Tenía casi 20 años cuando quedé prendada de Nino Quincampoix en la romántica comedia francesa llamada El fabuloso destino de Amélie Poulain. La historia es adorable y, tal fue el efecto que provocó en mí, que al revisar su fecha de estreno (2001), renegué de la gran cantidad de desechos fílmicos que había visto del mismo género hasta el 2014, antes de dar con su paradero. Logró representar la ternura que yo añoraba idílicamente y que, al no encontrar en la realidad, esperaba ver un viernes por la noche junto a un bol de palomitas.
Sin Amélie no habría historia, pero sin Nino no habría romance. De modo que, para llegar al título de este post, primero desmenuzaré la película desde su protagonista.
Amélie es una introvertida camarera que percibe el mundo de forma particular. En su imaginación, los tocadiscos están hechos de crepas y sus cuadros cobran vida. También gusta de pequeños placeres de la vida, como introducir la mano en un saco de legumbres y hacer rebotar las piedras en el canal Saint-Martin. Es una persona solitaria, pero un día, al descubrir una cajita de baratijas abandonada en su departamento, su vida cambia.
Sucede que no son solo baratijas. Son los recuerdos de un niño, relegados al olvido con el paso del tiempo. Este fantástico hallazgo impulsa a Amélie a buscar a su propietario. Y, ya sea porque es tímida o porque simplemente no quiere revelarse como heroína, idea una estratagema para devolver la enigmática caja sin mostrar su identidad. Como consecuencia, un nostálgico Dominique Bretodeau, embargado de emoción, solo atina a expresar: "Es curiosa la vida. Cuando eres niño, el tiempo no acaba de pasar, y luego, sin darte cuenta, tienes 50 años. Y de la infancia, lo único que te queda cabe en una cajita oxidada".
A partir de este hecho, Amélie decide avocar su vida a ayudar a otras personas de forma anónima: a un invidente, describiéndole lo que ocurre a su alrededor; a su padre, motivándolo a salir de casa; a un par de solteros, juntándolos; a un empleado maltratado, volviendo loco a su patrón; a una viuda resentida, entregándole una carta en la que su esposo declara categóricamente que siempre la amó; al señor Dufayel, un hombre cuyos huesos de cristal le impiden salir de casa, regalándole cintas de video con extractos de lo que ocurre afuera.
Un día, en una estación de tren, Nino entra en escena, empecinado en alcanzar unas fotografías desechas bajo un fotomatón. Al observarse, para ella la conexión es instantánea, como un bombillo que enciende su corazón; en él, en cambio, no ocurre nada. Se levanta y, acto seguido, corre hacia un hombre, dejando olvidado su maletín. En su interior, Amélie descubre un álbum de fotografías. Algunas están rotas y otras arrugadas, pero se conservan con mucho cuidado en cada página. Entre ellas, una cara destaca: es el hombre que Nino persigue.
El porqué, lo dejo en sus manos. Ahora me centraré en mi platónico favorito.
Al igual que Amélie, Nino también es una persona solitaria. Tiene interacciones con otros y hasta dos empleos, pero cualquiera lo consideraría un excéntrico por coleccionar fotografías ajenas y hablar con ellas antes de dormir. Dicho así suena de terror, pero puesto en escena, créeme, le encuentras una ternura especial. Ambos son muy sensibles y centran su atención en cosas que para la mayoría son irrelevantes. Para ellos, en lo sencillo radica la belleza de la vida.
Son como almas gemelas, pero personalmente, este término no me gusta. No me gusta porque considero que enaltece a una persona sobre el resto, como si solo una hubiera sido lanzada al mundo para nosotros. Y sabe Dios si podrás encontrarla algún día. Quizás de allí viene tanta frustración y miedo a la soledad… En cambio, creo que una parte de nosotros está esparcida a lo largo y ancho. Nos emparejamos a medida que nos reconocemos. Por eso valoramos tanto una cita literaria, acorde de guitarra, mezcla de pintura o escena de película que nos desborda de emoción. Es como si alguien del otro lado nos gritase: ¡Aquí estoy!
¿Qué sería del humano sin el arte?
Amélie siente por Nino la corazonada que antecede a la idealización, que bien puede resolverse con un simple “hola”. Pero ella no está preparada para encararlo. Así que, fiel a su estilo, opta por armar toda una estrategia para entregarle el álbum sin revelar su identidad. Se pone a jugar al gato y al ratón y, sin pensárselo, provoca que la situación mejore: ahora el chico tiene un profundo interés en conocerla.
"Sin ti, las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer", cita un escritor fracasado, desde un asiento en Los Dos Molinos: el restaurante donde nuestra protagonista sirve la merienda del día. ¡Qué sabia manera de empujar a la muchacha a dejarse de rodeos!
Pero ella deja pasar oportunidad tras oportunidad.
Una lluviosa tarde, mientras prepara un pastel en casa, Amélie descubre que le falta canela. Se imagina, entonces, que Nino pasa a comprarla a la tienda; sube a su departamento con el encargo en la mano, camina por la sala en puntillas de pie, como para sorprenderla, descorre la cortina para entrar en su cocina y… no, solo es el gato. Su imaginación le ha jugado una mala pasada.
Mientras lamenta su cobardía en la cocina, Nino debe estar pasando el rato con otra camarera. Una más bonita que ella y que no pierde el tiempo en jugarretas. Más decidida y con más encanto. ―¿Amélie? ―de repente, la voz de Nino interrumpe sus pensamientos.
Sorprendida, la tímida muchacha va hacia la puerta, posa su cara contra la madera, al igual que él, pero no se anima a abrirle. Aguarda en silencio hasta que el chico se va. En ese momento, el señor Dufayel, a través de un video previamente grabado, le revela el siguiente mensaje: "Verás, mi pequeña Amélie, tus huesos no son de cristal, podrás soportar los golpes de la vida. Si dejas pasar esta oportunidad, entonces tu corazón se hará tan seco y frágil como mi esqueleto. Así que, ¡ve por él!”. De esta manera, liberándose de la opresión de sus miedos, Amélie se levanta y decide buscar a Nino. Abre la puerta y ¡allí está! Ambos se miran, se besan y se entregan mutuamente.
Amo los giros inesperados. Es como si la vida me regalara un poco de su magia cuando la lógica me dice que ya perdí. A veces, la realidad y la ficción colisionan, y simplemente no te lo puedes creer. Aún tengo la esperanza romántica de encontrar a mi propio Nino Quincampoix, sostenerme de su cintura mientras él maneja una bicicleta y sonreír porque, por un instante, la realidad se siente como en una película.




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