en una historia que nos enseña sobre un mundo paralelo al humano, un mundo donde las almas continúan existiendo paralelamente a nosotros. Un mundo, sin embargo, que sólo puede ser leído con los códigos sobre la vida y la muerte propios de Corea. Cualquier interpretación de otros mundos con estos mismos códigos desatará un caos inimaginable, y allí reside toda la riqueza del asunto.

Un bebé recién nacido -primogénito del miembro más joven de una familia extremadamente adinerada-, llora desconsoladamente hasta que deciden sedarlo para calmarlo. Si eso resulta un tanto extraño e incomprensible, lo que prosigue luego de esa escena estará fuera de todo orden de la palabra (o de nuestra palabra). El niño, a simple vista, no anuncia ninguna dificultad, pero ese llanto pareciera no ser de este mundo. Una joven pareja de chamanes es consultada para que pueda dar cuenta de qué le sucede a ese niño, casi como si su familia anticipara que el camino de la medicina tradicional no podrá resolver aquello que parece aquejarlo; como si, justamente, algo más estuviera sucediendo entre ellos que todavía no podemos saber. Los jóvenes expertos Lee Hwa-rim y Bong Gil sugieren que otros miembros de la familia -varones- han tenido lo mismo que él. No podemos reconocer en un comienzo qué es lo que ese niño tiene. Algo de una posesión y de una maldición que liga a este niño que recién adviene al mundo con sus antepasados.

Las explicaciones son vanas y las dificultades enormes, tanto para nosotros como espectadores como para los personajes que recepcionan esta terrible noticia. Algunos elementos naturales comienzan a ser nombrados y ligados a rituales, y este será quizás el hilo más novedoso de la película. La manera en que lo que se reconoce como orden de lo sobrenatural está íntimamente ligado con la naturaleza cotidiana, hace que ambos territorios sean indisociables e indispensables el uno para el otro. Todo discurso, entonces, parte de la importancia de la naturaleza y de lo que ella brinda para poder dialogar y hacer las paces con ese mundo que se encuentra un tanto más allá, en el orden de lo invisible e incomprensible. Deciden que el chamanismo por sí solo no alcanza para poder llevar a cabo una solución para esta familia, y los jóvenes profesionales deciden recurrir a un experto del Feng Shui para salvar al bebé. La tarea principal será entonces rastrear el árbol genealógico y dar con aquellos antepasados que podrían estar comunicándose con el mundo de los vivos a través de un recién nacido cuya sangre los une.

Sobre otros modos de relacionarse con la vida

Tanto el chamanismo como el feng shui son corrientes de tradiciones ancestrales que permiten un diálogo, una interlocución, entre lo divino y lo terrenal. La primera, que es considerada una religión, cuenta con más de tres mil años de historia y quien dirige la práctica, el chamán, lleva a cabo rituales para poder resolver o saldar deudas que han quedado latentes entre un orden y otro. El feng shui, por su parte, es una filosofía donde prima la importancia de los elementos naturales, principalmente del agua y el viento. La misma se ocupa de aquello invisible, aquello que no se ve a simple vista en el trajín cotidiano, pero que sin embargo lo afecta. Allí, en la película, el experto en Feng Shui que los jóvenes convocan recurre al yin yang (la ligazón entre elementos opuestos) y a los 5 elementos (agua, fuego, madera, metal y tierra) como recursos vitales para comunicarse con lo no vivo, entendiendo que la naturaleza interviene de manera divina. Durante el transcurso de la cinta, veremos cómo esos mismos elementos cobran una importancia inusitada en pos de ubicar una solución al malestar del niño, malestar todavía difícil de rastrear en el orden mundano.

Ahora bien, ese árbol genealógico que se intenta rastrear a partir de estas prácticas ancestrales, implica buscar las tumbas de aquellos antepasados de este niño, antepasados que, de una forma u otra, han estado haciéndose presentes en sueños, en sombras, en movimientos cotidianos de otros miembros de la familia. Por ello, el ritual necesario precisa buscar la tumba familiar, tumba que yace en terreno sagrado, y exhumar los restos de ese bisabuelo cuya presencia no cesa de perturbar.

Hay algo de lo novedoso en la premisa aunque se torne repetitivo, ya que toda película que responda al género de terror debe mantener algunos códigos. La posesión humana ligada a algo heredado, a algo acaso genético, algo que cae sobre las generaciones todavía por venir no es una historia poco contada. Sin embargo, la mixtura entre tradiciones y religiones, entre naturaleza viva y muerta, es algo que brinda elementos valiosos que hacen digna esta cinta. A este bebé no sólo le ha sido legado un dinero propio de una familia que es exageradamente rica, sino algo más. Una herencia casi maldita, un peso a través de las generaciones.

Los profesionales se dirigen a la tumba, aunque el experto en Feng Shui, Kim Sang-deok (interpretado por Choi Ming Sik, conocido por su papel en Oldboy) anticipa que lo que acontece es un mal de la tumba. Allí se topan con una lápida sin nombre, un cuerpo que no descansa en paz. Un error en la locación de los antepasados fallecidos del bebé genera, a partir de allí, desastres inesperados.

Deciden, luego de escenas donde se medita la situación, llevar a cabo un ritual llamado Daesalgut donde se ofrece la carne de un animal para que la deidad coreana Gun ung proteja de todo mal. Ello permitirá descubrir y desenterrar la tumba respetuosamente. Todo movimiento entre ese umbral que separa la vida y la muerte implica un enmendamiento, un agradecimiento, un pedido. Es casi como pedir permiso ante un terreno sagrado, como si aquella parte ausente no lo estuviera, como si los muertos en realidad tuvieran tanto o más poder que los vivos. Ese umbral, entonces, no puede traspasarse como si ni porque sí. Seamos respetuosos se dicen los personajes. Vemos entonces que, dentro del mismo diálogo, no dejan de anticiparse algunos movimientos, precauciones y malos augurios que ligan la trama misma con el modo de entender el mundo dentro de estas corrientes ancestrales.

Luz y oscuridad en una naturaleza tambaleante

Aquel ritual dispuesto a modo de sellar un umbral traspasado nos muestra la majestuosidad puesta en escena. Allí, veremos cierta contradicción entre la luminosidad y la vitalidad de la película, llena de energía y de movimientos corporales que rinden tributo a los vivos y a los muertos elementos oscuros y la quietud de la muerte.

En ese ritual algo se realiza mal y ese espíritu perturbado persigue a los vivos con otra intensidad, luego de haber removido su tumba. Esa tumba no es sino receptora de otros entierros, de alguien ajeno a esta familia adinerada y de quien no habían tenido noticia más que en imágenes antiguas. Remover, entonces, otros cuerpos desconocidos, abre una puerta que no es posible cerrar con facilidad y las presencias se harán eco de maneras tenebrosas. El terror acecha de diversas formas en la película, aunque las apariciones escabrosas no lo hacen de forma directa sino a partir de otras imágenes, de espejos, de corporizaciones en cuerpos ajenos, manteniendo el aura de misterio durante todo el largometraje. Sin embargo, con este nuevo desentierro, el terror cobrará otra forma, de una presencia espeluznante, cuya densidad pareciera atravesar la pantalla, una figura de una enormidad desencajada respecto a los demás personajes. Estos aspectos anómalos de dicha entidad, hace temblequear a los expertos. Hay algo de los sacrificios y rituales realizados que pareciera no tener efecto alguno en este ser encontrado en la tumba del familiar del niño.

La chamán expresa, luego de escenas terroríficas y mortíferas, que toda anima, que toda alma que ya partió, no posee cuerpo alguno; esa es una de las reglas básicas del chamanismo. La aparición de esta otra entidad sin vida pero con corporeidad hace que se tambaleen todas las creencias y se pase a un plano mucho más escabroso para los personajes. Esa entidad tenía cuerpo y dejaba huellas, expresa la chamán. Todos los rituales y exploraciones realizadas hasta el momento eran desde la cultura y las costumbres coreanas. Dicho cuerpo encontrado en aquella tumba era de un sujeto japonés que había sido enterrado junto a los antepasados coreanos del bebé. Era imposible sentir o registrar algo de esa entidad sobrenatural, ningún ritual era aplicable por ser de otra nacionalidad. Otra naturaleza, otro cuerpo.

Lo que prosigue a continuación de la película no es sino la llegada a una dimensión donde se suspenden las certezas de los personajes. Nos adentramos en una imposibilidad de acción debido a la distancia territorial, étnica y religiosa que no permite equiparar el modo de tratar un alma de una nacionalidad con otra diferente. Declarar y explicitar dicha imposibilidad hace que la profundidad narrativa sea aún más llamativa, abriéndonos preguntas y permitiéndonos, como mencionaba en un comienzo, pensar, pensar con estas imágenes.

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