El que mucho abarca, poco apreta 

Cómo no acercarse a una serie protagonizada por él. Cómo no hacerlo si no recuerdo hasta el día de hoy algún contenido que estuviera protagonizado por él, en el que no resultará dentro de la totalidad, empático y querible. Incluso en personajes cuya esencia no es la empatía, él tiene un poder. Consigue ser querible aún encarnando personas que en la vida cotidiana uno no toleraría. Esa es la indescifrable magia de los intérpretes (desde ya sujeto por una dirección actoral acorde y un guion que los sostenga). No existe técnica transmitible para que un actor o una actriz pueda volver hipnótico a alguien detestable, insoportable, poco comunicativo. Desde adentro uno lo intuye, pero tampoco es suficiente. A veces el intérprete sufre lógicamente la desesperación de no saber si lo que está haciendo está funcionando dentro del gran relato, del verosímil. Entonces, a veces, una realizadora o un realizador se te acerca y te dice: “Está todo bien. Podes confiar”. A veces esa confianza no trae buenos resultados, y a veces sí. En ocasiones el intérprete tiene rota la brújula y no se da cuenta que está subrayando el relato al volver obvia una excesiva psicoanalización de la interpretación y refuerza lo que el guion ya estaba diciendo. Dice con violencia textos violentos, o piensa las escenas de discusión con elevados volúmenes y tonos conflictivos. Sal sobre un plato que ya era salado. Y desde ya también suele ser un error desde la realización que creyeron también en esa directiva o abandonaron la dirección de actores. Ese análisis obvio de los guiones es uno de los errores más comunes dentro del área de la interpretación. Y sí puede que esa sea una forma de esquivar la banalización de los personajes, y evitar volverlos chatos, predecibles, reiterativos, y por ende darles la posibilidad de ser más queribles. Luego dependerá también del espectador si lo acepta, si empatiza. Pero hay maneras de conducir esa seducción actoral. Hay algunas técnicas que pueden ser aplicadas para intentarlo. Sí. Sin embargo, no hay una receta. Como en cualquier empresa humana, el error es sumamente posible.

Sin embargo, vuelvo a pensar en él. Pienso en la serie Sherlock donde comenzó a volverse popular su trabajo y hacía un personaje insoportable pero muy querible. Pienso en Doctor Strange, quién comienza como un médico soberbio imposible de ser querido por nadie en dicho mundo ni siquiera por el espectador, pero se termina volviendo uno de los más potentes personajes de Marvel y el universo de los Avengers. Recuerdo su aparición en la espectacular 1917. He escuchado hablar también de su Patrick Melrose. Es un intérprete al que eligen para personajes antisociales, engreídos, soberbios. Personajes que no serían tus amigos. Personajes que no tendrían de hecho amigos. Y lo mismo sucede en la serie que se estrenó el 30 de mayo del 2024 por Netflix. Serie que él, Benedict Cumberbatch, protagoniza. Su personaje es detestable, y pese a todo, toleraremos acompañarlo a lo largo de los seis episodios de Eric.

¿De qué trata?

En el medio de la violenta y corrompida Nueva York de los ´90s, desaparece Edgar, un niño de 9 años. Él es el hijo de Vincent (interpretado por Benedict), el titiretero y animador infantil más reconocido del momento. Él es el creador y protagonista de un muy famoso programa de títeres similar al de los Muppets. Criado con amor pero en el seno de un matrimonio destrozado, hijo de un padre alcohólico y adicto, tiempo después de la curiosa desaparición de otro niño y en una zona muy cercana a la de un bar nocturno que supo en el pasado tener denuncias por pedofilia, Edgar sale al colegio y no llegará a su destino. ¿Estará vivo? ¿Podrá encontrarlo la policía? ¿Su madre? ¿O quizás lo haga su padre, quién frente a la tragedia comienza a ver, hablar y a investigar junto a un monstruo imaginario dibujado una semana antes por su hijo desaparecido?

Los ingredientes

A veces caigo en comparar las películas y la series con la magia o la cocina. Disfruto dejarme llevar por esas comparaciones porque me resulta más clara la comprensión e incluso la explicación de mi punto de vista. Creo que hasta ahora, a lo largo de mis notas, he abusado de la comparación con el ilusionismo y la magia. Esta vez, me serviré de la cocina.

Les ruego a los cocineros y cocineras que lean esta nota que me perdonen por la ignorancia. Me gusta cocinar en la intimidad y experimento mucho sin seguir conscientemente las recetas. Por ese mismo motivo, el mayor porcentaje de mis platos son errores. Algunos pocos sabrosos, y otros tantos desbalanceados. Independientemente de la naturaleza de cada elemento, de cada verdura, carne o condimento, y del tiempo de cada cocción, la combinación de los factores definitivamente altera el producto. Hay ingredientes que han sido definidos por la cultura y la historia como ideales en su maridaje, y hay otros que por algún motivo que desconozco se han ido mezclando y sorpresivamente los recibimos gustosos en algún plato. Hay componentes de esos platos de que definitivamente combinan sea como sea, y otros que dependen de sus respectivas cantidades o qué condimentos lo sazonan. En un plato hay elementos más protagónicos que otros, y hay otros que son igual de fundamentales pero se anuncian desde el fondo dándole balance o un precioso desequilibrio a su totalidad. No es lo mismo un puré de papas con pimienta que sin pimienta. No es lo mismo una pieza de sushi con o sin wasabi.

No alcanza con que un niño sea tierno para que este listo para actuar.

En Eric conviven esencialmente el policial con el melodrama familiar. La historia del cine ha comprobado cuán excelente pareja son estos géneros. La historia del ser humano, la propia realidad, lo ha comprobado. Aún fallando en la justa distribución de ambos géneros, los profesionales de la narración audiovisual, sacando excepciones, podrán llevar a cabo un proyecto digno combinando ambos géneros. Luego están los personajes que transitan a través de sus conflictos y vínculos ese género. Las subtramas. Y los tonos con los que son narrados esas subtramas. No es lo mismo el policial como “Alto o mi madre dispara” (1992) protagonizado por Stallone, donde el conflicto es en torno a la relación madre e hijo pero es tratado definitivamente como una comedia, que “Prisioners” (2013) de Villeneuve. Independientemente de los elementos, los condimentos terminan definiendo el sabor del plato. Y de la misma manera que en la cocina, donde mientras tu tío Horacio se relame en la punta de la mesa al mojar el pan en el fondo de la olla llena de grasa y mondongo, o mientras tu prima Clarisa de 12 años le tira mayonesa a los fideos, en el cine el goce es subjetivo. Ahora, ¿hasta dónde será sencillo combinar bien la pedofilia, la corrupción política, los amantes, la desaparición de un niño, las adicciones, los problemas psiquiátricos, en tan solo seis capítulos de una serie? ¿Es posible que conflictos con un sabor tan estridente puedan convivir bien en un solo relato sin pisarse el uno al otro, y sin hacer sentir a su espectador mareado?

A medida que pasan los capítulos, el manejo de las tramas de Eric va perdiendo coherencia o al menos fineza. El edificio de naipes va temblando a cada minuto, y los últimos 3 capítulos caen casi estrepitosamente. Rescatado por sus intérpretes y por una excelente subtrama policial con todas las letras (mención aparte para el protagonista de dicha subtrama McKinley Belcher III) , se pierde en la totalidad el valor de los detalles. Inclusive es tratada con bastante superficialidad la gravedad de un asunto como la enfermedad psiquiátrica que padece Vicent. Es verdad que contada a través del monstruo imaginario se vuelve pintoresco, pero es conducido hacia un desenlace mucho más conveniente para el “éxito” de la trama y su efecto, que para su propia credibilidad.

La mayor gravedad está en lo inverosímil que termina siendo toda la trama central sobre la desaparición del niño cuando se hecha luz sobre la misma. Cuando eso sucede, pareciera que también habrá de convivir en el ecosistema de subgéneros, la fábula para niños. Y el cruce precipitado y forzoso de todas las tramas y subtramas en el segundo detonante del relato (cuando todo comienza a precipitarse a su último punto sin retorno), termina acercando todo lo construido hasta entonces hacia lo ridículo. Todo sucede al mismo tiempo y con el mismo valor de importancia y en el mismo punto de resolución de su respectiva línea narrativa. ¿Era necesario condimentar tanto sabores que naturalmente eran fuertes y sabrosos?

Y el climax de la película, su resolución y tercer acto, al mezclar los tonos ya mencionados con un repentino color similar al del final de una comedia familiar como “Mi pobre angelito” (casi como si pudiéramos escuchar a los productores o a la plataforma obligar a los realizadores a convertir súbitamente un policial oscuro en una serie para toda la familia), nos hace sentir que si darnos cuenta mezclamos en nuestra boca sushi, milanesa con puré y helado de dulce de leche. ¿De qué se trata la serie que acabo de ver? ¿Qué acabo de comer?


Chesi

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