La impunidad de los Cuellos Blancos 

Cuellos Blancos. El caso Vicentín (2024) es el último largometraje del director neuquino Andrés Cedrón que vio la luz este año en algunas proyecciones del país, aunque todavía no tuvo su estreno comercial debido a los problemas con el INCAA. El mismo nos trae una problemática tanto actual como de antaño. ¿cómo puede ser esto posible? El núcleo de estas imágenes retienen la catástrofe que aconteció la empresa legendaria Vicentín se declara en quiebra, saliendo a la luz un fraude multimillonario al Estado argentino y a miles de acreedores. Una historia que, desde sus comienzos es corrupta, pero que jamás ha sido interrumpida.

Podemos pensar que todo documental comienza a existir desde una pregunta. Las imágenes parten de un interrogante, sin pensar en ubicar una respuesta última y totalizante. La producción de Cedrón es austera a la vez que ambiciosa. Con claros guiños al estilo documental del gran Pino Solanas (1936-2020), expeditivo y guerrillero, este joven director realiza una serie de preguntas que, lejos de encontrar respuestas, abren aún más el panorama histórico, social y político de nuestro país. Con un carácter didáctico pero sin aires de superioridad, nos acerca a un problema complejo que aún hoy posee bordes sombreados y esquinas opacas.

Llevándonos directamente a las puertas de la industria santafesina, Cedrón nos relata los pormenores de la empresa Vicentín en un nuevo documental político que se suma a la larga herencia tan rica y diversa que existe en nuestro país. La empresa es una firma pionera ubicada en la provincia de Santa Fe, Argentina. Con imágenes ilustrativas y concisas, el director nos orienta en este conjunto de empresas industriales que producen productos primarios destinados principalmente a la exportación. El crecimiento de Vicentín es exponencial, tanto es así que amplía su rubro de interés, ya no solo a las aceiteras sino también al biocombustible, la industria textil, agroquímicos y productos farmacéuticos.

Con un uso de archivo muy inteligente, el director nos acompaña en un viaje por la historia, llevándonos a 1929 en los orígenes de Vicentín, donde los hermanos Pedro, Roberto y Máximo Vicentín llegados de Italia se hacen de terrenos robados durante el imperio de las forestales en la ciudad de Avellaneda, Santa Fe. En sus comienzos, se estructuran como un almacén de ramos generales y progresivamente dan préstamos impagables a los ciudadanos, quedándose con los campos de los trabajadores. Posteriormente, con este crecimiento cuanto menos ilegítimo, se transforma en un negocio de aceiteros y no cesa de ampliarse.

Esta historia vuelve a repetirse, y tal como manifiesta en otro documental Jonathan Perel (Responsabilidad Empresarial, 2020), con la última dictadura cívico-militar han adquirido más terrenos de forma ilegal, entre muchos otros beneficios.

El problema concreto con la firma aparece en 2019 cuando la empresa Vicentín presenta una serie de balances falsos para un concurso preventivo.

En este documental que sostiene parte de la narrativa clásica de este género cinematográfico, con entrevistas a cámara y rostros flotantes, también se emplea el uso de la animación para recrear figurativamente algunas escenas un tanto irónicas y disparatadas pero, sin embargo, reales en los hechos efectivos. De este modo, se enriquece aún más el espectro de alcance del documental.

En este punto, Cedrón invita a dialogar a ex trabajadores -ya jubilados- que pasaron sus años de actividad en las empresas de Vicentín y muchos años después se animan a hacer públicos los escarnios vividos durante aquella época. Explotadores desde sus orígenes, se asentaron en el norte de la provincia de Santa Fe donde, durante la dictadura, muchos gremialistas fueron torturados, detenidos, liberados y vueltos a detener clandestinamente. Acaso el director no tome conciencia de la importancia de este trabajo recopilatorio no sólo de archivo sino de testimonios vivientes y presentes que reactualizan la historia y nos invitan a ver la realidad de forma más concreta, un poco más acá de lo que proponen los medios de comunicación con sus noticias engañosas que, sin embargo, construyen sentido en el imaginario de una Nación.

Los archivos de diferentes épocas vuelven a insertarse por parte de Cedrón, ubicando algunas escenas de nuestros tiempos más oscuros. Al final de la dictadura, Domingo Cavallo, economista en dicha época y figura siniestra hasta el día de hoy, estatizó la deuda de Vicentín, receta ya conocida. El gobierno de facto habilitó en 1979 la construcción de puertos privados, acto que se aceleró durante el menemismo. Durante el gobierno de Mauricio Macri que continuó con la impronta neoliberal, el Banco Nación continúa otorgando préstamos a Vicentín, más de lo que podían devolver. Javier Fraga

Cedrón viaja por distintos puntos del país, dialoga con diferentes profesionales que son, en su mayoría, docentes universitarios. Allí, ellos nos comparten algunas nociones pertinentes de las cuales quizás no tenemos noticias pero que nos permiten pensar la problemática de la corrupción empresarial. En este punto, muchos indagan y trabajan en sus aulas la concepción de delito de cuello blanco. Esta conceptualización comienza a desentrañarse con la ayuda del docente rosarino Juan Pegoraro, con el fin de ponerla en juego durante la trama documental. El criminólogo norteamericano Edwin Sutherland es quien acuña este término para pensar aquellos delitos perpetrados por las clases sociales superiores, abusando de dicha posición para quedar exentos de consecuencias, afectando a un sinfín de sujetos que se encuentran en una posición más vulnerable. Uno de sus tantos efectos es fomentar el mecanismo de impunidad, de atontamiento del pueblo y de acallamiento de la sociedad.

De esta misma forma, Cedrón no se acobarda en mostrar algunos fragmentos de programas de noticias actuales que tergiversan la información o transmiten la misma de una manera totalmente diferente a como aquí él y su equipo intentan desmenuzarla.

Lo que no está prohibido por defecto está permitido.

Aquí estamos, en la posmodernidad. No hay verdad o, mejor dicho, no hay sustento de la verdad en ningún hecho efectivo. Con ello tampoco hay referentes concretos, rostros ubicables. Una empresa puede tener miles de dueños, de inversores y accionistas. El nivel de concentración del campo es bestial, la riqueza la concentran unos pocos. Es por ello mucho más complejo ubicar en qué rostros y apellidos se concentra el poder. En una conversación posterior con los participantes del documental, se refiere que Vicentín forma parte de KPMG, una de las llamadas Big Four. Esta empresa es una de las 4 consultoras más grandes del mundo, y era la cual realizaba los estudios contables de Vicentín. Como bien lo hace Cedrón, pareciera que al ir buscando piezas del rompecabezas, se va construyendo un sentido que orienta a las responsabilidades empresariales, la impunidad y la corrupción que fue sembrando esta aceitera santafesina, actos que no han querido ser vistos aunque se hayan hecho a plena luz del día.

Por ello, se recalca allí la importancia de la búsqueda de los nombres propios, de rastrear apellidos a lo largo de la historia. Vicentin es justamente un apellido, un nombre propio con mayúsculas. Acaso eso también determina su porvenir. Vicentín es un eslabón de un rizoma dice en un diálogo posterior a la proyección el economista Sergio Arelovich, cuya participación es fundamental en el documental. Agregando otras pistas como el nombre de Marc Rich, fundador de Glencore, la multinacional suiza más grande de la historia, profundiza en cómo la investigación de algo que parecía circunscribirse a una cuestión nacional, se complejizaba sobremanera evidenciando mecanismos de corrupción a nivel global. Esta corporación especializada en recursos naturales compra gran parte de las acciones de Vicentín, información a la que llegan los entrevistados que formaron parte de la Intervención de la empresa.

Además, se relata que en 1986, Vicentín creó una empresa en Panamá. Desde esa fecha hasta 2003, luego de la crisis y el comienzo de la recomposición nacional, exportaban a muchísimos lugares y empresas pero, sin embargo, la facturación de dichas transacciones era dirigida a una sola empresa. Así es, a esa empresa que crearon. Cedrón reúne cabos aunque algunas piezas permanecen faltantes, y eso es lo que resulta tan llamativo de esta producción. No se esperó a que el caso tuviera una resolución o sentencia, sino que la recopilación de datos, testimonios y archivo refiere a una situación en el aquí y ahora, viviente y caldeada.

Podríamos decir, por último, ya que este documental es dedicado a Coco Blaustein y a Pino Solanas (ambos documentalistas) que, a diferencia de las películas de Solanas, falta ese componente más horizontal de testimonios de los trabajadores actuales, que transitan el día a día desde el interior de la empresa y los cuales se han visto sorprendidos por esta abrupta quiebra luego de un año de producción en extremo crecimiento. Quizás todavía sea un asunto que sangra en la comunidad e impide su reflexión. Sin embargo, es indudable que es un documental que no cierra la temática sino que invita a investigar, a anoticiar de los acontecimientos, incluso a indignarse y a despertar de esta quietud que ha sido instalada desde hace ya casi un siglo.

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