Sofía caminaba apresurada por la carretera desierta, rodeada de árboles que susurraban con el viento. Su teléfono había muerto hace horas y la noche la envolvía en un manto de incertidumbre. La última vez que había pasado por ese camino, lo había hecho en coche, acompañada. Pero ahora, la soledad la acorralaba, y la única compañía era el crujir de las hojas bajo sus pies.
El sonido de un motor resonó en la distancia. Giró la cabeza esperando ver las luces de algún coche, pero la carretera seguía tan vacía como antes. Sin embargo, el ruido continuaba, más cercano, más insistente. Al principio pensó que era su mente jugándole una mala pasada, pero entonces lo escuchó con claridad: una respiración.
Sofía se detuvo en seco, conteniendo el aliento. No había nadie a su alrededor, pero esa sensación persistía. Una respiración profunda y pesada que no provenía de ella. Echó un vistazo hacia los árboles, tratando de divisar alguna figura entre las sombras, pero todo lo que encontró fue oscuridad. Entonces, lo escuchó.
"¿Sofía?"
La voz era débil, susurrante, pero inconfundible. Su corazón dio un vuelco al reconocer su propio nombre. Nadie debía saber que estaba allí. Sintió un frío repentino recorrer su espalda, pero no se movió, como si la voz hubiera clavado sus pies en el suelo.
"¿Sofía?" La voz volvió a llamar, esta vez más cerca, como si estuviera justo detrás de ella. Temblando, Sofía se giró lentamente, pero el sendero seguía vacío.
El aire se tornó más denso, y una niebla fina comenzó a surgir desde el suelo, envolviendo sus piernas. Sofía comenzó a correr, tratando de dejar atrás esa voz que ahora resonaba con más fuerza en su mente. Pero por mucho que corría, el sonido no se alejaba. Al contrario, parecía seguirla, implacable.
"¡Sofía!" La voz gritó con una intensidad que le heló la sangre.
Desesperada, llegó a una curva en el camino y divisó una pequeña cabaña al borde de la carretera. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella. La puerta estaba entreabierta, y Sofía se lanzó al interior, cerrándola con fuerza detrás de ella. Su respiración era errática, su corazón latía frenéticamente. Apoyó la espalda contra la madera, intentando calmarse.
El silencio llenó el lugar por un instante. La oscuridad dentro de la cabaña era casi absoluta, pero al menos la voz se había desvanecido. Sofía dio un paso adelante, buscando a tientas alguna fuente de luz. Encontró una lámpara de aceite y, con manos temblorosas, la encendió.
La tenue luz iluminó apenas el interior de la cabaña, revelando muebles viejos y polvorientos. Pero entonces, algo se movió en la esquina de su visión. Un reflejo en el espejo que colgaba en la pared.
Sofía miró hacia el espejo y su sangre se congeló.
En el reflejo, no estaba sola. Una figura oscura y difusa, sin rostro, se alzaba justo detrás de ella. Antes de que pudiera gritar, la voz volvió a hablar, esta vez desde dentro de su cabeza.
"Siempre he estado contigo, Sofía."
Las luces de la lámpara parpadearon, y la cabaña se sumergió en una oscuridad total.


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