Los Fabelman y la niñez de Spielberg que no sabíamos que queríamos ver en cine Spoilers

Que una de las escenas más bellas del cine occidental de este siglo la haya filmado Steven Spielberg no presenta mayor novedad, que además esa escena incluya un homenaje a la pantalla grande, tampoco. Pero que la película que incluye esa escena sea una autobiografía del propio realizador representa toda una sobredosis de cinefilia disparada al infinito. Y más allá.

Uno de los patriarcas del cine moderno, referente del cine de Occidente e influyente del otro lado del océanos y más allá de las fronteras, miremos para donde miremos, dirigió en 2022 un trabajo que cuenta su relación con el cine, que nos pone en foco esos momentos en los que el pequeño Steven se cruzó con ideas para encuadrar, ponerles luz y enviarlas al proyector.

Los Fabelman plantea una historia de amor con la pantalla, con el hecho de sentarse ante un lienzo enorme que muestra imágenes en movimiento y, claro que sí, con el fascinante proceso que hace que esas imágenes lleguen a una cinta y esa cinta (o archivo digital) se exhiba en público.

Se trata, por si a esta altura de la historia hace falta el dato, del mismo señor que puso su arte al servicio de la pasión por el celuloide de todo un planeta, que firmó y filmó largometrajes clásicos desde su segundo 0 como Indiana Jones, E.T., Tiburón, Encuentros cercanos del tercer tipo y muchas más.

Sin derrapar en auto homenajes ni indulgencias que merezcan alguna condena, el film se ubica por numerosas razones entre lo mejor del realizador, una marca que no todos sus colegas consiguen cuando están más cerca de los 80 años que de su juventud.

La larga lista de películas que forman parte del inventario de lo mejor del cine industrial tiene varios títulos de SS, entre ellos los antes mencionados. ¿Y entre ellos Los Fabelman? Por supuesto que sí. Veamos algunos de los porqués.

La (adorable) obsesión de don Steven con todo lo que gira en torno a los 24 fotogramas por segundo queda más que clara en los más de 50 títulos que le entregó a la historia del séptimo arte. En ese listado Los Fabelman se encastra sin problemas, en gran parte por su relato sobre el camino del héroe en versión Hollywood, una ruta que él asfaltó sobre la marcha. El relato, a partir de un guion que, adivinamos, le proporcionó más de un momento de pañuelos urgentes a su autor, se compone por elementos de su vida real, entremezclados con otros ficcionales, sobre un escenario en versión libre del american way of life de los años 50s y 60s.

Con el punto de partida en el momento en que el artista quedó maravillado por primera vez por una proyección cinematográfica, la película recorre épocas, estilos, tramas estéticas y narrativas de distintos pasajes de la historia del cine. Lo que vino antes de él, digamos, antes de que Steven Spielberg se transformara, en la década del 70, en protagonista excluyente.

Arranca el relato y vemos que una pareja con su pequeño hijo se prepara para ingresar a la sala en la que se proyecta El espectáculo más grande sobre la tierra (The Greatest Show on Earth, Cecil B. DeMille, 1952). Una vez completada la fila de ingreso, ya en sus butacas (previo plano que recuerda a King Vidor y su incunable The Crowd, 1928) la mirada del pequeño Steven (Sammy en el film, rol a cargo de Mateo Zoryan) lo dice todo y pone en escena el momento en que el pequeño vislumbra lo que serían sus años subsiguientes.

Lo que sucede luego de esa intro es un remolino de situaciones, emociones y planos que el pibe cranea y elabora con paciencia de artesano en una playa, de noche ante su madre, en una fiesta del colegio, o en una habitación de su casa familiar rodando el choque de un tren eléctrico, concretando así, en su primera película, su propia versión de la escena que cambió para siempre su vida.

Las paletas, los planos, la construcción de todas las escenas de Los Fabelman remite en cada período retratado al estilo de su época (aplausos a los cambios de colores y tonos entre los años 50s y 60s). Lo que nos dice el autor es que todo parte de un mismo punto de vista; el de un artista creando su pequeña patria en cinerama, su cosmogonía personal. El plano como “ventana al pasado”, el encuadre como manual subjetivo de la historia del cine.

En la hipermodernidad, en la era de los filtros de variedades infinitas al alcance de un click ya no basta con la nitidez del ultra HD sea 4k, 8k o el que esté por lanzarse para contar bien. La reconstrucción de época en un film abarca también a la reproducción del punto de vista de los años retratados. El valor de este Spielberg es que capta la era de la que es parte activa, la usa en su favor y en pos de su obra tal como hizo en 2018 con Ready Player One, uno de sus trabajos más coloridamente pesimistas.

Imagen | Película: Los Fabelman

La autorreferencia no suele ser buena aliada de la creación artística, allí están como ejemplo los compositores que citan una y otra vez en sus letras éxitos de antaño, o los escritores que toman prestados pelos y señales de sus personajes de otrora. En Spielberg, en el cine en general, los guiños a la propia obra cobijan ternura y una querible añoranza alejada (a veces) de toda melancolía. Por el encuadre de Los Fabelmen se cruzan las bicicletas en las que Elliot y E.T. maniobraban en las curvas, entre otros guiños con mayor o menor relieve.

La sabiduría de Spielberg como narrador y artesano de lo mejor del cine mainstream de las últimas cinco décadas queda expuesto en Los Fabelman a través de escenas epifánicas para cualquier espectador entregado a la cinefilia: una de ellas es parte de una secuencia de camping familiar, de viaje iniciático para el protagonista de la historia. Un Sammy / Steven ya adolescente (Gabriel LaBelle) encuentra en ese campamento con mamá, papá, hermanas y tío un libro abierto sobre la vida de su entorno y sobre las relaciones familiares en su casa, esa que filmaba sin terminar de ver.

Ese pequeño Spielberg, apenas unos años antes de concretar la gran Duel (1971), es primero director de cine y después todo lo demás. Filmo, ergo, existo. El ordenado revoltijo de estilos, nombres y marcas de autor que despliega la película llegan incluso a diálogos en plan Woody Allen atravesados por expediciones visuales-estéticas del planeta Wes Anderson, sobre todo en los clips que retratan la carrera amateur de Sammy, con pinceladas que nos envían sin escalas a Rushmore (aquella genialidad de Anderson circa 1998, con Bill Murray y Jason Schwarztman).

Alerta spoiler (si es que todavía no conoces este dato): ¿Más motivos para entregarse de lleno al festín de cinefilia, referencias y fetichismo por el celuloide? David Lynch interpreta a John Ford (a quien el film define como “el mejor director del mundo”), momento-clímax que sin duda ya está ubicado en la historia de los mejores últimos cinco minutos de una película de Hollywood, plano final corregido (in situ) incluído.

El bullying del Oscar

La opinión general sobre la película de Spielberg fue positiva desde el primer momento del estreno para la crítica y el público, que celebraron el paso autobiográfico del peso pesado de la industria. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood se limitó, en 2023, a otorgarle 7 nominaciones a los premios Oscar, entre ellas mejor película, dirección, guion y actuaciones. Pero el resultado fue catastrófico: 0 premios. Algo similar, aunque más doloroso, le había ocurrido al realizador en la entrega de los Oscar de 1986, cuando su film El color púrpura había acumulado 11 nominaciones y también se fue con las manos vacías.

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