El cine de terror contemporáneo, el rol del marketing y de la industria en un momento donde TODAS las películas de terror que se estrenan son las mejores del año.
Me encomendé a la difícil tarea de localizar críticas que no hablaran bien de La sustancia (2024) de Coralie Fargeat. Terminé de ver la película y me quedé con una sensación amarga. Muy poco de lo que había visto me había gustado y su premisa básica de venta no solo me resultó difícil de localizar sino que, además, no despertó en mí ningún tipo de interés. La tarea no fue nada fácil, sobre todo porque logró captar la atención y el amor absoluto de la crítica especializada y del público general, no habituado al consumo regular del cine de terror. Lo que muchas veces parece ser algo que sólo gusta a un sector específico, mientras el otro lo defenestra, en el caso del último film de Fargeat no existe. Hay un consenso general sobre el valor de La sustancia en términos de dirección, actuación y capacidad para leer una época atravesada por las exigencias desmedidas sobre el ideal de belleza femenino. ¿Estamos ante una película universal capaz de ser disfrutada por todos? Es muy pronto para saberlo, paradójicamente habrá que esperar como le sienta el paso del tiempo.
Este año fue el de los grandes estrenos del cine de terror. En muchas ocasiones, los festivales más importantes se sumaron a la alabanza y el aplauso absoluto a muchas de las películas que pudimos ver los últimos meses. No deja de resultar llamativo el modo en que hoy el género atraviesa uno de sus momentos de mayor exposición. Se convirtió en el gran objeto de deseo del público general, de los festivales de mayor renombre y, especialmente, de la crítica que durante años escribió sobre el escudándose en la famosa frase “solo para amantes del género”, como si se tratara de un amor o un gusto especial con el que se nace y que se carga a lo largo de toda la existencia. Sin embargo, no siempre fue así. Esto que experimentamos es un fenómeno reciente que nos viene tomando por sorpresa a todos.
A este plano de situación se le suman las descomunales e hiper creativas campañas de marketing. Meses antes de que las películas se estrenen recibimos pistas crípticas, apariciones de personajes en eventos multitudinarios y, sobre todo, indicaciones respecto a cómo debemos sentirnos cuando por fin podamos verlas. Smile 2 era mas gore y aterradora que la anterior, Longlegs era el mejor policial desde El silencio de los inocentes y la consagración absoluta de Nicolas Cage, Maxxxine era la ratificación de Mia Goth como la scream queen definitiva, La sustancia era un body horror tan fuerte que apenas podremos tolerarla y Terrifier 3 nos hará huir del cine ahogando el asco y el vómito hasta que podamos abandonar la sala. ¿Qué pasó después de verlas? Nada. El hastío y la desazón, la sensación de haber comprado algo que creíamos superior y que dejó de funcionar a los dos días. Así, con el correr de las semanas, una película tapa a la siguiente levantando la bandera de ser la MEJOR PELÍCULA DE TERROR DE 2024. El ciclo se renueva y los films quedan olvidados y perdidos en el camino en el mismo tiempo que tardamos en degustar un combo de comida rápida.
El marketing se convirtió en la herramienta indispensable e indiscutida para inventar o reforzar el valor de una película. Esto no es nuevo, las estrategias de venta y la crítica operando para acrecentar la venta de tickets de un film forman parte de las dinámicas históricas de la industria cinematográfica. Lo que sí es novedoso es este pacto de amor con el cine de terror, como si de golpe se hubiera descubierto su importancia para dialogar con las problemáticas centrales de una época determinada o su capacidad para ofrecer films estilizados.
Si aceptamos que este enamoramiento es algo positivo, que lo es, entonces debemos localizar otros responsables ante el engaño que venimos sufriendo con los grandes estrenos del género de este año. Posiblemente, el rol de los influencers debería ser puesto bajo la lupa. En muchísimos casos existe una repitencia no cuestionada del valor de las películas que presentan, definiéndolas una y otra vez desde las propias premisas que el marketing construye para venderlas. Es una búsqueda del tesoro localizar cuentas en las que las películas o sean analizadas desde otra premisa o, mucho más difícil, sean valoradas por lo que efectivamente son a pesar de todo lo positivo que se nos dice sobre ellas. Entiendo que pueda decirse que lo que debemos hacer es tan fácil como no dejarse llevar por las expectativas. Y aunque suene bien y correcto, me pregunto si somos efectivamente capaces de hacerlo. ¿Podemos silenciar las redes, ocultar las críticas, anular las promos que surgen de muchos de los influencers que consumimos en redes?. No quiero pecar de negativa, pero sigo con la sensación de que esta tarea es, como mínimo, imposible.
No todo lo que se estrenó este año con grandes estrategias de marketing fue malo. De hecho, muchas de las propuestas pusieron sobre la mesa temas necesarios o incluso recurrentes en el cine de terror desde ópticas novedosas. A su vez, la aparición de nuevos directores y directoras detrás de estos megaproyectos siempre es motivo de festejo. Quienes queremos al horror lo necesitamos vivo y, por suerte, hoy parece estar más activo que nunca. Sin embargo, detrás de estos films existe un entramado de decisiones y exigencias de los estudios que desconocemos. Lo sentimos cuando nos encontramos con ciertas constantes llamativas.
En primer lugar, ¿Por qué tantas directoras mujeres encararon proyectos asociados a la identidad femenina, la maternidad o la corporalidad? No hablo solo del caso de Coralie Fargeat que en su ópera prima se había ocupado de repensar magistralmente las lógicas del rape and revenge desde una óptica femenina (nótese que la palabra FEMINISTA no se usa como sinónimo), sino también de Natalie Erika James elaborando la secuela de El bebe de Rosemary en Apartment 7A (2024) luego de haber sido mundialmente reconocida por su exquisita reflexión sobre la vejez y los problemas mentales en Relic (2020) o, incluso, el caso de Arkasha Stevenson a quién se le encomendó la dirección de la secuela de The Omen en The First Omen (2024), donde el cuerpo femenino, lo religioso y la maternidad son la columna vertebral de la pelicula. Estas premisas hacen pensar si la industria no ha elegido capitalizar el boom de las mujeres directoras de cine de terror del 2020 confiándoles proyectos dedicados al universo de lo femenino y definidos, por la crítica especializada, como películas exquisitas y delicadas en el plano visual en consonancia con una supuesta mirada femenina que podría traducirse a la pantalla. Pero ¿puede traducirse a la pantalla? De esto ya habló Mariana Enríquez cuando, consultada por el boom de escritoras latinoamericanas dedicadas al horror, declaró que no existe la literatura femenina, sólo existe la literatura hecha por mujeres.
En segundo lugar, la recurrente definición de la existencia de un nuevo cine de terror contemporáneo dada por el interés en la creación de ambientes o la hiper estilización de las propuestas. ¿Podemos hablar de una redefinición del género en la actualidad cuando directores como Dario Argento ya lo hicieron magistralmente en la década de los setenta?. La crítica, hoy ávida de encontrar ejemplos que están resignificando la historia del cine de terror, peca de una profunda ignorancia respecto a su historia. Todo lo que hoy se nos vende como novedoso ya existió (incluso la presencia de mujeres filmando terror), sólo que nunca se tomaron el trabajo de verlo. Durante décadas, casi todas las de la existencia del género, el horror fue marginado a espacios donde la crítica especializada no llegaba, por considerarlo un género menor que poco podía ofrecer al aspecto artístico del cine y a las teorías de autor. Era un género problemático, capaz de perturbar la mente de las infancias e incapaz de movilizar cualquier tipo de experiencia ajena al entretenimiento. Si no me creen preguntenle a toda la generación criada bajo el mandato de Reagan.
De lo planteado anteriormente no hay conclusiones posibles aún, solo interrogantes y es que todo este fenómeno del terror contemporáneo, del rol de la crítica especializada y de la venta de las películas en redes como del último objeto de moda que NECESITAMOS TENER, nos está atravesando ahora. Lo que sí debemos preguntarnos es ¿Por qué hoy?, ¿Qué fue lo que hizo que cientos y cientos de críticos y directores decidieran darle una oportunidad al género?. Sea por el motivo que sea es festejable. Todos queremos que el horror reciba la atención multitudinaria y plena que se merece. Lo que no queremos es que nos mientan diciéndonos una y otra vez que la película de terror que vamos a ver llegó para cambiarlo todo, como si no fuera hija de un pasado del que es herencia. Todos estos años donde el horror creció bajo la indiferencia se gestó un sistema paralelo de críticos, teóricos y fanáticos del género que continuó pensando y analizando sus formas y, en este gesto, logró mantenerlo vivo y activo cuando la atención lo esquivaba.
Llegó el momento de salir a la cancha y ponernos nuestro mejor traje de payaso. Porque detrás de todo lo que se nos vende y nos encandila, hay una horda de películas hechas en los márgenes que están pensado en potenciar y funcionar como la verdadera, y duradera, evolución del género.



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