Una poética visual de lo existencial 

Hay películas que apuntan al sentido y hay otras que apuntan a la poesía en imágenes. El Jockey (2024) del realizador argentino Luis Ortega se inscribe en este segundo registro, ya que si bien presenta cierta narrativa, a medida que avanza el metraje, va rompiendo con los sentidos convencionales que podrían instituirse. Entonces, lo que comienza entonces como una película de género criminal, tomando el universo del mundo del turf, poco a poco va virando hacia el fantástico, lo onírico y lo surreal.

Remo Manfredini (Nahuel Pérez Biscayart) es una joven leyenda del turf; hoy venida a menos debido a sus adicciones a las drogas y el alcohol. Está en pareja con la jocketa Abril (Úrsula Corberó), que espera un bebé de él. Ambos corren para el empresario Sirena (Daniel Giménez Cacho), suerte de padrino de la mafia, con quien conforman una familia junto a sus tres secuaces, como lo ilustra la escena que los sienta a todos en la larga mesa, con el patriarca ocupando la cabecera. Remo incumple con sus compromisos, se lo encuentra en bares de mala muerte totalmente ido. El plan de Sirena es volver a meterlo en caja, literal, (ya que se lo destina a un box bajo supervisor estricta), para desintoxicarlo y devolverlo a su gloria trayendo un pura sangre japonés, llamado Mishima.

El elemento fantástico irrumpe ya con el sensual baile entre Abril y Remo al ritmo de Virus que evoca a la memorable escena de Uma Turman y Travolta en Pulp fiction (Quentin Tarantino, 1994) . Y con la previa de los ejercicios de calentamiento en el vestuario de las jocketas, que devienen en contoneos danzantes que anuncian la atracción entre Abril y una de ellas. Y a esto se suma la paleta de colores estilizada, donde el rojo de fondo da el tono trágico, que contrasta con los colores estridentes de las vestimentas que lucen los jockeys. Toda esta primer está impregna e una suerte e comedia el absurdo psicodélica.

Es el golpe brutal que sufre Remo y que lo deja en un estado comatoso al borde de la vida y la muerte; lo que marca la entrada del fantástico surreal, en todo su esplendor, que adopta un tono melodramático existencial; una partición en la película, un antes y un después sin retorno posible a las claves encajonadas del realismo; punto que evoca el accidente de Borges, a partir del cual su escritura de orilleros viró directamente hacia el fantástico.

De repente Remo abre los ojos, se viste con el tapado de piel y la cartera de una paciente, y deambula errático con su vendaje en la cabeza por las calles, como si se tratara de un nuevo nacimiento; se maquilla y adopta el nombre de Dolores. Sirena da la orden a sus secuaces de encontrarlo vivo o muerto, a aquel a quien crio y protegió como un hijo, rescatándolo del sin nombre de las carreras clandestinas para ponerlo en las luminarias de la gloria; con un amor abusivo y posesivo; acaso, como se deja entrever. (Resuena aquí La piel que habito de Almodóvar) Aquí la línea es la de la criatura que se libera de su creador; como suerte e femme fatale, matándolo de un disparo en la oscuridad del cine y que se entrega a la policía para en la cárcel desarrollar su nueva identidad, sin transicionar.

¿El golpe induce a Remo a una la muerte cerebral o es el despertar de Remo a otra realidad posible, una más libre y alegre? ¿Remo/Dolores esta vivo, es un alma espectral en el limbo de la vida y la muerte o es la ensoñación en estado comatoso de Remo? Poco importa responder fehacientemente a estas preguntas. Ortega nunca impone una línea de sentido; da la libertad de que cada espectador haga su propio viaje de lectura, de juegue y se divierta como juega él. Hay algo del cine de Lynch en sus formas oníricas y extrañas; se trata de usar la pantalla como un lienzo sensorial en movimiento, pero es el recurso al humor seco, lacónico y por el absurdo, lo que permite que lo onírico no se torne perturbador, sino puro placer lúdico y visual.

En el trasfondo de esta experimentación plástica, resuena el tema de la identidad. ¿Somos lo que determinaron que seamos o aquello que elegimos y que hicimos con aquello que nos determinó? Porque es de las entrañas mismas del dolor que sufrió Remo; que resurge y se reinventa como Dolores.

El Jockey es una elegía a la libertad creativa, que invita a deponer los determinismos y aventurarnos a la invención en nuestras propias vidas. Quienes tengan sensibilidad poética y aprecien el riesgo artístico, no saldrán defraudados.

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