Cuando en 1984 a Eddie Murphy le ofrecieron hacerse cargo del papel protagónico de “Beverly Hills Cop”, el actor contaba en su currículum tan solo con dos películas realizadas; el gran policial “48 horas” (Walter Hill, 1982) y la muy efectiva comedia “Trading Places” (John Landis, 1983). El resultado operó como síntesis, ya que el film, que en parte del mundo de habla hispana se estrenó como “Un policía suelto en Hollywood”, fusionó dos géneros para generar una fórmula que rompió taquillas: mucha acción, muchas persecuciones, muchos chistes a cargo del protagonista. El largometraje dirigido por Martin Brest se convirtió en icono del subgénero de policiales con humor, que en esos años fue estrella de la industria, al punto de que Murphy, tres años después, encabezó una secuela (Tony Scott, 1987) y luego, en 1994, una tercera parte de muy bajas calorías a cargo de John Landis.

Tenía 23 años el actor nacido en Brooklyn cuando protagonizó la primera entrega de la saga. Hoy el comediante tiene 63 sobre la espalda y, desde ahora, una nueva secuela de su clásico de clásicos. “Beverly Hills Cop: Axel F” es la cuarta película del agente Axel Foley y la consigna es evidente desde el primer minuto: hacer cine de los 80s, pensado como si fueran los 80s, con la estructura del cine de los 80s y un protagonista que está en forma como para que la ilusión del tiempo congelado se haga realidad al menos durante un par de horas.
Esta vez le tocó a Netflix y no a las salas ser la encargada de traer de vuelta al detective y su cosmogonía trash-mainstream ambientada en la ciudad de la autoproclamada “Meca del cine”. Por supuesto que estamos hablando de una ciudad de Los Ángeles que, en el marco ficcional con el que nos bendice la pantalla, y aunque la trama se sitúa en la actualidad, luce como en aquel entonces. No hay adictos al fentanilo desfilando por las veredas ni carpas de homeless montadas en las zonas menos favorecidas. En su lugar está todo aquello que remite a los 80s: señoras con caniches, ropa de marca y palmeras brillosas, como cuando el policía de marras aparecía en pantalla colgado de sogas en camiones a toda velocidad, liderando escenas de alto riesgo. Hoy el tipo es grande, y hasta tiene una hija (de la que está distanciado a causa de su personalidad volátil).
¿Queda alguna duda de que estamos hablando de otro ejemplo práctico de cine fanservice? A la posible y maliciosa pregunta sobre si hacía falta o si esta saga es de las que tienen fans desperdigados alrededor del mundo, le podemos contestar con el dato duro de que la película se ubicó con celebrada velocidad, luego de estar disponible, en una de las más vistas de la plataforma.
Con lo anterior queda demostrado que la fascinación que despertó “Stranger Things” por la cultura audiovisual pop de la década del 80 sigue vigente no solo a través de los taquillazos que metieron los últimos dos films de los Ghostbusters a fuerza de guiños y presencia de sus estrellas canónicas, o por Michael Keaton enamorando de nuevo bajo el traje de Batman y con el make up de Beetlejuice. El policía de Beverly Hills que Hollywood tenía archivado en un cajón también tiene público al que volver a cautivar y dinero para hacer entrar a las arcas del mundo empresarial. Y el público disfruta. Un win win sin fisuras.

¡El guion es bueno!
Ante semejante tótem del fanservice y el juego de guiños retro, que el guion sea una pieza no solo efectiva sino además digna de algunos elogios en términos de narración clásica, es todo un punto a celebrar. Los responsables del menú pop son tres y, pese a lo que suele suceder cuando hay muchas manos escribiendo un film, en este caso van los vítores de rigor para Will Beall ("Liga de la Justicia", “Aquaman”), Tom Gormican y Kevin Etten (ambos escribas de "The Unbearable Weight of Massive Talent"), que plantean una trama bien contada y con altas dosis de elocuencia narrativa.
La nueva aventura del justiciero irreverente gira en torno al asesinato de un policía y la implicación en el crimen de miembros de la institución con sede en L.A. Una de las protagonistas del caso es la abogada Jane Saunders (Taylor Paige), hija del teniente Axel Foley, quien después de muchos años de haberse corrido de sus funciones de padre vuelve a tener contacto con ella para ayudarla en la investigación del caso (y, de paso, volver a la acción).
Como elementos de interés pop y disparos de referencias y links se suman a la saga otros dos caballeros de la cultura cinéfila popular: Kevin Bacon (con el perfil justo y afiladísimo de villano de los 80s) y Joseph Gordon-Levitt (a cargo de un detective y ex pareja de la abogada Saunders). Junto a ellos vuelven a sus roles Judge Reinhold (sepultado bajo retoques faciales), John Aston (como el atormentado jefe de Foley) y, como marca retro por excelencia, el gay caricaturesco (aunque no tanto como décadas atrás) a cargo del comediante Bronson Pinchot.

La aventura es la aventura y no faltan tiros, choques de vehículos, salpicaduras de sangre y un arsenal de chistes (con el tan ochentoso sesgo escatológico en más de una ocasión) al que solo le falta referencias a la guerra fría. Tampoco se la extraña a la banda de sonido original, que también dice presente.
Si al fiestón retro que nos trae “Beverly Hills Cop” le sumamos que la efectividad cómica de Eddie Murphy sigue intacta y que el clímax del vértigo incluye una persecución en helicóptero que vuela al ras del cielo en plena avenida, pues bien amigos, la fiesta está completa.
Un saludo a Hammer
Ya que estamos hablando de los 80s, de policías (el tema predilecto de Hollywood tal como dice Thom Andersen en “Los Angeles Plays Itself”) y de humor cruzado por las balas, vale un recuerdo al siempre presente y celebrado aunque nunca bien ponderado Sledge Hammer, el policía de San Francisco al que en Argentina conocimos como “Martillo Hammer” (y constituye el combo de apodo + nombre más redundante de la historia de las series traducidas al castellano). El personaje que David Rasche compuso entre 1986 y 1988 es “primo” de Axel Foley aunque con una paradigmática adicción a las armas de fuego que su colega de L.A. no mostró nunca.
Sin embargo, el humor entre ácido e inocente, el machismo omnipresente y la vocación por el absurdo los emparentan y lo hacen casi tanto como la ligazón que mantiene en el universo policial del audiovisual el propio Sledge Hammer con el teniente Frank Drebin de “La pistola desnuda” (David Zucker, 1988). Pero eso lo dejamos para otro artículo.



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