Tres documentales sobre lugares en Buenos Aires 

Cuenta la leyenda que espectadores de todas las edades huían despavoridos de la sala durante las primeras proyecciones públicas de El arribo de un tren a La Ciotat, uno de los primeros cortometrajes de la historia del cine, porque pensaban que locomotora a vapor que veían en la pantalla estaba yendo hacia ellos “de verdad”. La anécdota causa gracia 130 años después, pero había que estar en esos zapatos en un contexto donde el lenguaje hecho de imágenes en movimiento no existía y aquello se presentaba con efecto de la magia. Hoy sería imposible que alguien reaccione de esa manera, pero es indudable que las películas siguen teniendo múltiples efectos en nosotros. Uno de ellos es su capacidad para alterar nuestra relación (y percepción) con los lugares que vemos en pantalla.

No sé si será una locura mía o algo propio de todos los que vemos películas, pero me cuesta pasar por una esquina, local o edificio donde se haya filmado una escena importante sin pensar ese entorno de una manera distinta, sin sentirme como si estuviera rodeado de los mecanismos del cine. Hay muchos lugares en la Ciudad de Buenos Aires que nunca volvieron a ser los mismos desde que los vi en una película. ¿Por qué me pasa eso con el Zoológico, lo que hoy es el Parque Thays y el Palacio Barolo? Por culpa de tres muy buenos documentales: Zoofobia, Italpark y El rascacielos latino.

Zoofobia

La Navidad de 2012 fue muy distinta a las habituales, al menos para quienes se preocupan por el bienestar de los animales y sus condiciones de vida en cautiverio. Durante esa jornada festiva murió el oso polar del centenario zoológico porteño, ubicado en pleno corazón del populoso barrio de Palermo. Ese hecho, sumado a un cambio mundial en la consciencia sobre el cuidado de las especies salvajes, marcó el punto final de un lugar que supo ser visita escolar obligada de chicos de buena parte del país, además de uno paseos familiares por excelencia. Con los ecos del caso todavía resonando en los oídos de las autoridades y la sociedad, en 2015 comenzó un largo proceso jurídico que culminó en 2019 con la declaración de la orangutana Sandra como “persona no humana y ser sintiente”.

Los directores Pablo Chehebar y Nicolás Iacouzzi (los mismos de la muy recomendable El Crazy Che) utilizan ambos casos como disparadores de documental que demuestra que la rigurosidad periodística puede ir de la mano de un humor cargado de absurdo, una suerte de costumbrismo retorcido que recuerda, en sus mejores momentos, al cine de Christopher Guest.

Nutrida de un cuantioso material de archivo y de una diversidad de fuentes con posiciones muchas veces opuestas –una bienvenida excepción a la corriente mayoritaria de documentales didácticos-, Zoofobia viaja en el tiempo para indagar en la historia de los zoológicos en general (y del porteño en particular) y sus modificaciones estructurales a raíz de los cambios socioculturales a lo largo y ancho del mundo. Y hay también viajes por Europa, pues la película visita varias de las instituciones más conocidas en materia de lo que antes se llamaba exhibición de animales.

Y está, claro, el juicio por la orangutana Sandra, con testigos, funcionarios y especialistas sometidos a largas sesiones de preguntas y exposiciones orales. Errores idiomáticos (hay un gag notable relacionado con la traducción en vivo del testimonio de un especialista extranjero), jueces amantes de animales y cuidadores y vecinos que tranquilamente podrían ser personajes de ficción completan el mosaico de voces de uno de los documentales argentinos más estimulantes de los últimos tiempos.

Italpark

"¿Qué podía pasar en el Italpark, si estaba todo bien?", se pregunta una señora que promedia los 50 años y todavía recuerda como si fuera hoy la alegría, la adrenalina y la emoción que le generaba, de chica, llegar Callao y Libertador. Esa esquina, para ella y para más de una generación, fue, es y seguirá siendo sinónimo del parque de diversiones que se construyó en 1960 sobre terrenos públicos concesionados a los hermanos Zenón durante tres décadas.

Enclave de clases mayormente populares en el muy patricio barrio de Recoleta, el Italpark fue lo más cercano a Disney que tuvieron los millones de chicos y jóvenes que visitaron sus atracciones. Su espíritu de kermese lo ubicaba más cerca de un parque con atracciones que de lo que hoy llamamos “parque de diversiones”, lo que lo convertía en un paseo para las familias que en aquel momento disfrutaban las posibilidades del ascenso social.

Estaba todo bien en el Italpark, hasta que dejó de estarlo. La muerte de una joven a raíz de la rotura de uno de los carros del juego Matter Horn marcó, en 1990, el principio del fin de un parque que hace años estaba en el ojo de la tormenta –y era mirado con muchas ganas por los negocios inmobiliarios– por sus recurrentes desperfectos, irregularidades e incendios. Solo reabriría un fin de semana antes de que el gobierno municipal no le renovara la concesión.

Estrenado en el último Bafici, el documental de Juan Carlos Domínguez apela al clásico formato de cabezas parlantes que intercala una buena cantidad de imágenes de archivo, animaciones 3D hechas por un fanático que recrea los juegos con entrevistas a antiguos empleados, visitantes, coleccionistas y público en general. El objetivo es reconstruir la historia de este emprendimiento enquistado en el ideario colectivo y al que brindar alegría popular no le impedía tener sus conflictos internos, como por ejemplo una pelea entre los hermanos que hizo que uno de ellos se mudara a Mar del Plata para abrir su propio Italpark.

Italpark está teñida por la nostalgia propia de un relato que hace de la evocación una norma y en el que todos hablan sobre algo que ya no está, que ya no es. Si bien suele repetirse que no hay que volver a los lugares donde se fue feliz de chico, y más allá de la tristeza elegíaca común, se cuela una alegría enorme en los entrevistados. Las bondades de recordar las noches cálidas de verano donde los juegos cerraban recién con las primeras luces del día y parecía que nunca nada malo podría ocurrir.

El rascacielos latino

Todas las grandes ciudades tienen un corpus de leyendas y mitos, de historias donde la fábula se cruza con lo místico, donde lo simbólico convive con lo terrenal. Estrenada en 2012, la película del por entonces documentalista Sebastián Schindel –que luego se desplazaría hacia la ficción con la muy buena El patrón, radiografía de un crimen (2013), El hijo (2019) y Crímenes de familia (2020)– se ocupa de la que probablemente sea una de las leyendas más ricas, con más matices y posibles interpretaciones, de la Ciudad de Buenos Aires.

Es aquella que asegura que existe una conexión entre el Palacio Barolo y La Divina Comedia, de Dante Alighieri. Y no solo eso, porque algunos aventuran, más allá de cuestiones de arquitectura y ornamentación, el objetivo final de la construcción emplazada sobre Avenida de Mayo era albergar los restos del escritor italiano. Al no haber documentos oficiales que avalen esa hipótesis, Schindel se calza el sobretodo de detective y sigue múltiples pistas que lo llevan a entrevistar a distintos especialistas en la materia –desde analistas de La Divina Comedia hasta arquitectos especializados en la obra de Mario Palanti, responsable del Palacio– para intentar desmalezar el terreno y ver qué de todo lo es cierto y que no. O al menos elucubrar qué es plausible y qué descabellado.

El rascacielos latino tiene una estructura más cercana a la de una novela de suspenso que a la de los documentales más clásicos. Frente a la maraña de teorías, el Schindel detective va (libretita en mano) atando indicios y datos, interpretaciones y opiniones, con la precisión de un cirujano. Que la película esté narrada en primera persona contribuye a que el espectador se sumerja con más profundidad en las particularidades de un submundo que, paradójicamente, está hace un siglo a la vista de todos.

Y es que el gran protagonista de El rascacielos latino no es Schindel, ni sus entrevistados, ni la teoría sobre la relación con Alighieri. Es el Barolo, con sus recovecos cargados de secretos y su imponencia arquitectónica, al que Schindel le dedica varios planos que destacan la majestuosidad señorial de su construcción inigualable. A fin de cuentas, pocos edificios pueden ufanarse de conjugar de tal manera belleza y misterio.

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