El cine de Colombia 

Náufragos y navegantes – Nota 15

Seguimos adelante en este viaje por el cine de Latinoamérica, de Venezuela pasamos a Colombia, dos países que alguna vez fueron uno solo, aunque el presente los encuentre distanciados.

El cine colombiano ha crecido mucho en estos años, digamos mejor en todo este siglo. Por un lado es un fenómeno cuantitativo hijo de los cambios tecnológicos (y entonces análogo a los otros países de la región), y sabemos que como el cine es oficio, cantidad termina dando calidad. Pero eso sólo puede explicar en parte este crecimiento. Tras la Ley del Cine del 2003 se dio un salto de calidad con toda una generación de cineastas, probablemente encabezados por Ciro Guerra, del que me ocuparé especialmente.

Hice la referencia a este siglo porque en el pasado hubo pocas películas colombianas que hayan circulado con mucho suceso fuera de ese país. El cine llegó pronto, en 1897, y el primer largometraje de ficción es de 1922, La maría, basado en la novela de Jorge Isaacs, iniciando un sólido lazo entre cine y literatura. De este film sólo se conservan 25 segundos. Hasta los años ´80 hubo poco apoyo oficial, pero las iniciativas de esa década sumadas a estrategias de co-producción redundaron en una serie de films destacados en la década siguiente, entre los cuales el más conocido sin dudas fue La estrategia del Caracol (1993), de Sergio Cabrera. Y habría que mencionar también a La vendedora de rosas (1998), de Víctor Gaviria.

La estrategia del caracol

Antes de pasar al cine colombiano del siglo XXI me tomaré un momento para profundizar un poco lo dicho sobre la relación entre cine y literatura.

Gabo y el cine

Gabriel García Márquez es una presencia tan importante en la cultura colombiana (y desde luego, mundial) que merece un capítulo aparte. Su relación con el cine (no sólo con el colombiano) no se limita a las adaptaciones de su obras (que según IMDB son nada menos que 64 contando cine y TV). Ya me he referido a esto en artículos previos porque la relación del escritor con el cine tiene fuertes lazos con México y Cuba.

Tras una experiencia en 1954 como director y guionista de un corto en Colombia llegaron trabajos más profesionales en México, entre los que se destaca En este pueblo no hay ladrones (1965), de Alberto Isaac, en el que incluso actúa en un papel pequeño pero significativo (trabajando en el cine del pueblo). Un año después llegó Tiempo de morir, debut en la dirección Arturo Ripstein, en el que se ocupó del guión junto a Carlos Fuentes. De todo esto me he ocupado en el artículo sobre el cine de México. El propio Ripstein adaptaría muchos años después a García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba (1999).

No podré mencionar todas las adaptaciones, que como dije son muchas, y con resultados diversos. El cine internacional se ha ocupado bastante de su obra y señalaré dos casos dispares, la italiana Crónica de una muerte anunciada (1987) de Francesco Rosi, con Gian Maria Volonté, y la muy fallida coproducción El amor en los tiempos del cólera (2007) de Mike Newell, con actores de todo el mundo haciendo de colombianos pero hablando en inglés.

Como también he señalado previamente, el cine cubano le debe la creación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, realizada junto al argentino Fernando Birri. Precisamente este director también tiene una adaptación de su obra, en la que incluso se reserva el papel principal, Un señor muy viejo con unas alas enormes (1988). La recuerdo bella pero irregular y debería volver a verla.

Es una gran incógnita saber que sucederá con la adaptación en desarrollo de Cien años de soledad, en formato serie. Pronto se develará esa incógnita.

Cine y tráfico

Yendo ahora sí al cine colombiano de este siglo hay que señalar una temática recurrente, el narcotráfico, presente en infinidad de películas y series destacadas que abordan el tema directamente. Pero también en otras obras en las que igual se hace ver de manera más lateral. Se podría enumerar una gran cantidad de producciones pero sólo citaré dos de las primeras, que siguen siendo hitos en la materia por la dureza y autenticidad de su contenido, y también por la gran repercusión que tuvieron. Me refiero a La virgen de los sicarios (2000), de Barbet Schroeder, áspera e inmersiva, y a María llena eres de gracia (2004), de Joshua Marston, curiosamente hechas por directores extranjeros, pero con producción colombiana.

Guerrillas y desplazados

El conflicto armado en Colombia, con zonas que terminan siendo tierra de nadie y niños o jóvenes combatientes también fue muy abordado por el cine de este país. Los ejemplos en este caso son la desoladora Alias María (2015), de José Luis Rugeles, y la potente, bella, incómoda y metafórica Monos (2019), de Alejandro Landes, sobre un grupo de jóvenes guerrilleros que deben cuidar a una mujer norteamericana secuestrada.

Monos

Un director en particular

Había adelantado que me iba a referir a Ciro Guerra, nacido en Río de Oro en 1981. A mi juicio su cine condensa mucho de lo expresado previamente porque tiene algo de esencial en su búsqueda de belleza de forma y contenido, y en sus retratos de choques culturales.

La primera película que vi de él fue Los viajes del viento (2009), bellísima aventura sobre un músico que recorre el norte de Colombia para devolverle su instrumento a su maestro. Luego llegaría la mucho más conocida El abrazo de la serpiente (2015), que ganó popularidad de la mano de su nominación al Oscar. Como en todas sus películas, se destaca el trabajo en dirección de fotografía, en este caso en blanco y negro, al servicio de otro relato de aventuras, una suerte de viaje al corazón de las tinieblas. Un chamán sin memoria y un etnobotánico en la búsqueda de una planta mítica que puede enseñar a soñar.

El abrazo de la serpiente

Pájaros de verano (2018) cambia el blanco y negro por las explosiones de color, pero la búsqueda es la misma, y de alguna forma esta película es la que más encapsula los temas precedentes. Tras este trabajo llegaría una experiencia relativamente fallida en el plano internacional, con Esperando a los bárbaros (2019), una gran producción, con un elenco encabezado por Johnny Depp, Mark Rylance y Robert Pattison, que no tuvo el éxito esperado pero que puede verse con interés y para mí remite a otra bella película del pasado como El desierto de los tártaros (1976), de Valerio Zurlini. La película de Guerra está basada en una novela del escritor sudafricano J. M. Coetzee, que además se ocupó del guion.

Pájaros de verano

El último trabajo de Guerra es la miniserie Frontera verde (2019), que aún no vi pero entiendo que conserva las temáticas abordadas por sus obras previas, y supone su regreso a Colombia para filmar una historia que sucede en el Amazonas, en la frontera con Brasil.

El cine colombiano sigue un camino ascendente, con presencia consolidada en festivales, que lo ubica entre los más sólidos de Latinoamérica.

Nuestro viaje pronto nos llevará a Ecuador, y luego continuará por Sudamérica hasta completar todos los países de la región.

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